A - I n f o s

a multi-lingual news service by, for, and about anarchists **
News in all languages
Last 40 posts (Homepage) Last two weeks' posts Our archives of old posts

The last 100 posts, according to language
Greek_ 中文 Chinese_ Castellano_ Catalan_ Deutsch_ Nederlands_ English_ Français_ Italiano_ Polski_ Português_ Russkyi_ Suomi_ Svenska_ Türkçe_ _The.Supplement

The First Few Lines of The Last 10 posts in:
Castellano_ Deutsch_ Nederlands_ English_ Français_ Italiano_ Polski_ Português_ Russkyi_ Suomi_ Svenska_ Türkçe_
First few lines of all posts of last 24 hours | of past 30 days | of 2002 | of 2003 | of 2004 | of 2005 | of 2006 | of 2007 | of 2008 | of 2009 | of 2010 | of 2011 | of 2012 | of 2013 | of 2014 | of 2015 | of 2016 | of 2017 | of 2018 | of 2019 | of 2020 | of 2021 | of 2022 | of 2023 | of 2024 | of 2025 | of 2026

Syndication Of A-Infos - including RDF - How to Syndicate A-Infos
Subscribe to the a-infos newsgroups

(ca) Spaine, Regeneracion: Dualismo organizativo, la clase y la revolución: algunas aclaraciones para seguir debatiendo (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Thu, 5 Nov 2026 08:04:36 +0200


En los últimos meses se ha desarrollado en distintos espacios libertarios una polémica alrededor del especifismo, la organización anarquista, la lucha de clases y la posibilidad de una transformación revolucionaria en el siglo XXI. El artículo de Capi Vidal, "El especifismo, el proletariado y el anarquismo del siglo XXI: trazas de una polémica inacabable", resume buena parte de este debate en el que, además, toma posición frente a los diferentes autores que han participado en él.

Creo que merece la pena responder, no tanto para añadir otro capítulo a una polémica interminable, sino porque algunas críticas al especifismo parten de una comprensión bastante particular de lo que es esta corriente. Y, al mismo tiempo, porque algunas de las preguntas planteadas por Vidal, Tomás Ibáñez, Gustavo Rodríguez, Laura Vicente o Alfredo Apilánez son perfectamente legítimas y deberían ser asumidas por quienes nos consideramos anarquistas organizados, sociales y revolucionarios.

No se trata, por tanto, de demostrar que unos tienen toda la razón y otros ninguna. Se trata de aclarar conceptos y, sobre todo, de preguntarnos qué puede significar hoy ser revolucionario desde el anarquismo.

¿Qué es realmente el especifismo?

Empezaría por una cuestión bastante sencilla: el especifismo no es una doctrina cerrada ni un intento de reconstruir literalmente el anarquismo de hace cien años.

El término se utiliza para describir una corriente de organización anarquista que se desarrolló fundamentalmente en América Latina, especialmente a partir de la experiencia de la Federación Anarquista Uruguaya (FAU), y que posteriormente recibió influencias tanto del anarquismo social anterior como del plataformismo, pero que desarrolló sus propias concepciones estratégicas.

Su idea central tampoco es especialmente complicada: los anarquistas necesitamos organizarnos específicamente como anarquistas y, al mismo tiempo, participar en las organizaciones y luchas sociales donde se encuentran las clases populares.

Esto suele denominarse "dualismo organizativo" u "organización dual":

Por un lado tenemos la organización política anarquista, formada por militantes que comparten unos principios, un análisis y una estrategia.

Por otro, las organizaciones sociales o de masas: sindicatos, organizaciones vecinales, de vivienda, estudiantiles, campesinas, feministas, etc., donde participan personas con diferentes posiciones políticas y que se organizan alrededor de necesidades e intereses concretos.

Ambas expresiones no son dos mundos separados; entre ambas se produce una sinergia y relación. Y precisamente la cuestión ahí es cómo se establece esa relación entre ambos.

Una organización anarquista específica no debería sustituir a un sindicato, a una organización de vivienda o a un movimiento popular. Tampoco debería convertirse en una dirección exterior que decida qué deben hacer los movimientos. Su función es intervenir dentro de ellos, organizarse, aportar propuestas, ampliar su número de adherentes y su implicación, aprender de las experiencias y tratar de desarrollar una orientación revolucionaria. Esta concepción anarquista nace ya con Bakunin, con su Alianza de la Democracia Socialista, y continúa estando presente en organizaciones contemporáneas influidas por el especifismo, el plataformismo o el dualismo organizativo. Como son Liza, Embat, Xesta, Hedra... o, en menor medida, FAI, Horizontal, Redes Libertarias... que suelen priorizar lo cultural o los proyectos sociales concretos libertarios.

Por eso resulta un poco extraño identificar automáticamente la organización política especifista con un partido en su concepción socialdemócrata o leninista. Un partido leninista pretende conquistar el poder político del Estado y dirigir el proceso desde su propia organización. El especifismo parte de la idea contraria: "la transformación revolucionaria debe ser obra de las propias clases populares organizadas."

Naturalmente, esto no significa que una organización anarquista específica no pueda desarrollar dinámicas de vanguardia. Puede ocurrir. Es un riesgo real si no se entienden las dinámicas y funciones de las organizaciones, y merece ser discutido. Pero una cosa es señalar ese riesgo y otra afirmar que la existencia de una organización política anarquista implica necesariamente vanguardismo.

¿Y qué pasa con la Plataforma?

Aquí creo que hay una confusión bastante habitual. Es cierto que existe una relación histórica entre la Plataforma de Dielo Truda y las corrientes posteriores de anarquismo organizado plataformista o especifista. Pero el especifismo actual no puede reducirse simplemente a una reedición latinoamericana de la Plataforma; es más correcto hablar de una apuesta actual por el dualismo organizativo de Bakunin y Malatesta.

La experiencia de la FAU y, posteriormente, las elaboraciones de organizaciones de Brasil, Argentina y Chile desarrollaron conceptos propios: inserción social, trabajo de base, poder popular, análisis de coyuntura, estrategia, organización política específica, dualismo organizativo, etc.

Tampoco tiene mucho sentido utilizar la existencia de un "Comité Ejecutivo" en la Plataforma de 1926 como prueba de que todo el especifismo contemporáneo es una especie de partido anarquista. Ni siquiera hoy en día quienes se identifican con la Plataforma usan ese tipo de órganos. Podemos discutir si determinadas formulaciones de la Plataforma eran demasiado centralizadoras. Podemos discutir si algunos mecanismos de unidad y responsabilidad colectiva pueden generar dinámicas burocráticas. Son discusiones perfectamente legítimas; una cosa no quita la otra.

Pero no deberíamos confundir "la necesidad de coordinación política con la centralización autoritaria". Una federación puede tener órganos coordinadores, delegados, acuerdos colectivos y una estrategia común y continuar funcionando mediante democracia directa, federalismo y control desde abajo. De hecho, organizaciones especifistas contemporáneas reivindican explícitamente esa combinación de unidad política y federalismo.

Unidad no significa dogma

Otra crítica frecuente es que el especifismo pretende imponer una "línea doctrinaria" al resto. Y creo que debemos hacer una distinción al respecto, ya que una organización anarquista específica no tiene sentido si cada militante hace lo que considera oportuno, independientemente de los acuerdos colectivos. Para eso no necesitamos una organización política, sino una red de afinidades.

Si diez personas forman una organización para desarrollar conjuntamente una estrategia, tendrán que discutir y llegar a acuerdos. Después tendrán que actuar colectivamente. Eso es unidad política. Otra cosa muy distinta es afirmar que esos acuerdos son verdades eternas que no pueden modificarse.

Un programa revolucionario debería ser precisamente lo contrario: "una herramienta para orientar la práctica y poder ser revisado a partir de la experiencia." Así se expresa Black Rose/Rosa Negra, una organización anarquista de Estados Unidos de América influida por el especifismo, que define su propio programa como un documento vivo, sujeto a revisión según cambian las condiciones.

Y por último, abogar por una organización política anarquista, sea esta plataformista, especifista o partidaria del dualismo organizativo, no implica ni exige que no puedan o deban existir otras organizaciones políticas anarquistas que pudieran diferir en sus principios, análisis y estrategia. No hay incompatibilidad. Creo que hay una tendencia nociva en nuestros ambientes a estar más pendientes de lo que hacen otros que de lo que desarrollamos en las organizaciones en las que decidimos militar y por las que apostamos.

¿Existe todavía la clase trabajadora?

Tengo la sensación de que se sobredimensiona toda la cuestión del debate alrededor del proletariado.

Aquí creo que algunas críticas de Tomás Ibáñez u otras apuntan a una cuestión importante. No podemos utilizar la palabra "proletariado" como si la sociedad de 2026 fuese la misma que la de 1867, 1917 o 1936. Aunque a nivel teórico pueda estar de acuerdo en el significado que da Guillamón del proletario y en que la inmensa mayoría de la población lo es, el imaginario colectivo en la sociedad e incluso entre quienes somos ideológicamente conscientes no lo usa o no lo ve así. Me parece más sencillo hoy en día hablar de trabajador u otra expresión que nos sirva para la misma función discursiva para hacernos entender entre "la gente común".

La composición de las clases populares ha cambiado enormemente. Han cambiado las relaciones laborales, la estructura industrial, la tecnología, las cadenas globales de producción, el peso de los servicios, el trabajo reproductivo, la precariedad, la migración y las formas de control. Todo esto es cierto. Pero de ahí no se deduce que las clases hayan desaparecido. Tampoco creo que la posición especifista tenga que ser que "el proletariado existe y algún día inevitablemente hará la revolución". Eso lo consideraría una interpretación bastante pobre.

Yo distinguiría varias cuestiones aquí:

Existe una enorme cantidad de personas que necesitan vender su capacidad de trabajo para vivir.
Existe una minoría que controla grandes cantidades de capital, propiedades y medios de producción.
Existe una relación de explotación y dependencia entre ambas.
Pero de ahí no se deriva automáticamente que las personas asalariadas constituyan ya un sujeto revolucionario consciente y organizado. Eso lo podrían constituir quienes conforman un sector que se transforma en comunidad en lucha. De igual manera, se está constituyendo un sector reaccionario entre los asalariados.

Y además diría que eso mismo muestra por qué el especifismo no parte de un sujeto revolucionario ya constituido. Sino que, por el contrario, trata de dar respuesta a cómo una clase fragmentada, heterogénea y contradictoria puede desarrollar capacidad de organización y convertirse en una fuerza social capaz de transformar la sociedad.

La clase no tiene que ser homogénea

Cuando algunos autores hablan de "clase trabajadora", parece que inmediatamente imaginamos al obrero industrial masculino de una fábrica. Pero una concepción contemporánea de clase no tiene por qué ser esa.

Una trabajadora de una residencia, un repartidor, una enfermera, una trabajadora de Amazon, un programador precarizado, una limpiadora, un trabajador migrante de la construcción, una trabajadora de una plataforma digital o una persona que combina varios trabajos temporales puede tener situaciones muy diferentes. Pero en todas ellas existen relaciones comunes de dependencia respecto al capital. Y la cuestión no es negar las diferencias, es comprenderlas. Por eso tampoco me convence la oposición que hacen algunos entre "lucha de clases" y "luchas fragmentarias".

La vivienda, el género, el racismo, la migración, el territorio, la reproducción social o el medio ambiente no son problemas que puedan simplemente colocarse fuera de la lucha de clases. Aunque tampoco podemos reducir toda lucha contra la dominación a una cuestión salarial.

Una concepción anarquista de la transformación social tiene que ser capaz de comprender la relación entre diferentes formas de dominación. El capitalismo no es la única estructura de poder existente. Pero tampoco desaparece porque descubramos que existen otras. Y es cierto que las luchas contemporáneas son múltiples y que no existe necesariamente un único movimiento obrero organizado que pueda convertirse en el centro de todas ellas. Pero decir que existen muchas luchas autónomas no resuelve el problema de cómo acumular fuerza, ya que podemos tener perfectamente una constelación de organizaciones que respondan a distintos problemas y necesidades en la vida de quien trabaja. No veo necesariamente ningún inconveniente; la cuestión es cómo, tanto dentro como fuera de las organizaciones, trazamos una estrategia de avance global.

Es interesante, llegado a este punto, que podamos preguntarnos:

¿Quiénes conservan la memoria de las luchas?

¿Quiénes desarrollan una estrategia a largo plazo?

¿Quiénes forman nuevos militantes?

¿Quiénes intentan relacionar las diferentes luchas?

¿Quiénes piensan más allá de la campaña concreta?

Y esto, de bajar la teoría a la práctica, aunque es una tarea que se puede dar tanto en las organizaciones sociales como en las puramente políticas, suele venir de sus militantes activos. En este caso se muestra precisamente la utilidad que los especifistas atribuyen a la organización política. No para sustituir esas luchas, sino para ayudar a conectarlas y desarrollar una estrategia común a través de sus militantes.

El modelo reticular que propone Capi Vidal puede ser útil para ciertas cosas, desde mi punto de vista, especialmente para cuestiones culturales. Una red de colectivos autónomos puede ser flexible, dinámica y de intercambio de recursos. Pero una red también puede tener problemas de continuidad, memoria, acumulación, inacción común y estrategia. Cosa que muchas de nosotras hemos podido experimentar con la proliferación de coordinadoras y federaciones anarquistas de ese estilo -también llamadas de síntesis-, que el impulso del 15M dio al movimiento libertario no hace tanto tiempo.

No es útil ni positivo hablar en términos de qué forma organizativa es necesariamente superior a otra. Eso no aporta ni ayuda a posicionarnos como una fuerza social capaz de influir en nuestra sociedad como en la edad dorada de los años treinta del siglo pasado.

Si queremos criticar al especifismo, u otras formas organizativas, sean reticulares o sintetistas, es mejor que dejemos las caricaturas, abstracciones y teorizaciones, porque es bajando al barro, a lo concreto y práctico donde se ve qué aporta y hace cada una de ellas.

Y entonces, ¿cómo es eso de la revolución?

En esta cuestión sí concuerdo en parte con Tomás Ibáñez en que no podemos imaginar necesariamente la revolución del siglo XXI como una repetición de 1936, de la revolución rusa o de cualquier otro acontecimiento histórico. No sabemos cómo será una transformación revolucionaria futura. Aunque siempre rima y de ahí que tampoco debamos abandonar la idea de revolución.

Podemos sacar lecciones del pasado y entender los procesos que las propiciaron: ese proceso largo, no lineal, de transformación de las relaciones sociales y de construcción de unas comunidades en lucha, con una cultura y capacidad organizativa propias, capaces de enfrentarse al Estado y al capital.

En este sentido, no existe una contradicción necesaria entre revolución social y luchas concretas del día a día. La clave está en trabajar para que esas experiencias diarias consigan aumentar la capacidad de las personas para organizarse, decidir colectivamente, enfrentarse a quienes detentan estructuras de dominación y construir instituciones propias.

Ese proceso de acumulación es precisamente lo que algunas organizaciones especifistas contemporáneas denominan "poder popular". Black Rose/Rosa Negra en EE. UU., por ejemplo, entiende ese poder popular como la construcción a largo plazo de movimientos independientes, duraderos y combativos que puedan tanto conquistar mejoras como acumular fuerza para una transformación social revolucionaria.

El debate que sí deberíamos tener

Creo que Vidal acierta cuando reclama pensamiento crítico, aunque no comparta varias de sus conclusiones.

El anarquismo no debería tener textos sagrados. Ni Bakunin, ni Malatesta, ni Dielo Truda, ni la FAU, ni Guillamón, ni Ibáñez, ni la FAI, etc., tienen la última palabra. Y tampoco la tiene el especifismo actual.

Una organización revolucionaria debería poder equivocarse, reconocerlo y cambiar. Pero el pensamiento crítico no significa necesariamente abandonar los conceptos de clase, organización o revolución porque procedan de una tradición histórica determinada. Significa comprobar si todavía nos sirven y, si no, transformarlos.

Y la verdad, con esa premisa a mí me parece que sería más interesante si reflexionáramos sobre:

¿Cómo se organiza hoy la mayoría social que vive de su trabajo, cómo se relaciona con otras formas de dominación y cómo puede convertirse en una fuerza capaz de transformar radicalmente la sociedad?

¿Cómo construimos organizaciones que sean suficientemente fuertes para acumular capacidad y suficientemente libertarias para no convertirse en una nueva dominación sobre quienes luchan?

¿Cómo hacemos que las luchas cotidianas desarrollen capacidades, relaciones y formas de organización que hagan posible una transformación revolucionaria?

Porque si discutimos de cuestiones prácticas, uno se da cuenta mejor de aquello que nos separa, aquello que nos une y dónde puede haber puentes de colaboración, que en mi opinión son más que los que no.

Julio F

https://regeneracionlibertaria.org/2026/10/05/dualismo-organizativo-la-clase-y-la-revolucion-algunas-aclaraciones-para-seguir-debatiendo/
_______________________________________
AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
De, Por y Para Anarquistas
Para enviar art�culos en castellano escribir a: A-infos-ca@ainfos.ca
Para suscribirse/desuscribirse: http://ainfos.ca/mailman/listinfo/a-infos-ca
Archivo: http://www.ainfos.ca/ca
A-Infos Information Center