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(ca) Spaine, Regeneracion: Dualismo organizativo, la clase y la revolución: algunas aclaraciones para seguir debatiendo (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Thu, 5 Nov 2026 08:04:36 +0200
En los últimos meses se ha desarrollado en distintos espacios
libertarios una polémica alrededor del especifismo, la organización
anarquista, la lucha de clases y la posibilidad de una transformación
revolucionaria en el siglo XXI. El artículo de Capi Vidal, "El
especifismo, el proletariado y el anarquismo del siglo XXI: trazas de
una polémica inacabable", resume buena parte de este debate en el que,
además, toma posición frente a los diferentes autores que han
participado en él.
Creo que merece la pena responder, no tanto para añadir otro capítulo a
una polémica interminable, sino porque algunas críticas al especifismo
parten de una comprensión bastante particular de lo que es esta
corriente. Y, al mismo tiempo, porque algunas de las preguntas
planteadas por Vidal, Tomás Ibáñez, Gustavo Rodríguez, Laura Vicente o
Alfredo Apilánez son perfectamente legítimas y deberían ser asumidas por
quienes nos consideramos anarquistas organizados, sociales y
revolucionarios.
No se trata, por tanto, de demostrar que unos tienen toda la razón y
otros ninguna. Se trata de aclarar conceptos y, sobre todo, de
preguntarnos qué puede significar hoy ser revolucionario desde el
anarquismo.
¿Qué es realmente el especifismo?
Empezaría por una cuestión bastante sencilla: el especifismo no es una
doctrina cerrada ni un intento de reconstruir literalmente el anarquismo
de hace cien años.
El término se utiliza para describir una corriente de organización
anarquista que se desarrolló fundamentalmente en América Latina,
especialmente a partir de la experiencia de la Federación Anarquista
Uruguaya (FAU), y que posteriormente recibió influencias tanto del
anarquismo social anterior como del plataformismo, pero que desarrolló
sus propias concepciones estratégicas.
Su idea central tampoco es especialmente complicada: los anarquistas
necesitamos organizarnos específicamente como anarquistas y, al mismo
tiempo, participar en las organizaciones y luchas sociales donde se
encuentran las clases populares.
Esto suele denominarse "dualismo organizativo" u "organización dual":
Por un lado tenemos la organización política anarquista, formada por
militantes que comparten unos principios, un análisis y una estrategia.
Por otro, las organizaciones sociales o de masas: sindicatos,
organizaciones vecinales, de vivienda, estudiantiles, campesinas,
feministas, etc., donde participan personas con diferentes posiciones
políticas y que se organizan alrededor de necesidades e intereses concretos.
Ambas expresiones no son dos mundos separados; entre ambas se produce
una sinergia y relación. Y precisamente la cuestión ahí es cómo se
establece esa relación entre ambos.
Una organización anarquista específica no debería sustituir a un
sindicato, a una organización de vivienda o a un movimiento popular.
Tampoco debería convertirse en una dirección exterior que decida qué
deben hacer los movimientos. Su función es intervenir dentro de ellos,
organizarse, aportar propuestas, ampliar su número de adherentes y su
implicación, aprender de las experiencias y tratar de desarrollar una
orientación revolucionaria. Esta concepción anarquista nace ya con
Bakunin, con su Alianza de la Democracia Socialista, y continúa estando
presente en organizaciones contemporáneas influidas por el especifismo,
el plataformismo o el dualismo organizativo. Como son Liza, Embat,
Xesta, Hedra... o, en menor medida, FAI, Horizontal, Redes
Libertarias... que suelen priorizar lo cultural o los proyectos sociales
concretos libertarios.
Por eso resulta un poco extraño identificar automáticamente la
organización política especifista con un partido en su concepción
socialdemócrata o leninista. Un partido leninista pretende conquistar el
poder político del Estado y dirigir el proceso desde su propia
organización. El especifismo parte de la idea contraria: "la
transformación revolucionaria debe ser obra de las propias clases
populares organizadas."
Naturalmente, esto no significa que una organización anarquista
específica no pueda desarrollar dinámicas de vanguardia. Puede ocurrir.
Es un riesgo real si no se entienden las dinámicas y funciones de las
organizaciones, y merece ser discutido. Pero una cosa es señalar ese
riesgo y otra afirmar que la existencia de una organización política
anarquista implica necesariamente vanguardismo.
¿Y qué pasa con la Plataforma?
Aquí creo que hay una confusión bastante habitual. Es cierto que existe
una relación histórica entre la Plataforma de Dielo Truda y las
corrientes posteriores de anarquismo organizado plataformista o
especifista. Pero el especifismo actual no puede reducirse simplemente a
una reedición latinoamericana de la Plataforma; es más correcto hablar
de una apuesta actual por el dualismo organizativo de Bakunin y Malatesta.
La experiencia de la FAU y, posteriormente, las elaboraciones de
organizaciones de Brasil, Argentina y Chile desarrollaron conceptos
propios: inserción social, trabajo de base, poder popular, análisis de
coyuntura, estrategia, organización política específica, dualismo
organizativo, etc.
Tampoco tiene mucho sentido utilizar la existencia de un "Comité
Ejecutivo" en la Plataforma de 1926 como prueba de que todo el
especifismo contemporáneo es una especie de partido anarquista. Ni
siquiera hoy en día quienes se identifican con la Plataforma usan ese
tipo de órganos. Podemos discutir si determinadas formulaciones de la
Plataforma eran demasiado centralizadoras. Podemos discutir si algunos
mecanismos de unidad y responsabilidad colectiva pueden generar
dinámicas burocráticas. Son discusiones perfectamente legítimas; una
cosa no quita la otra.
Pero no deberíamos confundir "la necesidad de coordinación política con
la centralización autoritaria". Una federación puede tener órganos
coordinadores, delegados, acuerdos colectivos y una estrategia común y
continuar funcionando mediante democracia directa, federalismo y control
desde abajo. De hecho, organizaciones especifistas contemporáneas
reivindican explícitamente esa combinación de unidad política y federalismo.
Unidad no significa dogma
Otra crítica frecuente es que el especifismo pretende imponer una "línea
doctrinaria" al resto. Y creo que debemos hacer una distinción al
respecto, ya que una organización anarquista específica no tiene sentido
si cada militante hace lo que considera oportuno, independientemente de
los acuerdos colectivos. Para eso no necesitamos una organización
política, sino una red de afinidades.
Si diez personas forman una organización para desarrollar conjuntamente
una estrategia, tendrán que discutir y llegar a acuerdos. Después
tendrán que actuar colectivamente. Eso es unidad política. Otra cosa muy
distinta es afirmar que esos acuerdos son verdades eternas que no pueden
modificarse.
Un programa revolucionario debería ser precisamente lo contrario: "una
herramienta para orientar la práctica y poder ser revisado a partir de
la experiencia." Así se expresa Black Rose/Rosa Negra, una organización
anarquista de Estados Unidos de América influida por el especifismo, que
define su propio programa como un documento vivo, sujeto a revisión
según cambian las condiciones.
Y por último, abogar por una organización política anarquista, sea esta
plataformista, especifista o partidaria del dualismo organizativo, no
implica ni exige que no puedan o deban existir otras organizaciones
políticas anarquistas que pudieran diferir en sus principios, análisis y
estrategia. No hay incompatibilidad. Creo que hay una tendencia nociva
en nuestros ambientes a estar más pendientes de lo que hacen otros que
de lo que desarrollamos en las organizaciones en las que decidimos
militar y por las que apostamos.
¿Existe todavía la clase trabajadora?
Tengo la sensación de que se sobredimensiona toda la cuestión del debate
alrededor del proletariado.
Aquí creo que algunas críticas de Tomás Ibáñez u otras apuntan a una
cuestión importante. No podemos utilizar la palabra "proletariado" como
si la sociedad de 2026 fuese la misma que la de 1867, 1917 o 1936.
Aunque a nivel teórico pueda estar de acuerdo en el significado que da
Guillamón del proletario y en que la inmensa mayoría de la población lo
es, el imaginario colectivo en la sociedad e incluso entre quienes somos
ideológicamente conscientes no lo usa o no lo ve así. Me parece más
sencillo hoy en día hablar de trabajador u otra expresión que nos sirva
para la misma función discursiva para hacernos entender entre "la gente
común".
La composición de las clases populares ha cambiado enormemente. Han
cambiado las relaciones laborales, la estructura industrial, la
tecnología, las cadenas globales de producción, el peso de los
servicios, el trabajo reproductivo, la precariedad, la migración y las
formas de control. Todo esto es cierto. Pero de ahí no se deduce que las
clases hayan desaparecido. Tampoco creo que la posición especifista
tenga que ser que "el proletariado existe y algún día inevitablemente
hará la revolución". Eso lo consideraría una interpretación bastante pobre.
Yo distinguiría varias cuestiones aquí:
Existe una enorme cantidad de personas que necesitan vender su capacidad
de trabajo para vivir.
Existe una minoría que controla grandes cantidades de capital,
propiedades y medios de producción.
Existe una relación de explotación y dependencia entre ambas.
Pero de ahí no se deriva automáticamente que las personas asalariadas
constituyan ya un sujeto revolucionario consciente y organizado. Eso lo
podrían constituir quienes conforman un sector que se transforma en
comunidad en lucha. De igual manera, se está constituyendo un sector
reaccionario entre los asalariados.
Y además diría que eso mismo muestra por qué el especifismo no parte de
un sujeto revolucionario ya constituido. Sino que, por el contrario,
trata de dar respuesta a cómo una clase fragmentada, heterogénea y
contradictoria puede desarrollar capacidad de organización y convertirse
en una fuerza social capaz de transformar la sociedad.
La clase no tiene que ser homogénea
Cuando algunos autores hablan de "clase trabajadora", parece que
inmediatamente imaginamos al obrero industrial masculino de una fábrica.
Pero una concepción contemporánea de clase no tiene por qué ser esa.
Una trabajadora de una residencia, un repartidor, una enfermera, una
trabajadora de Amazon, un programador precarizado, una limpiadora, un
trabajador migrante de la construcción, una trabajadora de una
plataforma digital o una persona que combina varios trabajos temporales
puede tener situaciones muy diferentes. Pero en todas ellas existen
relaciones comunes de dependencia respecto al capital. Y la cuestión no
es negar las diferencias, es comprenderlas. Por eso tampoco me convence
la oposición que hacen algunos entre "lucha de clases" y "luchas
fragmentarias".
La vivienda, el género, el racismo, la migración, el territorio, la
reproducción social o el medio ambiente no son problemas que puedan
simplemente colocarse fuera de la lucha de clases. Aunque tampoco
podemos reducir toda lucha contra la dominación a una cuestión salarial.
Una concepción anarquista de la transformación social tiene que ser
capaz de comprender la relación entre diferentes formas de dominación.
El capitalismo no es la única estructura de poder existente. Pero
tampoco desaparece porque descubramos que existen otras. Y es cierto que
las luchas contemporáneas son múltiples y que no existe necesariamente
un único movimiento obrero organizado que pueda convertirse en el centro
de todas ellas. Pero decir que existen muchas luchas autónomas no
resuelve el problema de cómo acumular fuerza, ya que podemos tener
perfectamente una constelación de organizaciones que respondan a
distintos problemas y necesidades en la vida de quien trabaja. No veo
necesariamente ningún inconveniente; la cuestión es cómo, tanto dentro
como fuera de las organizaciones, trazamos una estrategia de avance global.
Es interesante, llegado a este punto, que podamos preguntarnos:
¿Quiénes conservan la memoria de las luchas?
¿Quiénes desarrollan una estrategia a largo plazo?
¿Quiénes forman nuevos militantes?
¿Quiénes intentan relacionar las diferentes luchas?
¿Quiénes piensan más allá de la campaña concreta?
Y esto, de bajar la teoría a la práctica, aunque es una tarea que se
puede dar tanto en las organizaciones sociales como en las puramente
políticas, suele venir de sus militantes activos. En este caso se
muestra precisamente la utilidad que los especifistas atribuyen a la
organización política. No para sustituir esas luchas, sino para ayudar a
conectarlas y desarrollar una estrategia común a través de sus militantes.
El modelo reticular que propone Capi Vidal puede ser útil para ciertas
cosas, desde mi punto de vista, especialmente para cuestiones
culturales. Una red de colectivos autónomos puede ser flexible, dinámica
y de intercambio de recursos. Pero una red también puede tener problemas
de continuidad, memoria, acumulación, inacción común y estrategia. Cosa
que muchas de nosotras hemos podido experimentar con la proliferación de
coordinadoras y federaciones anarquistas de ese estilo -también llamadas
de síntesis-, que el impulso del 15M dio al movimiento libertario no
hace tanto tiempo.
No es útil ni positivo hablar en términos de qué forma organizativa es
necesariamente superior a otra. Eso no aporta ni ayuda a posicionarnos
como una fuerza social capaz de influir en nuestra sociedad como en la
edad dorada de los años treinta del siglo pasado.
Si queremos criticar al especifismo, u otras formas organizativas, sean
reticulares o sintetistas, es mejor que dejemos las caricaturas,
abstracciones y teorizaciones, porque es bajando al barro, a lo concreto
y práctico donde se ve qué aporta y hace cada una de ellas.
Y entonces, ¿cómo es eso de la revolución?
En esta cuestión sí concuerdo en parte con Tomás Ibáñez en que no
podemos imaginar necesariamente la revolución del siglo XXI como una
repetición de 1936, de la revolución rusa o de cualquier otro
acontecimiento histórico. No sabemos cómo será una transformación
revolucionaria futura. Aunque siempre rima y de ahí que tampoco debamos
abandonar la idea de revolución.
Podemos sacar lecciones del pasado y entender los procesos que las
propiciaron: ese proceso largo, no lineal, de transformación de las
relaciones sociales y de construcción de unas comunidades en lucha, con
una cultura y capacidad organizativa propias, capaces de enfrentarse al
Estado y al capital.
En este sentido, no existe una contradicción necesaria entre revolución
social y luchas concretas del día a día. La clave está en trabajar para
que esas experiencias diarias consigan aumentar la capacidad de las
personas para organizarse, decidir colectivamente, enfrentarse a quienes
detentan estructuras de dominación y construir instituciones propias.
Ese proceso de acumulación es precisamente lo que algunas organizaciones
especifistas contemporáneas denominan "poder popular". Black Rose/Rosa
Negra en EE. UU., por ejemplo, entiende ese poder popular como la
construcción a largo plazo de movimientos independientes, duraderos y
combativos que puedan tanto conquistar mejoras como acumular fuerza para
una transformación social revolucionaria.
El debate que sí deberíamos tener
Creo que Vidal acierta cuando reclama pensamiento crítico, aunque no
comparta varias de sus conclusiones.
El anarquismo no debería tener textos sagrados. Ni Bakunin, ni
Malatesta, ni Dielo Truda, ni la FAU, ni Guillamón, ni Ibáñez, ni la
FAI, etc., tienen la última palabra. Y tampoco la tiene el especifismo
actual.
Una organización revolucionaria debería poder equivocarse, reconocerlo y
cambiar. Pero el pensamiento crítico no significa necesariamente
abandonar los conceptos de clase, organización o revolución porque
procedan de una tradición histórica determinada. Significa comprobar si
todavía nos sirven y, si no, transformarlos.
Y la verdad, con esa premisa a mí me parece que sería más interesante si
reflexionáramos sobre:
¿Cómo se organiza hoy la mayoría social que vive de su trabajo, cómo se
relaciona con otras formas de dominación y cómo puede convertirse en una
fuerza capaz de transformar radicalmente la sociedad?
¿Cómo construimos organizaciones que sean suficientemente fuertes para
acumular capacidad y suficientemente libertarias para no convertirse en
una nueva dominación sobre quienes luchan?
¿Cómo hacemos que las luchas cotidianas desarrollen capacidades,
relaciones y formas de organización que hagan posible una transformación
revolucionaria?
Porque si discutimos de cuestiones prácticas, uno se da cuenta mejor de
aquello que nos separa, aquello que nos une y dónde puede haber puentes
de colaboración, que en mi opinión son más que los que no.
Julio F
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