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(ca) Italy, FAI, Umanita Nova #19-26 - Obsesión por la seguridad y represión. El nuevo documento antiterrorista de la Casa Blanca (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Tue, 28 Jul 2026 07:12:49 +0300


A finales de mayo, la Casa Blanca publicó la nueva Estrategia Antiterrorista de Estados Unidos 2026, el documento en el que la administración estadounidense define las prioridades, los objetivos y las herramientas de su política antiterrorista. No se trata de un memorando técnico para expertos. Es el documento en el que Washington declara qué amenazas considera prioritarias y qué concepto de seguridad pretende imponer dentro y fuera de sus fronteras.

Son dieciséis páginas repletas de directrices operativas y visión política. Aborda temas como los cárteles de la droga, el yihadismo internacional, el control fronterizo, las operaciones cibernéticas, Oriente Medio y América Latina. Pero este documento también contiene algo que merece especial atención, ya que atañe directamente al ámbito del conflicto político y social.

Los "extremistas violentos de izquierda, incluidos anarquistas y antifascistas", también figuran entre las principales amenazas terroristas contra Estados Unidos. El documento aborda explícitamente el tema, indicando, entre sus prioridades estratégicas, la identificación y neutralización de grupos políticos definidos como antiamericanos, radicalmente pro-transgénero y anarquistas.

Vale la pena reflexionar sobre esto. No se trata de una declaración improvisada ni de un eslogan. Es un documento oficial de seguridad nacional. Y precisamente eso es lo que le confiere relevancia política.

Porque cuando una potencia como Estados Unidos incluye explícitamente a anarquistas y antifascistas en el ámbito de la lucha contra el terrorismo, no se trata simplemente de una elección terminológica. Se trata de una señal política precisa, dirigida a las agencias de inteligencia, las fuerzas policiales, los aliados internacionales y los gobiernos occidentales. Es una señal que se enmarca en un contexto más amplio, en el que la disidencia social y política se trata cada vez más como una cuestión de orden público y seguridad.

Cuando el enemigo político se convierte en una cuestión de seguridad

La historia del Estado moderno es también la historia de la construcción del "enemigo interno". Los tiempos, los gobiernos y los nombres cambian. Pero el mecanismo se repite. En ocasiones, se ha tratado del subversivo, el bolchevique, el extranjero indeseable, el anarquista, el terrorista. Figuras distintas, pero unidas por la misma función política: identificar a quienes se perciben como ajenos al sistema y presentarlos como una amenaza colectiva.

Durante los últimos veinticinco años, este proceso se ha centrado principalmente en la palabra «terrorismo». Tras el 11 de septiembre, esta categoría adquirió un peso enorme en el léxico político y jurídico occidental. En su nombre, se aprobaron leyes especiales, se ampliaron los poderes de vigilancia y se reforzaron los aparatos de inteligencia. Medidas que comenzaron siendo excepcionales se han convertido en rutina.

Hoy, este paradigma parece estar expandiéndose aún más.

El documento de la Casa Blanca no solo menciona las redes yihadistas o las organizaciones armadas transnacionales. Surge algo más: el conflicto social se incorpora explícitamente al lenguaje de la seguridad nacional. El anarquismo, el antifascismo militante y el radicalismo político en general se nombran como elementos de una amenaza que debe ser monitoreada y neutralizada.

No se trata solo de un cambio léxico. Se trata de un cambio político.

Cuando la disidencia se interpreta desde la perspectiva de la seguridad, deja de percibirse como una expresión de conflicto social u oposición política y se sitúa en el ámbito de la emergencia. Ya no se la considera un adversario político, sino un potencial factor de desestabilización.

Y es precisamente aquí donde la línea divisoria se difumina. ¿Dónde termina la represión de la violencia y dónde comienza la gestión de la disidencia en materia de seguridad? Esta es una cuestión que preocupa a Estados Unidos, pero que también resulta muy relevante para la Europa actual.

De América a Europa: Léxicos diferentes, misma dirección

Sería demasiado simplista imaginar una transición directa de Estados Unidos a Europa. Los contextos políticos son diferentes, al igual que las tradiciones jurídicas e institucionales. Sin embargo, al observar el panorama general, emerge claramente una tendencia común.

En Estados Unidos, el lenguaje es el de la estrategia antiterrorista. En Europa, el vocabulario está cambiando: seguridad pública, control fronterizo, orden urbano, lucha contra el extremismo. Las palabras son diferentes, pero la dirección política a menudo parece la misma.

La disidencia social y política se trata cada vez menos como parte natural del conflicto democrático y más como un problema de seguridad. Las movilizaciones, los piquetes, las ocupaciones y las protestas se excluyen del ámbito del debate político y se relegan al ámbito del orden público o la emergencia.

El conflicto deja así de interpretarse por lo que expresa -una fractura social, una reivindicación, una necesidad- y se traduce en el lenguaje del riesgo que debe ser contenido.

Es en este cambio donde el conflicto se despolitiza progresivamente. Ya no se aborda desde una perspectiva social o política, sino a través del derecho penal, los aparatos policiales y la vigilancia preventiva.

El resultado es que lo que debería abrir un espacio para el debate se trata cada vez más como una cuestión de seguridad. Y la disidencia, de ser una expresión de conflicto, se convierte en un factor de desorden y un objeto de control.

El caso italiano

En Italia, este proceso no es nuevo. Tiene raíces profundas, pero en los últimos años ha cobrado nuevo impulso y legitimidad política.

El léxico de los llamados «decretos de seguridad» ha desplazado progresivamente el centro de gravedad del discurso público: lo que antes se interpretaba desde una perspectiva social o política se traduce cada vez más en términos de seguridad, orden público y emergencia. El conflicto termina por narrarse no por lo que expresa -demanda, oposición, resistencia- sino por la perturbación que causa en el orden establecido.

No se trata de un solo movimiento. El fenómeno es más amplio e involucra realidades muy diversas: migración, ocupaciones de viviendas, conflictos territoriales, piquetes obreros, movilizaciones ecologistas, redes de solidaridad.

La cuestión no radica solo en el endurecimiento de las sanciones o la represión de conductas individuales. Hay algo más profundo: la construcción de una cultura política del orden en la que cualquiera que altere la normalidad social se transforma fácilmente en un problema de seguridad.

Así, la disidencia deja de ser una expresión de conflicto real y se narra como una amenaza colectiva. Ya no es una voz incómoda en la esfera pública, sino un elemento que debe ser contenido, aislado, impedido. Y es en este cambio -a menudo gradual, casi imperceptible- donde se puede medir una de las transformaciones políticas más evidentes de los últimos años.

Una convergencia política que viene de lejos.

Sería excesivo hablar de un único director. Pero es difícil no percibir una convergencia política y cultural cada vez más evidente entre Estados Unidos y Europa.

Los gobiernos, los sistemas institucionales y el vocabulario están cambiando. Sin embargo, el panorama general presenta características comunes. La seguridad se convierte en el terreno privilegiado para la construcción de consensos. El orden se contrapone al conflicto, la estabilidad a la disidencia, el control a la libertad de movimiento y de organización. Todo lo que excede los límites de la normalidad gobernable tiende a reducirse al lenguaje de la amenaza.

En este terreno, la derecha contemporánea ha construido gran parte de su hegemonía. Promete protección, pero a menudo genera control. Invoca la seguridad, pero termina reduciendo el espacio para el conflicto legítimo y ampliando el de la vigilancia. No solo reprime conductas: redefine lo que puede percibirse como peligroso.

Para el movimiento anarquista, todo esto tiene algo profundamente familiar.

En Estados Unidos, la criminalización del anarquismo no es nada nuevo. La historia estadounidense ya lo ha experimentado: tras Haymarket, durante las redadas de Palmer de 1919-1920, en el clima político y judicial que rodeó el juicio y la ejecución de Sacco y Vanzetti. En cada ocasión, el mecanismo se repite de diferentes formas, pero según una dinámica reconocible: se crea una situación de emergencia, se refuerzan las medidas represivas y se amplía el perímetro de ataque.

Y ese perímetro rara vez se limita a los primeros afectados.

Esta es la lección que la historia sigue enseñándonos. Cuando la disidencia se transforma en una cuestión de seguridad, no solo está en juego el destino de una minoría política. El espacio para la libertad de todos se reduce gradualmente.

Por eso, leer con atención un documento como la Estrategia Antiterrorista de Estados Unidos 2026 hoy no significa detenerse en un detalle de la política estadounidense, sino observar una tendencia más amplia de nuestro presente. Porque lo que hoy se identifica como una amenaza puede convertirse mañana en el límite de la libertad de todos.

Totò Caggese

https://umanitanova.org/ossessioni-securitarie-e-repressione-il-nuovo-documento-antiterrorismo-della-casa-bianca/
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