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(ca) Spaine, Regeneration: Del desencuentro al diálogo: aclaraciones sobre el especifismo Por EMBAT (en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Thu, 22 Jan 2026 07:13:55 +0200
En el número 4 de la revista Redes Libertarias
https://redeslibertarias.com/2025/12/01/redes-libertarias-no-4/ se
publicó el artículo "Anarquismos. El especifismo" por parte de Laura
Vicente. Como militante de una organización que se enmarca dentro de la
corriente especifista, me gustaría empezar agradeciendo el tiempo
dedicado, la reflexión que plantea el artículo y la voluntad de pensar
el anarquismo desde su pluralidad; así como el interés en nuestra
corriente. Considero que únicamente el diálogo y la contraposición
fraternal de ideas nos pueden permitir (a la par que obligar) a ir
desarrollando mejor nuestra ideología y estrategias. Partimos del mismo
punto: el anarquismo no es uno, sino una constelación de prácticas,
sensibilidades y tradiciones que dialogan entre sí. A partir de ahí, me
gustaría aportar algunas precisiones y matices, con ánimo constructivo.
En primer lugar, el planteamiento que abre el texto, que vincula de
alguna forma el especifismo y el plataformismo como si fueran lo mismo o
si uno derivara directamente del otro, merece una matización histórica y
conceptual. Cuando en la Federación Anarquista del Uruguay (FAU) se
formuló la propuesta especifista, no lo hicieron leyendo o emulando a la
Plataforma de Archinov, de hecho ellas mismas mencionan que inicialmente
desconocían su existencia. Es verdad que existen coincidencias
terminológicas y estratégicas -como la insistencia en la necesidad de
organización, la cohesión interna o la responsabilidad militante-, pero
afirmar una relación de filiación directa corre el riesgo de oscurecer
las condiciones locales que hicieron surgir esas propuestas: tradiciones
sindicales, su propia experiencia revolucionaria, crisis concretas de
los movimientos y debates internos que tuvieron sus propios caminos. En
otras palabras, a menudo hablamos de semejanza de conclusiones más que
de transmisión textual o de genealogía lineal. Reconocer esa
convergencia conceptual permite escuchar críticas sin convertirlas en
una condena genética: muchas veces diferentes experiencias llegan a
diagnósticos comunes porque enfrentan problemas semejantes, no porque
una copie a la otra.
El caso de Malatesta ilustra precisamente esta complejidad. Sus
objeciones iniciales a la Plataforma han sido una fuente de confusión.
El debate epistolar con Majno muestra hasta qué punto las controversias
pueden depender de giros lingüísticos y de la mediación de terceros (en
este caso, de la traducción del texto de la Plataforma hecha por Volin,
uno de sus mayores detractores). Pero si leemos con atención la
correspondencia con Majno (al final de la cual se llega a posiciones
comunes) y otros textos de Malatesta, veremos que no estamos ante un
rechazo total de cualquier forma de disciplina o organización coherente;
más bien, su crítica apunta a cualquier forma de disciplina que se
convierta en sumisión acrítica a jefes y aparatos. Cuando recuperamos
sus formulaciones sobre responsabilidad y coordinación, descubrimos un
núcleo de convergencia con algunos de los principios que más tarde
defenderían quienes hablaron de "minoría activa": no una vanguardia que
sustituye a la clase, sino grupos organizados que, desde la base, buscan
aumentar la eficacia de la acción común. Este matiz es crucial: no
hablamos de una élite que sabe por todos, sino de compañeras que se
comprometen y se forman para intervenir mejor en los procesos sociales.
Respecto a la crítica a la formación interna y al planeamiento
estratégico, conviene recordar que la historia de los movimientos
sociales y revolucionarios está llena de improvisaciones heroicas que
terminaron siendo trágicamente ineficaces. Postular que la preparación
equivale a autoritarismo es, en parte, una inversión del problema. La
formación no es un mecanismo para cerrar la discusión sino un espacio
para clarificar análisis, compartir herramientas y articular prácticas.
Evidentemente, no hay garantía de que planear nos haga infalibles, pero
actuar sin reflexión previa allí donde sea posible suele ser una forma
de reproducir errores evitables. Pensar (no como dogma sino como
práctica colectiva) permite también desarrollar formas de respuesta más
humildes y adaptativas. La crítica al "mesianismo" es legítima cuando la
teoría se pretende dictamen: el peligro surge si se confunde
organización con doctrina incuestionable. Pero negar la necesidad de
formación porque algunos la usen para imponerse es un reduccionismo que
no nos ayuda. Sin formación y democratización del conocimiento, los
debates se acaban polarizando (con suerte) en figuras académicas
elevadas por encima del resto. Lo saludable es insistir en una formación
abierta, crítica y permeable a la discusión. Además, también corremos el
riesgo de invisibilizar que precisamente cuando hay que tomar decisiones
de forma espontánea y rápida, suelen ser las voces más "autorizadas" las
que se imponen. Por lo que desde nuestro punto de vista, la conversación
y preparación previa permite un proceso deliberativo mucho más horizontal.1
Por otro lado, la manera en que el artículo interpreta la figura de la
"minoría activa" como sinónimo de vanguardia me parece que adolece de
simplificación. Por ello, conviene discutir con precisión conceptual de
qué estamos hablando: una vanguardia, entendida como élite que dirige
desde fuera, es incompatible con principios anarquistas; una minoría
activa organizada desde el afecto, humildad y responsabilidad, que se
forma y trabaja dentro de los movimientos de masas, no lo es. La
discusión central no es si nos organizamos fuera de los espacios
amplios, sino cómo lo hacemos. ¿Se trata de crear guetos militantes que
despliegan su línea de forma verticla "hacia las masas", o de articular
prácticas simultáneamente internas y públicas que acompañan, fortalecen
y aprenden de procesos más amplios? El especifismo propone esto último:
organizaciones que no se aislan, sino que se insertan con claridad
política y coherencia de medios y fines. Si eso se llama "autoritarismo"
por defecto, perdemos la oportunidad de debatir formas concretas de
relación entre las formas de organizarnos entre anarquistas y las formas
de organizarnos con el resto.
En la lectura que el artículo elabora sobre la revolución española de
1936 también conviene hacer algunos comentarios. Por un lado, parece dar
a entender (y me disculpo por adelantado si no es la intención) que el
especifismo convergería con las posiciones del PCE/PSUC:
"La revolución de 1936 es un ejemplo de revolución modelizada y un
ejemplo de cómo fue leída a la luz de una teleología en la que unos y
otros consideraban que no era el momento de la revolución"
Si es ese el significado, sería un análisis del todo incorrecto. No
conozco texto alguno del especifismo que plantee tal cosa, de hecho, en
general creo que nuestro planteamiento va en dirección contraria.
Incluso la cita que se utiliza de Fontenis apunta en esa dirección: que
la dirección de CNT y FAI fallaron al movimiento no atreviéndose al
famoso "ir a por el todo" preconizado por García Oliver.
Pero, en todo caso, precisamente la revolución de 1936 nos puede servir
de ejemplo2. En ella se combinan elementos de espontaneidad con procesos
planificados. Fueron precisamente sectores anarquistas organizados los
que tuvieron la capacidad de levantar colectividades, milicias y
estructuras de defensa en condiciones de urgencia. No lo hicieron desde
la espontaneidad absoluta. Se llevaban años, sino décadas, de
preparación y acumulación (no lineal) de fuerzas. La existencia de los
cuadros de defensa, y la preparación previa de redes de apoyo no
convierte automáticamente a quienes las desarrollaron en autoritarias.
Tampoco implica que hacer lo mismo garantice el mismo resultado.
Coincido en que es totalmente imprescindible evitar la lectura
teleológica que reduce todo a la supuesta superioridad política de una
dirección única. Pero al mismo tiempo, negar que hubo preparación y que
esa preparación jugó un papel clave en la capacidad de resistencia es
empobrecer la historia. Reconocer que hubo planificación dentro de un
movimiento de masas no equivale a celebrar al partido, sino simplemente
a comprender la pluralidad de recursos que permitieron sostener la
acción colectiva.
También es importante matizar la supuesta omisión o el subrayado
insuficiente del papel de Mujeres Libres. Si afirmamos que el
especifismo ignora estas experiencias, corremos el riesgo de proyectar
sobre una categoría política una incapacidad que la realidad contradice.
Embat somos una organización especifista, y reconocemos y reivindicamos
el importante papel de tal experiencia. Y también agradecemos el
esfuerzo de historiadoras e investigadoras que habéis dedicado tiempo y
esfuerzos en visibilizarla y darla a conocer. Para nosotras es un claro
ejemplo del tipo de organizaciones anarquistas que defendemos:
organización de militantes anarquistas que se reúnen entre ellas,
mantienen sus debates y formación, e intervienen en los movimientos de
masas. Y, evidentemente, su praxis no era una fórmula de vanguardia
autoritaria; más bien, la construcción de capacidades colectivas para
intervenir en la vida social y política con la autonomía suficiente para
enfrentarse a los obstáculos (que en muchos casos ponían sus propios
compañeros libertarios). Negar esa experiencia como parte del legado del
anarquismo organizado es perder un referente valioso para pensar cómo
confluyen especificidad y movimiento de masas en clave anarcofeminista.
Sobre la relación entre acción y teoría, en el artículo se afirma que
"ninguna teoría ha transformado nunca la realidad" y plantea, desde mi
punto de vista con razón, que la praxis tiene un peso crucial. Sin
embargo, presentar esa idea como una excusa para desestimar el trabajo
teórico en su dimensión organizativa es empobrecer la reflexión
colectiva. La teoría, cuando se entiende como instrumento para
comprender condiciones y articular tácticas, no es un dogma sino una
herramienta más en el arsenal transformador. El peligro real aparece
cuando la teoría se instrumentaliza para justificar imposiciones. Por el
contrario, una teoría crítica y situada puede multiplicar la capacidad
de las fuerzas sociales para actuar con sentido de conjunto sin perder
el respeto por la autonomía de las prácticas concretas. Criticar una
teorización desarraigada de la práctica es legítimo y necesario; hacerlo
de forma totalizadora hace imposible pensar estrategias mínimas de
coordinación y autoformación que muchas veces son imprescindibles para
sostener luchas prolongadas.3
En relación a la inserción social también creo que hay algunas
diferencias de concepto. Cuando el especifismo habla de "inserción", no
se trata de un gesto de superioridad intelectual o moral. Se trata de
reconocer que la organización específica debe convivir y relacionarse en
los espacios más amplios y que no puede actuar de forma aislada. El
dualismo organizacional -estructuras anarquistas propias y participación
activa en movimientos amplios- es una apuesta por la complementariedad:
la organización específica no sustituye ni dirige, sino que aporta
capacidades organizativas, prácticas de solidaridad y análisis
compartidos que pueden hacer más coherente y robusto un proceso social.
La alternativa, una organización difusa que renuncie a cualquier
coherencia estratégica, también conlleva riesgos: invisibilización,
pérdida de recursos y dificultad para sostener compromisos colectivos en
el tiempo. La pregunta clave no es "¿organizarse o no?" sino "¿cómo
organizarnos para potenciar, no para ahogar ni dirigir, las luchas
populares?".
El tratamiento de la experiencia de la Organisation Pensée Bataille y la
crítica del Grupo Kronstand exige también una lectura afín a la
contextualización. Por un lado, que esa sea precisamente la única
experiencia práctica del especifismo que se analiza en el artículo me
parece que no permite una discusión honesta de la cuestión. No creo que
sea algo que haya que poner debajo de la alfombra. Hay que analizar y
evaluar críticamente cualquier desarrollo práctico. Pero que la OPB
llevara a cabo prácticas autoritarias no invalida los elementos
analíticos y estratégicos del especifismo. Acaso cualquier ejemplo de
prácticas autoritarias en el anarcosindicalismo (de las que por
desgracia tenemos multitud de ejemplos) nos lleva a rechazar su vigencia
y valor? Es peligroso y poco honesto usar casos particulares como
sinónimo de la teoría completa; más útil es examinar qué condiciones
favorecen esas desviaciones y cómo construir mecanismos que preserven la
horizontalidad y la apertura sin renunciar a la disciplina ética que
permite sostener proyectos colectivos. Y, sobretodo, si hay que analizar
casos prácticos, sería interesante hacerlo en base a una muestra amplia
de ellos, no solo los que justifiquen nuestras posiciones.
Por ello, me parece muy acertado mencionar la cuestión de la ética. Creo
que coincidiremos en que sea cual sea el tipo de organización, sin el
desarrollo de una ética compartida entre militantes, habrá siempre
actitudes opresivas. No existe un tipo de forma de organizarse que nos
"libere" automáticamente de todo lo que el sistema de dominación nos ha
inculcado. Puede haber formas de organizarnos que nos permitan
deshacernos de ello con mayor o menor facilidad. Hacia ahí creo que es
interesante tener el debate.
Por otro lado, en cuanto a la "disciplina" que se menciona como
problemática en el artículo, creemos que conviene recuperar la
formulación de Malatesta de ya hace más de un siglo:
"Disciplina: hete aquí la gran palabra de la cual se sirven para
paralizar la voluntad de los trabajadores conscientes. Nosotros también
pedimos disciplina, porque, sin entendimiento, sin coordinación de los
esfuerzos de cada uno hacia una acción común y simultánea, la victoria
no es materialmente posible. Pero la disciplina no debe ser una
disciplina servil, una devoción ciega a los jefes, una obediencia a
aquel que siempre habla para no tener que moverse. La disciplina
revolucionaria es la coherencia con las ideas aceptadas, la fidelidad a
los compromisos asumidos, es sentirse obligado a compartir el trabajo y
los riesgos con los compañeros de lucha no como obediencia acrítica,
sino como fidelidad a compromisos, corresponsabilidad y solidaridad en
la acción"
Este tipo de disciplina es ético-política: exige reciprocidad,
exposición compartida al riesgo y coherencia entre medios y fines.
Debemos criticar toda disciplina que se convierta en coacción; y a la
vez esforzarnos por pensar normas y prácticas que sean asumidas
libremente pero que permitan sostener proyectos colectivos que no
dependan de la improvisación constante o de la volubilidad individual
(especialmente en un contexto de sociedad liquida y capitalismo
libidinal como en el que vivimos).
Finalmente, y regresando al corazón del texto, si el especifismo se
define como la necesidad de organizaciones de militantes anarquistas que
comparten objetivos y estrategias, y que además participan codo con codo
en los movimientos sociales, la discusión debería centrarse en las
formas concretas de esa relación. Desde mi punto de vista, el artículo
acierta al plantear interrogantes sobre la uniformidad programática y la
tentación de homogeneizar, pero falla si no propone alternativas
organizativas plausibles. Si como se defiende en el artículo "siempre va
primero la acción", hecho en falta propuestas que nos permitan proseguir
el debate en clave constructiva.
¿Deberíamos reducirnos a asambleas de base sin ninguna coordinación? ¿A
grupos de afinidad coordinados? ¿A una política puramente ad-hoc que
depende de circunstancias efímeras? Ninguna de estas alternativas está
exenta de costos. Por eso la tarea política que tenemos por delante no
es elegir entre organización o espontaneidad, sino inventar formas
flexibles y democráticas, que nos permitan acumular fuerza social,
prefigurar en el ahora la sociedad que queremos, que respeten la
autonomía de las luchas concretas al tiempo y que permitan sostener
procesos de formación, memoria y cuidado mutuo que son indispensables
para resistir en el largo plazo.
En suma, creo que hay el artículo aporta críticas valiosas, porque nos
fuerzan a reflexionar y a exponer mejor nuestras posturas. Pero para que
esa reflexión sea productiva debe partir de lecturas más matizadas de la
historia y de definiciones precisas de los términos que utilizamos sin
quedarnos en la superficie. Me parece necesario dejar de identificar de
forma automática organización con autoritarismo y, en su lugar, abrir un
diálogo práctico sobre cómo construir organizaciones que sean coherentes
con la ética anarquista: solidarias, responsables, críticas y
permeables. Esa es la apuesta: una organización que se forma, que se
compromete y que aprende a renunciar al protagonismo para acompañar la
potencia de las luchas compartidas. No porque tengamos la solución
definitiva, sino porque pensamos que esa articulación concreta -entre lo
específico y lo colectivo, entre teoría y praxis, entre formación y
acción- es una de las maneras más honestas de seguir haciendo anarquismo
hoy.
Hèctor. Militant d'Embat.
Notas:
1 También me parece señalar que identificar el especifismo (corriente
que se desarrolla principalmente en Latinoamérica) como "planteamiento
tan occidental", y precisamente hacerlo desde Europa, es cuanto menos
problemático.
2 Aunque no único. Muchas otras experiencias nos llevan a las mismas
conclusiones. Para una revisión histórica desde el especifismo, puede
leerse el libro de reciente publicación Bandera Negra.
3 También me merece una reflexión sobre qué sentido tendría llevar a
cabo reflexión teórica o la publicación misma de revistas libertarias
teóricas, si su valor es nulo.
https://regeneracionlibertaria.org/2025/12/24/del-desencuentro-al-dialogo-aclaraciones-sobre-el-especifismo/
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