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(ca) Spaine, Regeneracion: Barcelona es poderosa. 1833-1843: de las bullangas a la Jamancia y el nacimiento del obrerismo organizado Por EMBAT (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Sun, 1 Nov 2026 00:16:38 +0200
Este artículo aúna dos historias: la primera, urbana, la historia de la
ciudad popular de Barcelona, siempre rebelde, siempre dispuesta a la
revuelta, ciudad de barricadas donde las haya. La segunda es la
protohistoria de nuestro movimiento obrero, que nació orgánicamente en
aquellos días conflictivos. ---- Desde nuestro punto de vista,
observaremos cómo la situación fue escalando paulatinamente desde un
malestar tangible hasta las primeras bullangas y desde estas hasta
revueltas que tuvieron características de revolución política. Estamos
en unos tiempos en los que la burguesía todavía no veía con malos ojos
las insurrecciones, si es que estas le valían para conquistar más poder
político, y el proletariado se iba configurando como sujeto activo,
hasta que tuvo sus primeras manifestaciones en la quema de las fábricas,
huelgas y, eventualmente, en la creación de la Sociedad de Tejedores de
Barcelona en 1840.
Introducción
En 1808, Napoleón invadió España y Portugal, iniciando una cruenta
guerra de siete años. En este tiempo desapareció cualquier tipo de poder
central y cada territorio español organizó su Junta Provincial o Local.
En algunos territorios, estas juntas tenían un carácter más bien
tradicionalista, entendiendo que los invasores franceses eran liberales
y revolucionarios y que había que expulsarlos. En cambio, otros
territorios evolucionaron hacia un liberalismo político muy avanzado, de
los más avanzados de su época, mientras luchaban contra el invasor.
Estos liberales fueron los que impulsaron la Constitución de Cádiz de
1812. La Constitución, la «Pepa», establecía una estricta separación de
poderes y entendía que este residía en el Pueblo y no en el Monarca. El
Pueblo se podría expresar a través del sufragio universal, que por
entonces solamente era masculino. Establecía las libertades de prensa,
de expresión, igualdad ante la ley y abolía el antiguo régimen. A pesar
de todo, reconocían el catolicismo como la única religión del país.
En 1814, cuando Fernando VII regresó al trono, lo primero que hizo fue
abolir la Constitución y establecer un régimen absolutista de viejo
cuño. Ató en corto todas las instituciones públicas e incluso
reintrodujo la Inquisición. En gran parte de la sociedad, esto se vio
como un retroceso histórico muy dañino para los intereses de España. Los
liberales se refugiaron en sociedades secretas, como las masónicas, y
tuvieron cierto predicamento en el ejército.
Mientras tanto, se estaba librando la primera oleada de guerras de la
independencia de las colonias americanas. Las colonias habían cortado
lazos con la metrópolis española y esta a duras penas podía enviar
tropas suficientes para cubrir todos los conflictos.
En 1820, justo cuando iban a salir para América, las tropas lideradas
por Rafael del Riego se «pronunciaron» (es decir, se sublevaron) en
Cabezas de San Juan (Sevilla). Las tropas rebeldes recorrieron Andalucía
por semanas o meses y lograron la adhesión de casi todas las demás
guarniciones. Establecieron la Constitución de Cádiz y contagiaron casi
toda la periferia española hasta que llegaron a Madrid. El nuevo
regente, Riego, estableció el Trienio Liberal.
Este período no estuvo exento de problemas, debiendo hacer frente desde
1922 a un levantamiento «realista» (es decir, partidario del rey) que se
convirtió en una guerra civil. Esta guerra culminó con la operación
internacional de la llamada Santa Alianza, la de «Los cien mil hijos de
San Luis». Era una especie de tropa de intervención extranjera pagada
por las monarquías reaccionarias y absolutistas europeas, como la
francesa, la rusa o la austríaca, entre otras. A esta expedición se le
unieron muchas tropas realistas comandadas por militares absolutistas.
El efecto de esta invasión fue abolir la Constitución de Cádiz y
reinstaurar el poder de Fernando VII.
Como curiosidad, el Trienio Liberal inspiró a los Carbonarios, que
intentaron revoluciones liberales en el sur de Italia. No les funcionó,
y fueron liquidados en 1821, también por la Santa Alianza. No se
rindieron, y este movimiento participaría en la Revolución liberal de
1830 de París y en otras revueltas italianas de 1831.
Retomando el hilo, sin embargo, el monarca no quiso volver a imponer las
medidas más polémicas, como la Inquisición, por presiones francesas.
Esto le fue enajenando de su base de apoyo en el campo reaccionario. Se
llegó a pensar que el rey estaba engañado o secuestrado. Y este sector
se fue aglutinando en torno a la figura de Carlos María Isidro de
Borbón, el hermano del rey, que era partidario de la mano dura, de ideas
ultramontanas. Hubo alguna revuelta en ese sentido, como la dels
Malcontents en Catalunya (1827), entre otras. A su vez, la liberal
Barcelona estuvo ocupada por tropas francesas hasta 1828, procedentes de
aquella Santa Alianza reaccionaria.
Y así llegamos a los días en los que se desarrolla este artículo.
1833. La Regencia de María Cristina.
Desde 1830, con el cambio de régimen en Francia a través de una
revolución política, el liberalismo fue ganando influencia también en
España. En especial, Barcelona fue ganada por las ideas liberales desde
principios de siglo. La mayoría de la sociedad, desde la burguesía hasta
el proletariado, pasando por los militares, se vincularon a estas ideas
en esos momentos. Únicamente la aristocracia y el clero renegaban de ellas.
A finales de 1832, el rey depone al odiado Conde de España como capitán
general de Barcelona. Se había comportado de forma tiránica y caprichosa
y nadie en la ciudad lo quería ver. Su sustituto fue Manuel Llauder,
quien fue recibido con gran alegría, como si viniera de alguna conquista
militar. En cambio, el Conde de España abandonó la ciudad entre insultos
y pedradas. Pronto se pasaría a las filas del carlismo.
El 29 de septiembre de 1833 murió Fernando VII ante la indiferencia del
pueblo. Si bien se hicieron actos oficiales de despedida y homenaje, no
levantaron pasiones. Antes de su muerte había aprobado la Ley Sálica, a
fin de poner en el trono a su hija Isabel. Sin embargo, Isabel tenía
apenas dos años. Por lo tanto, el poder, la regencia, pasó a su madre
María Cristina de Borbón Dos Sicilias.
Al producirse este hecho, el infante Carlos desde Portugal reclamó el
poder para sí mismo, recibiendo muchas adhesiones de todas partes en el
ejército y, sobre todo, en la Iglesia. Este fue el inicio de la guerra
civil que duró siete años, conocida como Primera Guerra Carlista.
La nueva regente María Cristina decidió superar el despotismo ilustrado
de su marido, lo que había ejercido en la última parte de su reinado, y
promulgó un cambio de gobierno, encargándole la presidencia a Martínez
de la Rosa, que rápidamente aprobó el Estatuto Real de 1834, que
reconocía unas Cortes Generales. La reina regente también concedió una
amnistía general. Esto dio muchas esperanzas al pueblo, que pensaba que
iba a ver restituida la Constitución de 1812.
No fue así. El gobierno apenas promulgó ninguna ley en favor de las
clases populares y pronto decayó el entusiasmo. En todas partes crecía
una resistencia caciquil, campesina o eclesiástica, que se agrupó en
torno a las filas del carlismo. Y el carlismo ganó el interior de Catalunya.
Desde Barcelona se organizaron numerosas partidas de voluntarios, que
fueron llamados «los voluntarios de Isabel II». Iban aplastando focos
carlistas, pero estos se multiplicaban por doquier. Por si fuera poco,
en la segunda mitad de 1834 en la ciudad estalló una epidemia de cólera
morbo que mató a más de 3.000 personas, un 3% de la población. Los
ricos, como se lo podían permitir, abandonaron la ciudad, abundando en
la sensación del sálvese quien pueda.
1835. Las primeras bullangas: de la quema de conventos al incendio de la
fábrica Bonaplata
En toda España se habían instituido cuerpos oficiales de milicias, la
Milicia Nacional. En las ciudades, estas milicias tomaban el nombre de
Milicia Urbana. En el caso de Barcelona, esta milicia estaba tomada por
las clases populares, que solían adoptar un liberalismo extremo y un
furibundo anticlericalismo.
La inestabilidad política acompañaba a la guerra. Esta también trajo una
crisis económica que golpeó duramente a la población y la predispuso al
motín. El primero de ellos ocurrió en Zaragoza, cuando en julio de 1835,
una multitud se manifestó para pedir el restablecimiento de la
Constitución de 1812. La situación se salió de control y aquellas gentes
acabaron asaltando unos conventos y linchando a los frailes.
Pocos días después se produjo en Reus una masacre de miembros de la
Milicia Urbana local a manos de guerrilleros carlistas. Entre ellos
había algún religioso. Estas noticias llegaron a Barcelona, produciendo
gran indignación.
El 25 de julio, día de Sant Jaume, se celebró una corrida de toros. Los
seis toros fueron demasiado mansos y cada uno fue despedido con pañuelos
y una pitada general. Cuando terminó el último, la multitud expresó su
cólera lanzando objetos a la plaza. Lanzaron los abanicos, luego los
bancos, las sillas, y hasta arrancaron los palcos. Luego bajó todo el
mundo al toril. Los chiquillos ataron una maroma al último toro y se lo
llevaron de la plaza, arrastrándolo a las calles de Barcelona, entrando
por el Portal del Mar y subiendo por las Ramblas. El pobre animal murió
a consecuencia de los malos tratos y la turba quemó su cadáver,
provocando una bárbara escena.
Supuestamente, Manuel Rivadeneyra, progresista «exaltado», cuando estaba
en medio del toril comenzó a gritar: «¡Viva el Pueblo Rey!, ¡Viva la
Libertad!». Instó a la gente a dejar de destruir casas de madera para
lanzarse contra los que vivían en «alcázares de piedra» y comían
abundantemente todos los días. Tras esto, la gente se dirigió hacia la
Mercè, que estaba cerrada, y luego se dirigieron al convento de Sant
Francesc, que fue incendiado. Aquella noche ardieron casi todos los
conventos de la ciudad. El derribo de ese convento es el origen de la
plaza del Duc de Medinaceli, por cierto.
El éxito de esta primera bullanga fue la pronta superación del Estatuto
Real, que indirectamente provocó que se negociara la reinstauración de
la Constitución de 1812 (spoiler: no se hizo). Todo esto se fraguó
porque ese movimiento bullanguero fue interclasista, participando en él
la burguesía, ansiosa de acceder a la propiedad de los terrenos
quemados, los progresistas, movidos por un odio visceral a los carlistas
y los frailes, y el proletariado incontrolado, llamado la «hez de la
sociedad», que se apuntaba a cualquier revuelta.
Las tropas del capitán general Llauder controlaron la situación al día
siguiente. Llauder reprendió a la población con sus discursos,
consciente de que la mayoría estaba a favor de los incendios, si bien no
había participado en ellos. Difundió el bulo de que los revolucionarios
habían intentado quemar las fábricas, a fin de asustar a los
industriales. Los liberales más exaltados contraatacaron estos bulos con
el reparto de muchos folletos en los lugares públicos más concurridos.
Una manifestación se dirigió a la fortaleza de la Ciutadella y Llauder
entró en pánico abandonando la ciudad. La gente lo celebró como si fuera
una gran fiesta. El general Pastors se hizo cargo del poder militar.
Viendo cómo estaba la ciudad, otro general quiso tomar cartas en el
asunto, el general Bassa. El día 4, Bassa, queriendo restaurar el
prestigio del ejército, entró en la ciudad con unos mil soldados y 40
jinetes. El pueblo lo recibió preparado. La Milicia Urbana estaba
preparada. Bassa se plantó ante el Ayuntamiento y le soltó un «¡o yo o
el pueblo!». Las autoridades, conscientes de lo que pasaba en la calle,
le pidieron que se fuera. Se formó un tumulto en la Plaça de Sant Jaume.
Silbidos atronadores e insultos. Bassa estaba negociando y de pronto
llegó un grupo por detrás y le dispararon varios tiros a quemarropa.
Cogieron su cuerpo en volandas y lo sacaron por el balcón del
consistorio entre los griteríos de la gente. Más tarde lo arrastraron
por las calles. En la Rambla, la muchedumbre hizo una pira con
documentos y muebles sacados de la Delegación de la Policía y quemó el
cadáver. Los exaltados retiraron la estatua de Fernando VII del
Ayuntamiento y pusieron un cuadro de Isabel II en su lugar.
El desorden bullanguero fue aprovechado por los obreros para incendiar
la fábrica de vapor de la Bonaplata, instalada en la calle Tallers. Por
esta acción fue fusilado Aleix Pardinas, culpable confeso (bajo tortura)
de los hechos. También hubo varios detenidos más y, según Tuñón de Lara,
Aleix Bell, José Prats y Juan Jaldi fueron ejecutados igualmente. A los
incendiarios se los llamaba «los miserables» desde las páginas de la
prensa, como la obra de Victor Hugo, entonces contemporáneo a estos
hechos. Se interpreta esta violencia como actos instintivos en los que
los trabajadores manuales temen ser desplazados de su trabajo por las
máquinas. Es decir, un acto luddita.
Se trataba de trabajadores, pura mano de obra, que acababan de llegar a
la ciudad y vivían en la miseria. Estamos en una época en la que los de
abajo tenían una esperanza de vida de apenas 30 años, mientras que la
burguesía podía llegar a 50 sin problemas.
Es interesante notar que la prensa de Barcelona condenó duramente estos
hechos, mientras que no había dicho nada parecido por los conventos
quemados anteriormente. Al contrario, lo justificaba. El efecto de estas
bullangas fue el de calmar las ansias revolucionarias de la burguesía
local, que se quedó en posiciones liberales moderadas.
1936. Más bullangas
El 4 de enero llegaron a Barcelona dos noticias simultáneamente. Por un
lado, cerca de Esparraguera, los carlistas habían derrotado una compañía
del batallón de Saboya. Por el otro, el general Espoz y Mina comunicaba
la captura y fusilamiento de 33 prisioneros liberales en Sant Llorenç de
Morunys, entre ellos, todos los oficiales. Esta noticia luego resultó
ser falsa, pero la indignación popular prendió las calles barcelonesas,
que para eso sirven los bulos.
Una gran manifestación se dirigió a la Ciutadella escaló las murallas
como pudo, entró en los calabozos, le arrebataron las llaves al alcaide
y sacaron a los presos carlistas de las mazmorras, asesinándolos sin
misericordia, procediendo a quemar sus cadáveres en una pira. Esto se
hizo con la pasividad de las tropas de la fortaleza, ante el espanto de
quien la mandaba, el general Pastors. En ese lugar se encontraba también
el posteriormente famoso general O'Donnell, más preocupado de si le
atacaban a él que de los prisioneros.
Los amotinados asaltaron el fuerte de Drassanes (Atarazanas) y el
Hospital Militar, asesinando también a los prisioneros heridos. El
frenesí bullanguero se llevó por delante unos cien prisioneros.
Estos hechos no quedaron impunes. El ejército, dirigido por Espoz y
Mina, procedió a detener, procesar y deportar a Canarias y a La Habana a
los participantes en el motín. Entre ellos había muchos miembros de la
Milicia Urbana e incluso de la Junta de la ciudad. El general Pastors
fue depuesto por pensarse que era próximo a los revoltosos progresistas.
Mientras tanto, la regente María Cristina cambiaba el gobierno,
sustituyendo a Mendizábal por Istúriz. El primero acababa de hacer
efectiva su famosa desamortización de los bienes eclesiásticos y la
expulsión de los jesuitas de toda España y la confiscación de sus
propiedades. Todo esto obedecía a la necesidad de castigar a los
partidarios del bando carlista, así como de introducir en el mercado un
gran número de propiedades que iban a ser vendidas entre los más
pudientes. Sea como sea, el partido liberal ya estaba dividido en
moderados y progresistas. A imitación de Barcelona, se revitalizaron
nuevas juntas provinciales por todo el país, no faltando
pronunciamientos armados. En estos momentos toda España era un polvorín.
La cuarta bullanga estalló el 14 de agosto al conocerse en Barcelona que
Tarragona había aprobado regirse por la Constitución de 1812. Esta vez
hubo fiesta, música y brindis. Pero por la noche los guardias nacionales
de los barrios entraron en las casas de los «patriotas» y los llevaron a
rastras hasta la Ciutadella. En unas horas los metieron en un bergantín
de guerra que se fue de la ciudad con destino incierto. La gente de
orden quedó espantada.
Ya por entonces se hace evidente la presencia de varias sociedades
secretas de tipo progresista radical que agitan a las multitudes con sus
panfletos. Por ejemplo, ya comenzaba a circular la ideología
sansimoniana. Las personas de orden hablan de anarquía desde la prensa,
y las clases populares la saludan abiertamente. La burguesía,
representada por la Comisión de Fábricas, avisaba a los obreros para que
no hicieran caso de este «canto de sirenas» bullanguero y mantuvieran la
calma. Además, hicieron circular bulos exagerados, según los cuales
existía un proyecto para robar a todos los fabricantes y comerciantes y
colgar de los árboles de la Rambla a todos los moderados. Eso no era
cierto, pero a más de uno no le pareció mala idea.
A finales de diciembre fallecía Espoz y Mina. Fue sustituido por Ramón
de Meer y Kindelán, de tendencia liberal moderada. Su familia militar (y
fan de los golpes de Estado) nos llega hasta hoy, habiendo de soportar a
su tataranieta como diputada de VOX.
1837. El período del barón de Meer
El 13 de enero circuló por Barcelona el panfleto La Bandera, en el que
se invitaba al pueblo a ir a la revolución. Recordemos que por ahora en
ningún momento se está hablando de socialismo ni de nada parecido, sino
de revoluciones políticas de carácter democrático liberal. El panfleto
caló hondo entre los batallones de trabajadores (batallones llamados «de
la blusa», por el blusón típico de los obreros) y entre los zapadores de
la Milicia Nacional, también de carácter obrero y popular. Estos
milicianos se encerraron en el convento de San Agustín y desde allí
exaltaron la República, la Constitución y la Libertad, según sus gustos.
Sin embargo, las tropas del ejército no estaban dispuestas a permitir
esta rebelión e hicieron salir a los rebeldes, desarmándolos y
disolviendo sus unidades. También destituyeron al Ayuntamiento en pleno.
Y, como otras veces, enviaron a algunos exaltados a Canarias. Esta vez,
el Gobierno desautorizó tales medidas punitivas, por lo que la
excitación ganó las masas. A ojos de todos, los poderes del Estado se
estaban poniendo la zancadilla entre ellos.
La prensa conservadora (es decir, liberal moderada) no dejaba de alertar
de posibles disturbios e incendios por toda la ciudad o de que las
tropas del general carlista Tristany estaban a las puertas de la ciudad
y que los progresistas exaltados o radicales colaborarían con él,
abriéndole las puertas. Los jóvenes radicales también odiaban
profundamente a los moderados, viendo que estos boicoteaban la
Constitución y que se amparaban en los militares de Ramón de Meer y en
la odiada policía secreta de Marià Vehils.
El 4 de mayo, un grupo de jóvenes armados ocupó el Ayuntamiento y la
Diputación. Algunos eran miembros de los batallones disueltos. Para su
desgracia, cuando se dirigieron a la Rambla, los estaba esperando la
tropa, acompañada por fuerzas de la marina española y británica.
Abrieron fuego. La Plaza del Teatro se llenó de sangre. El suelo quedó
cubierto de cadáveres. De esta revuelta se hizo responsable principal a
Ramón Xauradó, quien fue ejecutado al día siguiente. Muchos otros fueron
deportados a las colonias.
El 18 de junio se aprobó la ansiada Constitución, si bien no era tan
ambiciosa como la de 1812. Esto animó a los progresistas. Sin embargo,
en el frente de guerra las cosas no iban bien. Ese verano se perdieron
Berga, Ripoll y Gironella. La tensión era muy fuerte. Para empeorarla,
el día de la jornada electoral, 8 de septiembre, fue asesinado el jefe
de la policía Marià Vehils. Los moderados le pidieron al barón de Meer
que abandonase la guerra de los Pirineos y que defendiese la ciudad de
los radicales. Actuó de forma expeditiva, disolviendo la Milicia e
incluso expulsando de la ciudad al alcalde, que fue deportado a Mallorca.
Según Vicens Vives, la burguesía catalana estaba erigiendo su primer
dictador local con el fin de restablecer el orden en la ciudad y en las
fábricas. La Comisión de Fábricas pasó a ser el puntal de este nuevo
orden y le pidió a la reina regente que mantuviese el Gobierno Civil y
Militar en Barcelona.
Este es el fin del período de bullangas, fruto del liberalismo utópico,
que no era otra cosa que pensar que las cosas se podrían resolver cuando
la burguesía conquistase algunas libertades formales. Evidentemente,
esta burguesía no pensaba compartir con los trabajadores lo ganado. A
partir de ahora, los movimientos revolucionarios serían más conscientes
de lo que perseguían y el proletariado daría sus primeros pasos de
independencia de clase.
1837-39. El dominio moderado y el fin de la guerra carlista
El barón de Meer ejerció su dominio entre enero de 1937 y julio de 1839.
Durante este tiempo se consolidaron medidas que entonces se consideraban
liberales revolucionarias: desamortización, libertad de trabajo y
liquidación de los gremios. A estos últimos se los consideraba
organismos anticuados e ineficaces, que limitaban la capacidad de
producir. Ante la disolución de los gremios, la creativa clase obrera
buscó otros caminos y encontró las mutualidades y las cooperativas.
Durante 1837, los carlistas habían tenido éxitos notables; controlaban
de Berga a Ripoll, por un lado, y de Berga a Solsona y Cardona, por el
otro. Habían fracasado en algunas plazas importantes (La Seu d'Urgell,
Olot...), pero todavía tenían partidas guerrilleras por toda Catalunya.
Sin embargo, con los éxitos liberales en otros territorios como Aragón,
Euskadi y Navarra, el Gobierno pudo concentrar más tropas en Catalunya y
consiguió victorias decisivas. Los carlistas quedaron desmoralizados y
las deserciones abundaron. El líder de la revuelta carlista en
Catalunya, el Conde de España, fue asesinado por sus propios soldados.
Cuando el general carlista Cabrera se hizo cargo de las tropas
catalanas, trayendo con él valencianos y aragoneses, se encontró con
tropas indisciplinadas que vivían del saqueo y que se mataban entre sí
por naderías. Tras negociar con las autoridades francesas, el 6 de julio
de 1840, cruzó la frontera con 20.000 hombres, dando fin a la guerra civil.
Un poco antes, en 1839, el Gobierno se quería congraciar con los
liberales progresistas y quería dar un nuevo giro a su política. Fruto
de ello fue la elección de Baldomero Espartero como jefe del ejército.
Gracias a la fama que había ganado en la guerra. Fue el instigador del
famoso «abrazo de Vergara». Era el ídolo de los progresistas. El
Gobierno también destituyó a de Meer, medida que provocó dimisiones en
todas las instituciones barcelonesas.
1840. Espartero y la regencia en Barcelona
El 30 de junio de 1840, llegó a Barcelona la reina regente con sus hijas
Isabel y María Fernanda. El motivo oficial era el de tomar baños de mar
para curar una dermatitis. El motivo extraoficial era acercarse a
Espartero, que por entonces era aclamado tanto por los moderados como
por los progresistas. El pueblo les dio la bienvenida de forma masiva.
Las fuerzas moderadas catalanas eran las responsables de la venida de la
reina a la ciudad.
A los pocos días llegó Espartero. Esta vez se calculaba que 80.000 de
los 100.000 o 120.000 habitantes, con los que contaba la ciudad condal
intramuros, salieron a recibirlo entre aclamaciones. Fue el recibimiento
más masivo de su época.
Ante las presiones de los moderados, la reina aprobó la Ley de
Ayuntamientos. Esto provocó la dimisión de Espartero, que la consideraba
inconstitucional. La reacción ciudadana fue de movilización popular
dirigida por la Milicia y... más barricadas. Se exigía derogar la ley y
que dimitiesen todos los moderados en el Gobierno. Varios ministros
dimitieron.
A los tres días, los moderados fueron los que protagonizaron un nuevo
amotinamiento, el llamado «motín de las levitas», que tuvo un fuerte
tiroteo en el que murieron tres personas, quedando otras siete heridas.
A resultas del motín, días después, el abogado Francisco Balmas, que
había iniciado el motín, fue asesinado, arrojado por la ventana, y su
cuerpo arrastrado por la calle Sant Pau hasta la Rambla. Hubo más
asesinatos políticos en esos días. Los periódicos moderados fueron
asaltados. Ante esta situación, Espartero declaró el estado de sitio de
esta Barcelona incontrolable.
Todos estos hechos precipitaron la salida de la reina hacia Valencia,
mucho más tranquila. Desde Valencia, la reina regente se atrevió a
nombrar un gobierno moderado, que provocó una nueva revuelta en
Barcelona. En muchos lugares de la península se crearon juntas
revolucionarias y la insurrección era palpable. Esta se llamó la
«revolución de septiembre». Para solucionar la situación, Espartero le
presentó a la reina una propuesta de gobierno. Ella la aceptó,
presentando de inmediato su dimisión como regente. A partir de entonces,
el nuevo regente sería el mismo Espartero. La reina y sus hijas se
marcharon a Francia en octubre. En Barcelona, el pueblo estaba
exultante, pensando que iban hacia la República. Se inauguraba el
Trienio Progresista.
Mientras todo esto tenía lugar, los obreros se organizaban. Se habían
prohibido los gremios, pero en cambio el Gobierno aprobó en febrero de
1839 una ley por la que se permitían las sociedades de ayuda mutua o de
socorros mutuos y beneficencia. Dicho y hecho. Esto fue aprovechado por
los obreros del textil, que desde el verano de ese año empezaron a
funcionar de forma discreta bajo la asociación mutualista Protección
Mutua de Tejedores, que asoció a unos 3.000 trabajadores. Un año
después, el 26 de septiembre de 1840, se legalizó la Sociedad Mutua de
Tejedores de Barcelona. Estaba presidida por Joan Muns, y su primera
asamblea legal fue en diciembre.
La Sociedad de Tejedores promovía el abandono de los talleres cuando los
patronos intentaran reducir los jornales o alargar las telas. Se preveía
la expulsión de los afiliados si no cumplían con estas disposiciones. La
crisis económica de 1840 agravó la situación y algunas fábricas tuvieron
que cerrar. Algunos industriales declaraban que había una «mano oscura
pagada por el extranjero» impidiendo que la industria catalana
funcionase con normalidad.
La organización obrera logró bastante éxito, llegando en 1841 a unos
15.000 asociados (7.000 de la capital y 8.000 de la provincia,
destacando los pueblos aledaños a Barcelona: Gracia, Sants, Sant Andreu,
Sant Martí, etc.). Su ejemplo fue seguido para la creación de otras
sociedades en otros oficios relacionados con el textil (hiladores,
tintoreros, etc.).
Espartero obligó a que la Sociedad se ciñese a sus fines de protección y
ayuda mutua y pidió que no coartaran el «libre comercio» ni la «libre
contratación entre obreros y patronos». No le hicieron caso.
Entre las reivindicaciones obreras, no faltó la protesta contra las
máquinas que les quitaban los puestos de trabajo, tampoco la queja de
los bajos salarios o la fijación de precio del paquete de hilo. Todo
esto se lo hicieron saber al Ayuntamiento, en este período siempre
progresista. Pero ignoró sus peticiones. Esto produjo una primera huelga
en el verano de 1840 en la fábrica de Juncadella y otra en la de
estampados de Puigmartí Achon y Cía. El Ayuntamiento tuvo que organizar
una comisión presidida por el capitán general Van Halen, con miembros
del Ayuntamiento, de la Diputación, de la Junta de Comercio, de la
Comisión de Fábricas, seis obreros y los comandantes de la Milicia Nacional.
Esta comisión llegó a unos acuerdos que, sin embargo, quedaron en agua
de borrajas. Los obreros comisionados presentaron su dimisión en marzo
de 1841.
1841. La demolición de la muralla de la Ciutadella
Antes, el 6 de enero, un decreto de la regencia provincial disolvió la
Protección Mutua de Tejedores. Hay que entender que, después de la
renuncia de la reina María Cristina y del nombramiento de Espartero, los
moderados pasaron a la ofensiva. El general O'Donnell intentó un
pronunciamiento en Pamplona y en otras provincias había agitación
militar. Esto hizo crear en todas las provincias Juntas de Vigilancia,
que deberían defender el Gobierno del regente Espartero. En Barcelona,
la Junta de Vigilancia, de carácter progresista, dio al traste con el
complot de levantar la provincia contra los progresistas.
Sin embargo, el suceso más relevante en Barcelona fue la destrucción de
la muralla de la Ciutadella. Aprovechando que el general Van Halen
estaba fuera de la ciudad combatiendo el golpe de O'Donnell, una
multitud dirigida por Joan Antoni Llinàs, el líder político de la Junta
de Vigilancia, se dirigió a las murallas. El derrumbamiento estaba
previsto por el Ayuntamiento, pero no era consentido por el resto de
autoridades. La gente se lanzó con saña, determinación y alegría a
destruir la muralla. No la derribaron toda, sino un tramo.
Este hecho fue condenado por el propio Espartero, estableciendo el
estado de sitio, decretando que los muros deberían ser reconstruidos y
disolviendo tres batallones de la Milicia Nacional e ilegalizando la
Sociedad de Tejedores de paso. Se disolvieron la Junta de Vigilancia y
el Ayuntamiento. Todo lo que oliera a radical.
Se cree que el asalto a las murallas estuvo coordinado por una sociedad
de carácter republicano liderada por Abdó Terradas, en la que había
miembros de la Sociedad de Tejedores, como el propio Joan Muns. La
Sociedad fue autorizada a tener actividad nuevamente en abril de 1842 a
condición de seguir fines filantrópicos y no políticos. Segunda vez que
les dicen lo mismo. Como vemos, el republicanismo comenzaba a abrirse
camino de entre las filas de los liberales progresistas más «exaltados».
Aprovechando una coyuntura favorable, Muns y otros diez compañeros (se
conoce el nombre de Josep Sugranyes, Pere Vicheto y Simó Boldú) le
solicitaron al Ayuntamiento el 4 de agosto crear una fábrica con
aquellos compañeros que no tuvieran trabajo en las fábricas. Pedían un
capital de 8.000 duros, y el consistorio les concedió 7.000. Tenían que
devolverlos a razón de 1.000 duros al año. Esta fue la primera
cooperativa de producción de España, aunque todavía estaba alejada de
cualquier ideal socialista posterior y mantenía un objetivo
estrictamente benéfico. No duró muchos años la cooperativa, puesto que
todos los patrones le hicieron boicot y la crisis era una realidad. La
fábrica quebró a los pocos años y tuvieron que traspasarla a manos privadas.
Esta cooperativa se adelantó en dos años a la de los Pioneros de
Rochdale, que es la que ha pasado a la historia como la primera
cooperativa. Y fue una cooperativa de consumo, no de producción.
1842. El bombardeo de Barcelona
El Gobierno de Espartero no tenía un rumbo coherente. No contestó a
ninguno de sus partidarios. En un contexto de crisis económica, sometía
a gran presión tributaria a las clases menesterosas. La escasez de
ingresos impedía el pago de los salarios del ejército, cosa que
favorecía a los militares moderados que preparaban su golpe de Estado.
El clero moderado tampoco era partidario de Espartero, y estaba con
María Cristina o con Francia. Así que Espartero se acercó a Inglaterra.
Sin embargo, esta le exigía bajar aranceles, lo que pondría en peligro
la industria catalana.
El tratado con Inglaterra fue un punto de no retorno para la sociedad
catalana, tanto para los conservadores como para los progresistas. La
menor capacidad de ventas de la industria provocaba un alza de precios y
un aumento de los parados. Estos se quedaban en las plazas buscando
trabajo y eran el objetivo principal de los panfleteadores
revolucionarios. El malestar era creciente. Hubo manifestaciones contra
las quintas y la agitación republicana comenzó a ser frecuente. La base
social de Espartero se esfumó.
El 25 de abril, Abdó Terradas iba a venir a la ciudad desde Figueras
(donde era alcalde). Los republicanos prepararon un gran recibimiento,
lo que alertó al capitán general Van Halen para impedirlo. Encerró a
algunos jóvenes y prohibió el evento. Pero ya por las calles se podía
escuchar la canción de La Campana, el himno republicano. El himno lo
había escrito Terradas y fue musicalizado, supuestamente, por Anselm
Clavé. Se detenía a la gente por la calle por cantarlo. Durante todo el
verano la agitación fue en aumento. Y esto corría a la par de la crisis
de gobierno y de los ataques de los moderados contra el mismo.
El motín tuvo lugar el 13 de noviembre de 1842. El motivo fue el
impuesto que se le quiso cobrar a un grupo de 30 obreros que entraban en
la ciudad con unos porrones de vino de contrabando. Sus protestas se
extendieron por entre la gente obrera, que nunca entendió el fin de
tantos impuestos. Los guardias pidieron ayuda al ejército y la protesta
se extendió hasta la plaça Sant Jaume, donde ya había gente armada de la
Milicia favorable al pueblo. En esta ocasión lideraban el movimiento los
republicanos, que dominaban el tercer batallón de la Milicia.
El ejército, liderado ahora por Zurbano, incurrió en un saqueo en los
comercios de la calle Argentería, cosa que soliviantó los ánimos. A
continuación, se levantaron barricadas y los soldados fueron atacados
con piedras, se arrojaron muebles desde las ventanas y salieron a
relucir todas las armas. El ejército de Zurbano se retiró de la ciudad
con muchas bajas y humillado. Mientras tanto, Van Halen abandonó la
Ciutadella para ir al castillo de Montjuïc, ordenando abrir fuego contra
la ciudad.
Los participantes en los hechos pensaron que tenían la ciudad bajo su
control, así que el júbilo fue incontenible. Se nombró una Junta
encabezada por Joan Manel Carsí, que lanzó un manifiesto con su ideario:
«Unión y puro españolismo entre los catalanes libres, independencia de
Cataluña con respecto a la Corte mientras no se establezca un Gobierno
justo, protector, libre e independiente. Protección a la industria, al
comercio, a la agricultura y a los trabajadores. Limpieza de la
Administración. Justicia para todos.» La proclama acaba atacando a
Espartero y su gobierno.
La Junta nunca tuvo poder real y a su vez nombró una Junta Consultiva
formada por liberales moderados y progresistas, ignorando a los
republicanos que habían iniciado el movimiento. Se formó una guardia
llamada patuleia, para cumplir con los objetivos de la Junta.
Ante los bombardeos, los cónsules de Gran Bretaña y de Francia
(Ferdinand de Lesseps) pactaron con Van Halen proteger a sus
connacionales. Sin embargo, lo que hicieron fue proteger a los
industriales y a los conservadores para sacarlos de la ciudad. Entre los
bombardeos y las amenazas, se hizo dimitir a la Junta, que fue
sustituida por una Junta Conciliadora, a fin de negociar la rendición.
Sin embargo, Van Halen no aceptó ninguna condición y continuó los
bombardeos los días siguientes.
La Junta expulsó de la ciudad a los republicanos, desarmó a unos 8.000
ciudadanos y estableció negociaciones con Van Halen y con el presidente
del gobierno de entonces, Rodil, que se negó a recibirla. Las órdenes
eran desocupar los cuarteles y desarmar la Milicia. Ante la
imposibilidad de continuar por negativa de la Milicia a desarmarse, la
Junta dimitió.
A continuación, se formó la llamada «junta dels desesperats», formada
por proletarios. Estaba presidida por Crispí Gaviria. Se dedicó a abrir
zanjas y a armar a la población. Querían que regresaran los que habían
marchado en los días anteriores. Para entonces habían abandonado
Barcelona unas 40.000 personas.
El 3 de diciembre los bombardeos arreciaron. Se lanzaron más de 1.000
proyectiles, que dañaron unas 500 casas y edificios. El desastre fue
mayúsculo y murieron unas 300 personas. El día 4 la ciudad se rindió y
se preparó para recibir a Rodil, Espartero, Van Halen y las tropas. Se
desarmó la patuleia, la Milicia y a todos los que tenían armas. Las
tropas desfilaron en medio de un silencio sepulcral. Los incendios
todavía ardían en muchas casas y las ruinas de muchas otras o los restos
de los enfrentamientos eran bien visibles.
El capitán general declaró el estado de sitio por tiempo indefinido. Los
cabecillas de la insurrección fueron ejecutados y mucha gente recibió
penas de prisión incondicional o de destierro a las colonias. Espartero
estableció una recaudación extraordinaria para reconstruir la ciudad.
Con esto, su popularidad en Barcelona estaba acabada.
1843. La Jamancia
Espartero se marchó a Madrid a hacerse cargo de las constantes crisis de
gobierno que se enquistaban y se iban encadenando unas con otras. Los
problemas eran tantos que al final todos los descontentos se fueron
uniendo para tumbar a Espartero, sin mirar el color político. En
Catalunya, dos jóvenes militares, el coronel Prim y el capitán Milans
del Bosch (ojo al nombre), progresistas, se levantaron en Reus el 30 de
mayo. Zurbano recuperó la ciudad pronto, pero muchas de sus tropas se
pasaron al bando sublevado.
A los pocos días, el 5 de junio, Barcelona se pronunció nombrando una
Junta Suprema de Catalunya a instancias del Ayuntamiento. Estaba
presidida por el veterano liberal Rafael Dagollada y nombró al general
Francisco Serrano como su representante en un hipotético gobierno
central, del que formaría parte como ministro, en caso de triunfar.
Estas juntas se extendieron por otras provincias.
La de Catalunya pedía: Constitución de 1837, proclamación de la mayoría
de edad de Isabel II y creación de la Junta Central de Madrid. Estos
objetivos fueron pronto traicionados por Serrano, pero de todas formas
este movimiento juntista acabó con Espartero.
El 15 de junio entró Prim en Barcelona, que fue recibido como un héroe y
la Junta lo nombró capitán general de Catalunya. Hagamos notar aquí la
amplia descentralización política de que gozaban los territorios, que se
atrevían a nombrar cargos a su voluntad. También se puede leer como
debilidad total del centro. Espartero abandonó España el último día de
julio rumbo a Inglaterra, acompañado en el navío llamado Malabar por Van
Halen, Zurbano y otros fieles.
El nuevo gobierno, encabezado por Joaquín María López, en el que estaba
Serrano, aceptó la mayoría de edad de Isabel II, que apenas tenía 13
años. Convocaron las Cortes y las purgaron de sediciosos. Este gobierno
se negó a tratar con la Junta Central de Madrid y se dedicó rápidamente
a disolver las juntas provinciales. Revocó el Ayuntamiento de Barcelona,
renovó diputaciones con sus fieles y desarmó la Milicia «de la blusa».
En estas circunstancias aparecía la figura de Prim, de quien se empezó a
sospechar que estaría a las órdenes del general Narváez, que era quien
realmente estaba al frente del país.
Prim defendió la Constitución en un discurso público, lo que calmó los
ánimos un poco. Pero en agosto comenzaron las revueltas. Tras varios
días así, el 5 de septiembre la Junta barcelonesa se dirigió al país
para recordar los compromisos no cumplidos del Gobierno. Terminaba su
alegato llamando a las armas.
La palabra «jamancia» tenía una connotación coloquial y popular. Venía
del vocablo romaní «kha-» que tenía raíz sánscrita. Significa «comer»;
de ahí palabras jergales como «jamar» o «jalar». Y es que, tras el
bombardeo del año anterior, el hambre se había hecho dueña de la ciudad.
Los gitanos jugaron un papel destacado en este levantamiento, atacando a
pecho descubierto a los enemigos del pueblo. En estas condiciones, la
ciudad entera siguió el llamamiento a la revolución.
La ciudad aguantó 81 días bajo el programa de «construir», según Josep
Fontana, «una España moderna, progresista e igualitaria, a partir de
Catalunya». La revuelta pretendía iniciar una gran transformación
política y social. Es decir, que tenía claras intenciones revolucionarias.
El ataque de la ciudad lo condujo Prim, bombardeando la ciudad como el
año anterior, desde principios de septiembre hasta finales de diciembre.
Todas las juntas locales y provinciales revolucionarias cayeron una tras
otra. Pero, en Barcelona, los jamancios intentaron tomar por asalto la
Ciutadella, dirigidos por el vicepresidente de la Junta, Josep M. Bosch.
Intervinieron los republicanos, a manos de Francisco de Paula Coello. Y
también intervinieron los obreros, liderados por Joan Muns, que
comandaba una compañía de la Milicia.
El bombardeo fue muy duro y la ciudad fue sometida por el hambre. El
asedio avanzaba paulatinamente. Se temía una contrarrevolución interna,
así que la vigilancia se extremó. La ciudad volvió a quedarse con unas
50.000 personas. Se confiscaron los bienes públicos y privados. Los
asediantes lanzaron unos 12.000 proyectiles, matando a 335 personas e
hiriendo a otras tantas. De nuevo la ciudad tuvo que capitular sin
condiciones.
La Jamancia fue el último intento de revolución progresista en España y
el país quedó sometido a la dictadura moderada del general Narváez para
el resto de la década siguiente. No faltaron los intentos sediciosos,
pero todos fueron aplastados con contundencia y saña. El cambio de
tornas no llegaría hasta 1868, la «Revolución Gloriosa» que,
irónicamente, lideró el mismo Prim que había aplastado esta.
Conclusiones
La década estudiada es un período clave que estuvo cargado de
inestabilidad. En Barcelona, a la postre la única ciudad industrial de
España, se vio pronto la diferencia de intereses entre las nuevas clases
sociales del siglo: la burguesía y el proletariado. Mientras que la
primera planteaba el momento como una oportunidad única de acceder al
poder político tras la muerte de Fernando VII, la segunda, por primera
vez, se unía a unas revueltas desde unos postulados propios. No fue
automática esta decisión. Tuvieron que pasar varias bullangas para que
la burguesía evolucionase hacia la moderación y que el proletariado
comprendiese, al fin, que no tenía nada que esperar de esta burguesía.
Así que el proletariado comenzó a organizarse por su cuenta, si bien
participando en las revueltas siguientes de la mano del republicanismo,
la fuerza política más avanzada. Crearon una sociedad de socorro mutuo
que derivó en un auténtico sindicato obrero, con acción huelguística y
con propuestas autogestionarias (la cooperativa de producción) desde sus
primeros momentos. La clase obrera barcelonesa fue muy innovadora y se
adelantó a muchas otras ciudades europeas que se suponía que la
aventajaban en ideas avanzadas.
Este obrerismo, sin embargo, no hay que considerarlo todavía
revolucionario, en tanto que no se plantea dirigir la sociedad, sino que
pretende que la sociedad sea democrática. Este es el fermento que
encontraron en Barcelona los socialistas que la visitaron en la década
de 1840, creando hacia finales de la misma las primeras asociaciones
comunistas, que fueron las icarianas. Por otro lado, la clase obrera
volvió a poder organizarse con libertad en otro «bienio progresista» en
los años 1854-56.
Y todos estos fracasos son el aprendizaje colectivo de miles de
trabajadores a lo largo de tres décadas hasta llegar al Sexenio
Democrático, de 1868, que culminó en la Primera República y en la
Revolución cantonalista (1873).
Otro asunto. Tras ser derrotada en la Guerra de Sucesión, en 1714,
Catalunya perdió sus instituciones y su autogobierno. Esto siempre ha
sido muy importante. Desde entonces, las diputaciones, ayuntamientos,
tribunales o capitanías generales eran instituciones de la corona, y
esta ponía o quitaba a quien considerase. Sin embargo, el espíritu de
retomar el autogobierno se quedó en la sociedad.
Durante muchos años trabajó para crear un polo de poder político en
España que beneficiase a Catalunya, un poder ejercido desde Barcelona.
Cuando se llega a esta época de juntas provinciales, comienza a ser
obvio que el autogobierno es una posibilidad realista. De esta manera,
los sectores pudientes y las clases medias juegan sus cartas. Se puede
ver cómo su elección política, sea cual sea (carlismo, liberalismo,
progresismo, moderantismo, republicanismo, regionalismo, etc.), va
encaminada a ese objetivo histórico.
La década de 1833-43, de tan turbulenta, apenas deja ver lo que hay
detrás de las revueltas, pero no deja de ser un elemento a destacar la
existencia de planes o proyectos para aumentar el autogobierno, a través
de la democratización del Estado español. Sin embargo, como otras veces,
el centralismo triunfó.
@BlackSpartak
Bibliografía
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Romea Castro, Celia (1994). Barcelona romántica y revolucionaria. Una
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Tuñón de Lara, Manuel (1977)[1972]. El movimiento obrero en la historia
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