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(ca) Brazil, OSL: Más allá de las ilusiones electorales: reorganizar las clases oprimidas y construir un poder popular autogobernado. (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Tue, 6 Oct 2026 23:02:32 +0300
1. La crisis de la estrategia democrático-popular y los límites de la
vía institucional. --- La situación brasileña sigue profundizando las
contradicciones que impregnan los movimientos obreros, populares y
estudiantiles. En un nuevo ciclo electoral, la lucha por el gobierno y
las instituciones estatales se presenta una vez más como la única
alternativa. Sin embargo, la experiencia de las últimas décadas pone de
manifiesto las limitaciones de la estrategia democrático-popular,
hegemónica en amplios sectores de la izquierda y cuya principal
expresión es el Partido de los Trabajadores (PT). Esta estrategia ha
situado la competencia electoral y la gestión estatal en el centro de la
acción política, subordinando progresivamente la organización popular a
los calendarios, las alianzas y la lógica institucional de las clases
dominantes.
Este proceso estuvo acompañado de una estrategia de conciliación de
clases y adaptación a las instituciones burguesas y burocráticas, lo que
contribuyó a debilitar la capacidad independiente de organización y
resistencia de las clases oprimidas. Las sucesivas derrotas y ataques
-como las reformas laborales y de pensiones, las privatizaciones, la
precariedad de los servicios públicos, la violencia contra los pueblos
indígenas, los campesinos y los habitantes de las periferias, y el
mantenimiento de la dependencia y subordinación económica del país-
demuestran los límites de esta orientación.
La idea de que la ocupación progresiva de las instituciones de las
clases dominantes por parte de los sectores oprimidos conduciría,
mediante una acumulación gradual de fuerzas, a una ruptura sistémica,
también resultó errónea. La experiencia parece haber producido, en gran
medida, el movimiento opuesto: no fueron las clases oprimidas las que
transformaron progresivamente las instituciones burguesas y
burocráticas, sino más bien el propio marco institucional el que impuso
sus límites, reglas e intereses a quienes llegaron a ocuparlo. En lugar
de hacer que las instituciones fueran más socialistas, la integración
institucional acercó a sectores de la izquierda a la lógica del Estado
capitalista y, por consiguiente, a los intereses de las clases dominantes.
Este problema no se limita a las organizaciones directamente vinculadas
a la estrategia democrático-popular. Incluso las organizaciones
socialistas que parten de estrategias diferentes no son inmunes a esta
dinámica. La hegemonía de la lógica institucional y la centralidad
adquirida mediante la competencia electoral ejercen una presión
constante sobre las distintas organizaciones para que reproduzcan,
aunque sea parcialmente, mecanismos de adaptación, electoralismo y
subordinación de la lucha social al marco institucional de las clases
dominantes. Romper con este ciclo es esencial para reconstruir una
perspectiva independiente de organización y lucha.
2. El gobierno de Lula-Alckmin y el deterioro de la reconciliación de
clases.
Es en este contexto donde debe entenderse la experiencia del gobierno de
Lula-Alckmin. Su elección fue presentada por gran parte de la izquierda
y sectores del campo progresista como el principal instrumento para
"combatir el fascismo", defender la soberanía nacional frente al
imperialismo y frenar la ofensiva neoliberal. Sin embargo, la
experiencia concreta del gobierno revela la persistencia de elementos
fundamentales de la agenda de las clases dominantes.
La política económica sigue subordinada a los intereses del capital
financiero, mientras que el ajuste fiscal impone límites al gasto
social. Persisten las privatizaciones, la subcontratación y los
mecanismos de empleo precario, sin que se produzca una reversión
estructural de las reformas que atentaron contra los derechos laborales
y sociales. El gobierno gestiona contradicciones reales e implementa
políticas distintas a las de la extrema derecha; sin embargo, no solo
sigue sujeto a las limitaciones estructurales del sistema
capitalista-estatal, sino que también es incapaz de impulsar reformas
sustanciales.
Esta dinámica se torna aún más problemática al observar las acciones de
los partidos reformistas y gobernantes dentro de los sindicatos y
movimientos sociales. Las diversas luchas, huelgas, ocupaciones y
movilizaciones por la vivienda y en defensa de los territorios
encuentran obstáculos precisamente en sectores que priorizan la
estabilidad política del gobierno y la preservación de su base
institucional a expensas de la radicalización de las movilizaciones.
Desde una perspectiva anarquista, este no es simplemente un problema
relacionado con las intenciones de ciertos gobernantes. El gobierno
administra el Estado, que sigue siendo un instrumento para mantener las
relaciones de poder existentes y un instrumento político cuya naturaleza
está intrínsecamente ligada a las clases dominantes; es la dinámica
misma del sistema capitalista-estatal. Este es el límite estructural de
cualquier gobierno, por muy bien intencionado que sea. No depositamos
nuestra esperanza en que los gobiernos produzcan rupturas capaces de
transformar profundamente la vida de las clases oprimidas. Los cambios
efectivos -e incluso la defensa de los logros alcanzados- dependen de la
capacidad de organización y movilización, con independencia de clase, de
los trabajadores y de los sectores más oprimidos y precarios.
Esto no significa, sin embargo, indiferencia ante las acciones de los
gobiernos. Al contrario: es necesario confrontar sus políticas cuando
atentan contra los intereses de las clases oprimidas y, sobre todo,
combatir cualquier intento de paralizar las luchas sociales en nombre de
la gobernabilidad. En el caso del gobierno actual, la retórica difiere
de la de la ultraderecha, pero ciertas políticas neoliberales siguen
imponiendo costos a los trabajadores y a la propia supervivencia de la
población que depende de estructuras públicas como la educación y la
salud. El problema central, por lo tanto, es evitar que la expectativa
de cambio a través de medios institucionales desmovilice las luchas y
debilite la capacidad de organización y resistencia independientes.
3. Polarización electoral y los límites de los proyectos en competencia.
La polarización electoral tiende a acentuar esta dinámica, presentando
la lucha por el gobierno como si fuera la única capaz de definir el
rumbo fundamental de la sociedad. Diferentes bloques políticos compiten
por el control del Estado, presentando discursos y programas distintos y
movilizando a diferentes sectores sociales. Aun así, siguen sujetos a
las limitaciones de una estructura que posee un enorme poder para
condicionar las acciones políticas, partidistas y electorales.
Por un lado, sectores de la ultraderecha defienden abiertamente una
agenda reaccionaria, neoliberal y punitiva, alineada con los intereses
imperialistas. Por otro, el gobierno y el frente político que lo apoya
se presentan como una barrera contra el "fascismo", pero mantienen
mecanismos de ajuste fiscal, una conciliación degradada con el capital
financiero, la subcontratación y la privatización de servicios.
Esto no significa afirmar que los distintos proyectos son idénticos ni
que sus consecuencias inmediatas son indiferentes para los trabajadores.
Significa reconocer que la alternativa para las clases oprimidas no
puede limitarse a elegir qué bloque administrará el Estado y el
capitalismo brasileño. La polarización, cuando transforma la defensa de
un proyecto institucional en un horizonte estratégico, tiende a relegar
a los trabajadores a la posición de espectadores de una disputa que
deberían afrontar desde su propia fuerza organizada.
Precisamente por eso es necesario construir una posición independiente
respecto al proceso electoral y los distintos proyectos que compiten por
la administración del Estado y del capitalismo. La tarea no consiste en
elegir qué proyecto institucional gestionará la crisis permanente, sino
en fortalecer la capacidad de los trabajadores para afrontarla mediante
la lucha directa.
4. Imperialismo, soberanía e internacionalismo
El panorama electoral de 2026 también está marcado por fuertes tensiones
internacionales. La ofensiva del gobierno de Donald Trump contra Brasil,
manifestada en los elevados aranceles a los productos brasileños, la
evocación discursiva de la Doctrina Monroe y las iniciativas para
interferir en la política brasileña, demuestra que la disputa nacional
no puede separarse de las disputas interimperialistas ni de la defensa
de la autodeterminación de los pueblos.
Al mismo tiempo, los conflictos diplomáticos con gobiernos de la región
ponen de manifiesto el empeoramiento de las tensiones en América Latina.
Ante este panorama, es necesario rechazar tanto la subordinación a los
intereses del imperialismo como la idea de que defender la soberanía
nacional implique apoyar políticamente cualquier forma de nacionalismo
multiclasista o al gobierno brasileño.
La soberanía que importa a los trabajadores es aquella que se fundamenta
en la capacidad de decisión y organización de las propias clases
oprimidas, y no en la autonomía de los gobiernos para gestionar los
intereses de las clases dominantes. No podemos sustituir la solidaridad
internacional entre trabajadores y pueblos por la defensa de los
Estados-nación.
Este tema también exige una crítica del marco nacionalista presente en
algunas estrategias de la izquierda brasileña, especialmente cuando la
situación electoral demanda respuestas rápidas y aparentemente
sencillas. Cuando las tácticas y los programas subordinan los ejes
internacionalistas a un contexto estrictamente nacional, se corre el
riesgo de limitar la comprensión de la lucha de clases al marco del
Estado-nación y debilitar su articulación con las dinámicas
internacionales del capitalismo y el estatismo.
La explotación capitalista, las acciones del imperialismo y las crisis
económicas trascienden las fronteras nacionales. Por lo tanto, denunciar
las ataduras imperialistas no puede limitarse a defender soluciones
nacionales. Debe vincularse a la construcción de solidaridad
internacional entre la clase trabajadora y a la perspectiva de una
transformación revolucionaria a escala internacional.
En otras palabras, el internacionalismo no implica ignorar las
particularidades nacionales ni eludir la lucha contra la dominación
imperialista en Brasil. Significa comprender que esta lucha está
inseparablemente ligada a la lucha de los trabajadores de otros países
contra sus propias clases dominantes y contra las estructuras
internacionales y transnacionales del capital. Una alternativa
socialista libertaria debe partir de las condiciones concretas de cada
país, pero necesita buscar constantemente su articulación con una
perspectiva internacional de emancipación popular.
5. Empleo precario y violencia
Mientras se intensifica la disputa institucional, la situación económica
y social sigue teniendo repercusiones concretas en la mayoría de la
población. Los altos tipos de interés, las restricciones crediticias, el
endeudamiento de los hogares, el aumento de las reorganizaciones
judiciales y las dificultades que afrontan los trabajadores y los
pequeños productores revelan una creciente precariedad y los límites de
una economía organizada en torno a la valorización del capital.
Estas contradicciones no solo se reflejan en los indicadores económicos,
sino que se manifiestan directamente en las condiciones laborales, el
acceso a los servicios públicos y la dificultad que enfrentan millones
de personas para garantizar unas condiciones de vida mínimas.
En las zonas rurales y los territorios indígenas, la violencia sigue
siendo una realidad estructural. Los asesinatos, los desalojos, los
conflictos por la tierra y las violaciones de los derechos humanos
demuestran que la defensa de los pueblos originarios y las poblaciones
campesinas no puede depender exclusivamente de la acción institucional.
De igual modo, en las periferias urbanas, la violencia cotidiana se
utiliza como justificación para reforzar políticas cada vez más represivas.
Por lo tanto, la crisis social no solo produce precariedad económica,
sino que también alimenta mecanismos de control, criminalización y
represión que afectan de manera particularmente intensa a los sectores
más explotados y oprimidos.
6. Seguridad pública, punitivismo y represión estatal
En este contexto, la seguridad pública se ha convertido en uno de los
principales campos de batalla de la disputa política. Ante el aumento de
la violencia, diversos proyectos proponen respuestas basadas en el
fortalecimiento del aparato estatal de "seguridad". El gobierno de Lula
responde al problema principalmente reforzando las estructuras estatales
de represión, mientras que sectores de la derecha defienden modelos aún
más autoritarios, inspirados en experiencias como la de Nayib Bukele en
El Salvador.
El encarcelamiento masivo, el aumento de la población carcelaria, la
suspensión de las garantías legales y el uso de las Fuerzas Armadas como
herramienta policial se presentan como soluciones para combatir la
violencia, intensificada por la propia dinámica de las instituciones del
sistema capitalista-estatal. Sin embargo, estas propuestas profundizan
la criminalización de la pobreza y las comunidades marginadas, y
fortalecen el aparato represivo sin abordar las raíces sociales de la
violencia.
La desigualdad, la falta de perspectivas para millones de jóvenes, el
tráfico de armas y los intereses económicos vinculados al narcotráfico
no se solucionan simplemente aumentando la represión. Por el contrario,
la expansión del aparato policial y penitenciario tiende a agravar las
condiciones que alimentan esta violencia.
Por lo tanto, la alternativa no reside en elegir entre diferentes
modelos para fortalecer el aparato represivo. Es necesario afrontar las
condiciones sociales que generan violencia y, al mismo tiempo, combatir
la militarización, la criminalización de la pobreza y la represión
contra los sectores populares.
7. Las luchas sociales y las vías de la acción directa
Si bien los canales institucionales pueden mostrar sus limitaciones, las
experiencias de lucha de los últimos años apuntan hacia otro camino. Las
movilizaciones de los repartidores, las luchas en el ámbito educativo,
las huelgas y la resistencia en Correos y Petrobras, las movilizaciones
por la vivienda y las luchas de los pueblos y comunidades indígenas
amenazados de desalojo demuestran que los logros concretos dependen de
la capacidad de organización colectiva y la acción directa de los
trabajadores.
Aun cuando son derrotadas o parcialmente aisladas, estas movilizaciones
revelan la fuerza de la solidaridad, la autoorganización y la capacidad
de las clases oprimidas para intervenir directamente en la realidad.
También demuestran que existe un conflicto creciente entre las
necesidades concretas de los trabajadores y el intento de subordinar sus
luchas a proyectos electorales y a las exigencias de gobernabilidad.
Esta experiencia es crucial porque apunta a una concepción diferente de
la transformación social. En lugar de esperar a que los gobiernos e
instituciones burocráticas produzcan cambios en beneficio de los
trabajadores, se trata de fortalecer la capacidad de los propios
trabajadores y sectores populares para luchar, decidir y organizar la
vida social.
La acción directa no debe entenderse simplemente como una técnica de
movilización. Expresa una perspectiva política en la que los agentes de
transformación son los propios sectores explotados y oprimidos,
organizados colectivamente y capaces de construir, mediante luchas
concretas, formas de poder independientes del Estado y del capital.
8. La crisis de la izquierda institucional y el nuevo liderazgo.
Es precisamente en este punto donde se evidencia la crisis del llamado
"nuevo liderazgo" de la izquierda institucional. En el pasado reciente,
esta renovación se produjo a través de sectores surgidos vinculados a
movimientos populares y presentados como alternativas. Sin embargo,
terminaron, en mayor o menor medida, integrándose a la lógica del
institucionalismo y la competencia electoral.
Este problema, sin embargo, va más allá de la simple
institucionalización de líderes surgidos de las luchas. En gran parte de
la izquierda actual, la renovación misma de sus filas se rige por la
lógica de las redes sociales y los algoritmos. La visibilidad y las
capacidades de comunicación digital están ocupando un espacio que antes
se construía a través de la experiencia organizativa, el trabajo de base
y la participación concreta en las luchas de la clase trabajadora.
Ahora bien, la retórica que funciona en las redes sociales no se traduce
necesariamente en fuerza social organizativa ni en la capacidad de
radicalizar luchas concretas. La popularidad digital puede generar
reconocimiento público, pero no sustituye la creación de organizaciones
con presencia permanente en lugares de trabajo, escuelas y barrios.
Esta contradicción se hace evidente cuando confrontamos el discurso
revolucionario con la realidad de la organización. Se habla de una
"revolución brasileña", de ruptura y de transformación social, pero se
avanza poco en la construcción de organizaciones con alcance popular, en
la formación política de activistas y en la capacidad de sostener luchas
prolongadas.
La promesa de renovación política sin romper con el electoralismo
reproduce, por tanto, limitaciones ya conocidas. Si antes los líderes
forjados en las luchas sociales se incorporaban progresivamente a las
instituciones y se distanciaban de sus bases, hoy emerge un nuevo
fenómeno: líderes formados desde el principio con la contienda
electoral, la visibilidad en las redes sociales y una especie de
"marketing socialista" como horizonte.
El resultado es una forma de electoralismo que participa en la formación
misma del liderazgo. En lugar de figuras forjadas en luchas que luego se
institucionalizan, tenemos personajes políticos moldeados desde su
origen por la necesidad de competir por espacio en las redes sociales y
en las elecciones, con un horizonte limitado a las instituciones
burguesas y burocráticas.
Por lo tanto, el desafío no consiste simplemente en producir nuevos
líderes o renovar los nombres de la izquierda. Consiste en reconstruir
las condiciones para que la lucha de clases misma forje nuevos cuadros.
Esto implica recuperar el trabajo de base, la formación militante, la
organización en los centros de trabajo, las escuelas y los barrios, así
como la capacidad de transformar la indignación en organización permanente.
Más que nuevas figuras públicas, necesitamos construir una nueva
generación de activistas arraigados en las bases, capaces de vincular el
discurso de la transformación social con la práctica concreta de la
lucha de clases y revolucionaria.
9. De la crisis organizativa a la reconstrucción desde la base
La crítica a la institucionalización solo tiene sentido si se vincula a
una propuesta concreta de reorganización. No existe una solución
puramente electoral a la crisis de organización de la clase trabajadora.
La tarea central en este momento es reconstruir una perspectiva
independiente, capaz de organizar a los trabajadores y a los sectores
populares en función de sus necesidades concretas.
Esto requiere fortalecer la organización de base, especialmente entre
los sectores más precarios; reconstruir los sindicatos y los movimientos
sociales como instrumentos de lucha permanente; conectar diferentes
categorías y movimientos; y desarrollar formas de organización que no
estén subordinadas a los gobiernos, los partidos electorales o las
instituciones estatales.
Esta reconstrucción no puede producirse únicamente mediante
declaraciones políticas. Debe llevarse a cabo en la vida cotidiana, en
los lugares donde se desarrolla la práctica política, basándose en
luchas concretas y en las necesidades que movilizan a los trabajadores y
a los sectores populares.
Es sobre esta base que debe construirse una nueva cultura política: una
cultura basada en la solidaridad, la democracia directa, la
participación colectiva, la autonomía y la acción directa.
Por lo tanto, reorganizar a la clase trabajadora significa reconstruir
los lazos, la confianza y la capacidad de lucha. Significa transformar
la indignación dispersa en fuerza social colectiva y asegurar que cada
lucha contribuya a una organización más permanente y consciente.
10. De la desconfianza en las instituciones a la construcción de un
poder popular autogobernado.
La creciente desconfianza en las instituciones no debe ser
instrumentalizada por la ultraderecha, que busca transformarla en
autoritarismo, retórica nacionalista y represión. Tampoco debe
canalizarse hacia nuevas promesas de renovación electoral que preserven
las estructuras existentes.
Esta crisis de confianza puede adquirir un significado diferente cuando
se vincula con la construcción de organizaciones arraigadas en la vida
cotidiana. La incredulidad puede transformarse en solidaridad; la
indignación en movilización; y la movilización en organización colectiva
capaz de cuestionar directamente las condiciones de vida.
La alternativa a la política institucional burguesa no es ni la apatía
ni el autoritarismo. Es la construcción de formas de poder popular
autogestionado que permitan a los trabajadores y a sectores de las
clases oprimidas intervenir directamente en las decisiones que afectan a
sus propias vidas.
Este poder no debe entenderse como la conquista del Estado, ni de
ciertas posiciones privilegiadas dentro del mismo. Se trata de
construir, desde la base, órganos organizativos y decisorios capaces de
hacer frente al poder del capital y del Estado y, al mismo tiempo, crear
formas de gestión colectiva de la sociedad.
Desde esta perspectiva, la autogestión deja de ser un mero principio
abstracto y se convierte en un horizonte político: la posibilidad de que
quienes producen riqueza y sostienen la sociedad puedan decidir
directamente sobre su producción, distribución y organización.
La construcción de este camino exige reafirmar una perspectiva
socialista, internacionalista y libertaria, basada en la clase
trabajadora. Defender los intereses de la clase obrera debe unir las
luchas contra la dominación capitalista-estatal con las luchas contra
todas las formas de dominación y opresión. Es necesario confrontar el
racismo, el patriarcado, la violencia estatal y la destrucción
ambiental; defender los territorios indígenas y campesinos; combatir
todas las formas de explotación y opresión; y construir una sociedad en
la que las decisiones económicas y políticas estén supeditadas a las
necesidades colectivas.
11. Construyendo la alternativa a través de la lucha.
Vivimos un periodo marcado por la turbulencia económica, la ofensiva
imperialista, el avance del autoritarismo, la desigualdad y una profunda
crisis de organización política entre las clases oprimidas. En este
contexto, la principal tarea de los movimientos populares no es elegir
el mejor proyecto para gestionar la crisis, sino reconstruir la
capacidad de lucha y conflicto de clases.
Romper con la institucionalización burguesa y burocrática no significa
abandonar la realidad política ni ignorar los efectos concretos de las
decisiones gubernamentales. Significa dejar de centrar nuestra
estrategia en ellas. Significa comprender que todo logro duradero
depende de la fuerza social organizada de quienes luchan por él, y que
ninguna institución del sistema capitalista-estatal puede reemplazar la
capacidad colectiva construida por la propia clase trabajadora.
El reto consiste en transformar las luchas fragmentadas en una fuerza
social organizada, articular sindicatos, movimientos sociales,
organizaciones estudiantiles, colectivos territoriales y otras formas de
resistencia, y construir una perspectiva común desde la base. Se trata
de reconstruir, en la vida cotidiana, a partir de ahora, una fuerza
social capaz de enfrentarse al capital, al Estado y a todas las formas
de dominación.
Es a partir de esta organización cotidiana, de las luchas concretas, de
la acción directa y la solidaridad entre los explotados y oprimidos, que
puede surgir un horizonte de transformación social. Un horizonte que no
depende de ilusiones electorales ni del reemplazo de gobernantes, sino
de la capacidad organizada de quienes producen riqueza y sostienen la
sociedad para construir nuevas formas de poder, basadas en la democracia
directa, la autogestión, el federalismo, la solidaridad y el
internacionalismo.
Es a través de la lucha y la organización de base que podemos superar la
desorganización, romper con la institucionalización y construir una
alternativa socialista libertaria.
Organización Socialista Libertaria,
septiembre de 2026
https://socialismolibertario.net/para-alem-das-ilusoes-eleitorais/
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