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(ca) Spaine, Regeneracion - El anarquismo no es colonial. Tu ignorancia sí. Por liza (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Sun, 13 Sep 2026 09:09:58 +0300
Decir que el anarquismo es una ideología colonial o simplemente
eurocéntrica suele partir de una confusión muy básica: tomar la parte
más visible de su canon por la totalidad de su historia. Esa confusión
no solo aparece entre críticos externos. También atraviesa al propio
movimiento anarquista. Hay demasiados anarquistas que conocen mejor la
estética de la tradición que su desarrollo histórico, sus debates
internos, sus experiencias organizativas y su presencia real en luchas
obreras, campesinas, anticoloniales, feministas y populares fuera de Europa.
El problema no es menor. Un movimiento que desconoce su propia historia
acaba aceptando la caricatura que otros hacen de él. Si el anarquismo se
presenta únicamente como rechazo del Estado, como defensa abstracta de
la libertad individual o como sensibilidad antiautoritaria general,
entonces es fácil convertirlo en una tradición difusa, incoherente o
reducible a un puñado de autores europeos. Esa reducción empobrece todo.
Borra su carácter socialista, su relación con la lucha de clases, su
apuesta por la autogestión, su dimensión internacionalista y sus debates
estratégicos sobre organización, sindicalismo, revolución, violencia,
reformas, poder popular y construcción de fuerza social.
Reducir el anarquismo al antiestatismo es un error teórico grave. El
rechazo del Estado forma parte de la tradición anarquista, pero no basta
para definirla. También hay liberales extremos, capitalistas
antiestatales, sectas religiosas, corrientes reaccionarias y distintas
formas de individualismo que pueden rechazar al Estado por motivos
completamente opuestos a los del anarquismo. El anarquismo histórico no
combatió el Estado para dejar intactos el capital, la propiedad privada,
el patriarcado, el colonialismo, la explotación o las jerarquías
sociales. Su crítica del Estado estuvo vinculada a una crítica más
amplia de la dominación y a una propuesta de reorganización social
basada en la autogestión, el federalismo, la acción colectiva y la
emancipación de las clases oprimidas.
Por eso resulta tan pobre identificar el anarquismo con una ética
individual de la desobediencia. El anarquismo no se desarrolló
históricamente como una simple afirmación del individuo contra toda
norma común. Se construyó en sindicatos, federaciones, periódicos,
ateneos, escuelas, huelgas, insurrecciones, organizaciones específicas,
redes de solidaridad, movimientos campesinos y experiencias
revolucionarias. Su problema central no era cómo preservar la comodidad
subjetiva de cada militante, sino cómo construir una fuerza social capaz
de enfrentar estructuras reales de poder. Esa diferencia importa, porque
una tradición revolucionaria no puede sobrevivir si sus propios
militantes la rebajan a temperamento, identidad o estilo de vida.
La acusación de eurocentrismo tiene una parte de verdad solo si se
dirige contra cierta forma de contar la historia del anarquismo, no
contra el anarquismo como tradición histórica. Durante mucho tiempo,
muchas historias generales privilegiaron Europa occidental y el eje
atlántico norte. Dieron protagonismo excesivo a los grandes hombres, a
los textos más conocidos y a los debates europeos, dejando en segundo
plano la expansión global del anarquismo y su inserción en procesos
sociales concretos. Esa historiografía sí debe ser criticada. Pero
confundir una historiografía limitada con el movimiento real es un salto
injustificable.
El anarquismo tuvo presencia global. No fue una doctrina europea que
simplemente descendió sobre pueblos pasivos. Circuló a través de
migraciones obreras, exilios políticos, prensa militante, redes
sindicales, puertos, cárceles, traducciones, escuelas populares y luchas
sociales. En América Latina, se vinculó a movimientos obreros,
sindicalismo revolucionario, anticlericalismo, educación popular y
conflictos directos con patronales y Estados. En Asia oriental, tuvo
expresiones propias en Japón, China y Corea, donde se cruzó con
antiimperialismo, crítica al militarismo, debates sobre educación,
familia, trabajo, revolución social y resistencia colonial. En distintos
contextos africanos y coloniales, las ideas antiautoritarias también
entraron en contacto con luchas contra el imperialismo, el racismo y la
explotación.
Nada de esto convierte al anarquismo en una tradición pura, sin
contradicciones ni límites. Sería absurdo plantearlo así. Hubo
anarquistas con prejuicios racistas, prácticas machistas, lecturas
eurocéntricas, errores estratégicos y cegueras propias de su tiempo.
Pero una crítica seria empieza por distinguir entre las limitaciones
reales de militantes concretos, las debilidades de cierta historiografía
y el contenido general de una tradición política. El anarquismo no se
define por cada error cometido por anarquistas, sino por su proyecto de
abolir las relaciones de dominación y sustituirlas por formas
autogestionarias de vida social.
La cuestión colonial debe formularse con precisión. Colonialismo no
significa que una idea haya tenido autores europeos. Colonialismo
significa dominación política, militar, económica, racial y cultural de
unos pueblos sobre otros. Significa extracción, administración imperial,
fronteras impuestas, jerarquías raciales, trabajo forzado,
evangelización, policía, prisión y subordinación. Si se aplica el
término con rigor, el anarquismo aparece históricamente más cerca de las
luchas contra esas estructuras que de su defensa. Los anarquistas
combatieron imperios, Estados nacionales, ejércitos, patronales,
iglesias, terratenientes, policías y burocracias. También criticaron la
idea de que la liberación consistiera solo en sustituir una élite
extranjera por una élite nacional.
Este punto es fundamental. El anarquismo no se conforma con preguntar
quién ocupa el poder político. Pregunta por qué debe existir una
estructura separada que gobierne sobre la sociedad. Esa diferencia lo
separa tanto del liberalismo como de los proyectos nacionalistas o
socialistas autoritarios que aceptan la concentración del poder como
instrumento de emancipación. Allí donde otros imaginaron la libertad
como toma del Estado, el anarquismo insistió en la organización directa
de las clases oprimidas. Allí donde otros confiaron en partidos,
jefaturas o burocracias revolucionarias, el anarquismo defendió la
capacidad de los propios explotados para construir sus organizaciones,
sus formas de decisión y sus mecanismos de defensa.
Precisamente por eso la ignorancia histórica dentro del anarquismo es
tan dañina. Cuando se olvida esta dimensión social y organizativa, el
anarquismo queda reducido a una actitud. Se convierte en rechazo
genérico de la autoridad, sospecha permanente ante cualquier compromiso
colectivo, incapacidad de sostener estructuras estables y desprecio por
la estrategia. Así, conceptos como autonomía, horizontalidad o
antiautoritarismo pierden contenido político y se transforman en excusas
para la dispersión. La libertad deja de ser un proyecto de
reorganización social y pasa a significar que nadie puede exigir nada a
nadie.
Esa versión del anarquismo no amenaza al poder. Al contrario, lo deja
tranquilo. Un anarquismo sin memoria histórica, sin análisis de clase,
sin organización, sin disciplina colectiva y sin inserción en luchas
reales puede producir gestos, pero no fuerza social. Puede tener
símbolos, pero no estrategia. Puede tener discurso, pero no capacidad de
transformación. El capital, el Estado y las clases dominantes no se
enfrentan con temperamentos rebeldes. Se enfrentan con movimientos
organizados, con arraigo popular, con objetivos claros y con prácticas
capaces de sostener conflicto en el tiempo.
La recuperación histórica del anarquismo no es una cuestión académica
secundaria. Es una necesidad política. Estudiar el anarquismo global
permite desmontar dos errores al mismo tiempo: la acusación externa que
lo reduce a ideología europea y la degradación interna que lo reduce a
libertad individual sin proyecto social. Permite recordar que el
anarquismo fue, en sus mejores momentos, una tradición de masas, de
organización, de lucha de clases, de internacionalismo y de autogestión.
Permite también reconocer sus fracasos sin convertirlos en condena
total, y sus aciertos sin transformarlos en mitología.
Un anarquismo que se tome en serio a sí mismo debe conocer a Bakunin,
Kropotkin, Malatesta o Louise Michel, pero no puede quedarse ahí. Debe
estudiar cómo el anarquismo se articuló históricamente con movimientos
obreros, campesinos y anticoloniales en contextos distintos; cómo
funcionaron sus organizaciones sindicales y federativas; qué debates
estratégicos surgieron sobre partido, sindicato, insurrección o poder
popular; y por qué ciertas experiencias lograron arraigo social mientras
otras quedaron aisladas o fueron derrotadas. No por afán enciclopédico,
sino porque sin esa memoria el movimiento se vuelve políticamente infantil.
La crítica correcta no es «el anarquismo es colonial». La crítica
correcta sería: demasiadas veces el anarquismo ha sido contado de forma
eurocéntrica y demasiados anarquistas han aceptado esa versión reducida
de su propia historia. Esa crítica sí es legítima ya que obliga a
ampliar el archivo, a corregir el canon, a mirar más allá de Europa y a
reconstruir la tradición desde sus prácticas reales, no solo desde sus
textos más citados.
El anarquismo no necesita ser defendido como una identidad sagrada.
Necesita ser comprendido con rigor. Su valor no está en ser una marca de
rebeldía, sino en haber formulado una crítica profunda de la dominación
y una propuesta de organización social basada en la autogestión, el
federalismo y la acción directa de los oprimidos. Si el movimiento
quiere estar a la altura de esa historia, debe abandonar la comodidad de
la consigna fácil y recuperar el trabajo serio: estudiar, organizar,
debatir estrategia, construir fuerza social y dejar de confundir la
libertad con la ausencia de responsabilidad.
Para quienes quieran conocer mejor el desarrollo histórico global del
anarquismo, una recomendación fundamental es Bandera Negra, de Felipe
Correa, editado por Teima Editorial. Es un trabajo serio y accesible que
ayuda a desmontar muchos mitos y simplificaciones sobre la tradición
anarquista, mostrando su dimensión internacional, organizativa y
revolucionaria.
El libro está disponible en distintas librerías por el estado. También
puedes encontrar más información aquí: https://banderanegra.net/
Don Diego de la Vega, militante de Liza
https://regeneracionlibertaria.org/2026/08/18/el-anarquismo-no-es-colonial-tu-ignorancia-si
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