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(ca) Italy, Sicilia Libertaria #469 - GÉNERO, OTRA PERSONA Y PODER. La descolonización de los cuerpos entre los pueblos indígenas (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Sun, 16 Aug 2026 08:01:07 +0300
En mis artículos anteriores publicados en estas páginas de Sicilia
Libertaria, describimos cómo las estructuras de opresión y la
marginación de las mujeres no se corresponden con un destino biológico
ni con una supuesta «naturaleza humana» inmutable. Por el contrario, la
historia nos muestra que las culturas se imponen en gran medida sobre la
biología, moldeando, regulando y, a menudo, reprimiendo los cuerpos y
las relaciones sociales según los intereses políticos y económicos de
los grupos dominantes. Examinamos este fenómeno a través de las raíces
míticas griegas y bíblicas de la cultura occidental, así como del papel
histórico de la Iglesia Católica, donde el género femenino ha sido
instrumentalizado como un territorio a conquistar, particularmente
visible en contextos de guerra. Sin embargo, la mirada occidental tiende
a naturalizar su propia violencia al asumirla como un hecho universal
compartido. Ante esta situación, la antropología nos obliga a descentrar
nuestra mirada y, al centrar la atención en las sociedades indígenas de
América Latina, en particular en los pueblos de las tierras bajas, nos
topamos con una realidad compleja que nos invita a preguntarnos si la
asimetría de género es una constante humana o si existen formas de
organización en las que la cultura ha gestionado la diferencia sexual,
utilizando la propia construcción del género para evitar la subordinación.
Para abordar esta cuestión, es necesario examinar primero cómo la
antropología clásica, a pesar de sus pretensiones de objetividad, no fue
inmune a los prejuicios de su época. Al estudiar las sociedades de las
tierras bajas americanas, los primeros etnólogos varones proyectaron el
modelo de la familia nuclear burguesa europea sobre los pueblos
indígenas, reduciendo las complejas relaciones sociales a una rígida
división sexual del trabajo basada en la falsa premisa de "hombres
cazadores y mujeres recolectoras o cultivadoras". En este marco
simplista, las actividades de los hombres se categorizaban
automáticamente como prestigiosas y políticas, mientras que las de las
mujeres se reducían a meras tareas domésticas y de subsistencia,
naturalizando una asimetría que a menudo no existía en términos nativos.
Esta ceguera teórica no solo distorsionó las funciones económicas, sino
que ignoró por completo la existencia de otros géneros e identidades
fluidas. Así, al imponer una matriz estrictamente binaria, la
antropología ignoró el hecho de que, en muchas sociedades americanas, el
género no es una esencia fija dictada por la anatomía, sino más bien un
«lugar» construido culturalmente, perdiendo la oportunidad de comprender
cómo estas sociedades gestionaban la alteridad sin necesidad de
jerarquizarla.
Este sesgo interpretativo se hace evidente al trazar un mapa etnográfico
de las tierras bajas y sus áreas de influencia. Al analizar estas
relaciones, la literatura clásica registra una paradoja: una marcada
simetría en la vida cotidiana que contrasta con una supuesta supremacía
ritual masculina, manifestada en espacios segregados como la «casa de
los hombres» o el control de ciertos instrumentos sagrados. Sin embargo,
una mirada crítica desde la antropología de campo contemporánea revela
que esta "supremacía" es, en gran medida, una ilusión causada por los
prejuicios de los propios etnógrafos varones, quienes históricamente han
permanecido ciegos a los universos femeninos y de otros géneros, sin
percibir la existencia de una rica red de poder, resistencia y agencia
que opera fuera de la mirada patriarcal occidental. Un ejemplo de la
fuerza de estas estructuras alternativas se encuentra en el carácter
matrilineal y matrilocal de la sociedad Wayuu (Venezuela y Colombia),
donde las mujeres desempeñan un papel central en la cohesión política y
social; de manera similar, dentro de la sociedad Mapuche (Chile), la
figura del chamán machi expresa el enorme prestigio y poder ritual que
históricamente han ostentado las mujeres y las identidades de género
transitorias. Esta ceguera androcéntrica no solo ha oscurecido el poder
femenino, sino también la diversidad afectivo-sexual. El caso de los
Warao (Venezuela) es paradigmático, donde la homosexualidad masculina ha
sido sistemáticamente ignorada por investigadores incapaces de codificar
prácticas que no encajaban en su estrecho binarismo burgués (por
supuesto, existen excepciones).
Así pues, al analizar las relaciones de poder en estos contextos, es
imperativo despojarse de la concepción occidental que las reduce a
dominación, fuerza o jerarquía institucional. En estas sociedades, las
relaciones de poder se articulan a través del prestigio, la gestión del
parentesco, la diplomacia y la mediación con el mundo natural. Al
aplicar esta perspectiva descolonizada, el panorama etnográfico se
fragmenta en dinámicas complejas que revelan tanto asimetrías como
profundos equilibrios de género, coexistiendo en el mismo continente.
Por un lado, encontramos pueblos como los Yanomami (Brasil, Venezuela) o
algunos grupos del Alto Xingu (Brasil), donde se evidencia un
"antagonismo de género" más explícito; en estos contextos, la violencia
física o el control ritual masculino operan como mecanismos de presión
social, limitando el acceso de las mujeres a las esferas de la guerra o
la política intertribal. En contraste con este modelo, existen
sociedades en las que la autonomía femenina es estructural y se basa
firmemente en la gestión de la horticultura y la soberanía alimentaria
en la chacra o conuco (el huerto comunitario). En muchos pueblos
amazónicos, la yuca no es solo un recurso biológico, sino un objeto
espiritual bajo el control de las mujeres, quienes deciden la
distribución de los bienes y, a través de la matrilocalidad y la
matrilinealidad (el hombre se instala en la casa de la familia de su
esposa y los hijos suelen pertenecer a su clan), conforman el núcleo de
la política local. Estas realidades nos obligan a replantearnos la
paradoja del poder femenino: lo que la antropología clásica interpretó
erróneamente como subordinación debido a la ausencia de mujeres en
ciertas asambleas guerreras era, en realidad, una sutil pero poderosa
división de esferas de influencia o un poder oculto. Parece que el poder
femenino en las tierras bajas no busca replicar el mando jerárquico de
los hombres, sino que opera desde la gestión de la reproducción, la
memoria del linaje, el conocimiento ritual y la administración de la
vida cotidiana; esferas vitales que sustentan y, a menudo, influyen por
completo en las decisiones públicas de los hombres.
Estos ejemplos etnográficos desmantelan el determinismo histórico que
pretende presentar la dominación masculina como un proceso evolutivo
inevitable, resaltando que la opresión y la rigidez binaria son
elecciones culturales e históricas, no imperativos biológicos. Esta
observación teórica abre de inmediato una poderosa ventana de
posibilidades políticas para nuestras luchas libertarias y
anticapitalistas. Al visibilizar que han existido y existen sociedades
capaces de gestionar la diferencia sexual sin transformarla en jerarquía
económica o violencia estructural, la experiencia de los pueblos
indígenas se convierte en un modelo de emancipación (sin recurrir a las
fantasías de Rousseau). Nos enseña que la destrucción del modelo
patriarcal occidental no requiere inventar una utopía desde cero, sino
aprender a descentralizar el poder de la lógica del Estado y la fuerza,
restituyendo la soberanía a la reproducción comunal de la vida, el
cuidado colectivo y la gestión horizontal de las relaciones y el
territorio. Los pueblos del bosque nos recuerdan que el camino hacia la
libertad implica descolonizar nuestros cuerpos y redefinir radicalmente
nuestras relaciones sociales y emocionales.
Emanuele Amodio
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