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(ca) Spaine, Regeneracion - Organizer: ¿La nueva palabra para el viejo militante cenetista? (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Sun, 16 Aug 2026 08:00:29 +0300
En los últimos años, una palabra importada del movimiento obrero
estadounidense ha empezado a colarse en los espacios sindicales
españoles: «organizer».
Índice
El problema de nuestro tiempo: sindicatos sin sindicalistas
Lo que el «organizing» intenta resolver
El arte olvidado de hablar con los compañeros
La obsesión por las supermayorías
El «organizer» y el anarcosindicalismo histórico
Una vieja tradición obrera
El debate sobre los líderes orgánicos
Lo que hemos perdido
Una lección para el sindicalismo español
Recuperar al militante organizador
Bibliografía recomendada
Aparece en debates sobre la IWW, en los cursos y conferencias de Labor
Notes, en las campañas para sindicalizar Amazon o Starbucks, y más
recientemente en iniciativas formativas como Organizing for Power - O4P.
Para muchos sindicalistas, sobre todo los de tradición
anarcosindicalista, el término provoca cierto rechazo. Suena a
anglicismo innecesario. Se asocia a la figura de un profesional
contratado, a una metodología extraña, o incluso a una forma encubierta
de introducir liderazgos y jerarquías.
Sin embargo, cuanto más se profundiza en la literatura del «organizing»
y en la historia del movimiento obrero español, más evidente resulta la
paradoja: el «organizer» no es tanto una innovación como una recuperación.
Lo que hoy los estadounidenses llaman «organizer» se parece mucho más al
militante sindical histórico de lo que solemos reconocer. Quizá su valor
no esté en lo nuevo, sino en lo que nos recuerda que hemos dejado atrás.
El problema de nuestro tiempo: sindicatos sin sindicalistas
Uno de los fenómenos más sorprendentes de las últimas décadas es que los
sindicatos han sobrevivido mejor que la cultura sindical.
Seguimos teniendo sindicatos con cientos de miles de afiliados.
Estructuras consolidadas. Gabinetes jurídicos, federaciones, cajas de
resistencia, recursos económicos y presencia en empresas y en el tejido
social. Pero cada vez resulta más difícil encontrar personas capaces de
organizar a sus propios compañeros.
Esta contradicción no es exclusiva de España. Jane McAlevey la detectó
hace años en Estados Unidos en su libro No Shortcuts (Sin Atajos). Kim
Moody lleva décadas señalando problemas parecidos. La propia IWW ha
construido buena parte de su actividad reciente en torno a una pregunta
fundamental:
¿Cómo se crea organización real en un centro de trabajo?
La pregunta parece sencilla, pero sus implicaciones son enormes. Porque
una cosa es tener afiliados, y otra es tener trabajadores organizados.
Una cosa es disponer de representación, y otra muy distinta consiste en
disponer de poder, de capacidad de acción colectiva e implantación. Y la
distancia entre ambas es mucho mayor de lo que estamos dispuestos a admitir.
En demasiadas ocasiones, la relación entre trabajador y sindicato adopta
la lógica de cliente y proveedor. El trabajador tiene un problema, acude
al sindicato, expone su situación y espera una solución. No espera
organizar a sus compañeros, ni construir fuerza colectiva, ni asumir
responsabilidades. Espera que otro se encargue del asunto.
Desde esta perspectiva, el sindicato deja de ser una organización de
trabajadores para convertirse en una herramienta de gestión de
conflictos. El problema no es la asistencia jurídica, que toda
organización obrera la necesita, sino que la asistencia sustituya a la
organización, que la representación desplace a la participación, y que
el afiliado pase de ser protagonista a ser usuario.
Lo que el «organizing» intenta resolver
La literatura del «organizing» nace precisamente de esta constatación.
Autores como McAlevey o las publicaciones de Labor Notes observan que
muchas organizaciones sindicales han desarrollado una enorme capacidad
para gestionar conflictos, pero muy poca para construir poder obrero.
Por eso el «organizing» mueve el foco. No pregunta únicamente cómo
resolvemos este problema? Pregunta cómo construimos la fuerza necesaria
para resolver este problema y los que vendrán después?
La diferencia parece sutil, pero no lo es. En el primer caso, el
conflicto es el centro de la actividad. En el segundo, el conflicto es
una oportunidad para construir organización.
Y aquí aparece la figura del «organizer». Lejos de ciertos estereotipos,
no es un agitador profesional, ni un líder carismático, ni un estratega
externo que dirige campañas desde arriba. En su formulación más
desarrollada, especialmente en la IWW y Labor Notes, el «organizer» es
un constructor de organización.
Su función principal es desarrollar la capacidad organizativa de otras
personas. No hace las cosas por los trabajadores, sino que les ayuda a
aprender a hacerlas. No sustituye la iniciativa colectiva, la multiplica.
El arte olvidado de hablar con los compañeros
Llama la atención que una de las herramientas fundamentales del
«organizing» sea algo tan sencillo como la conversación individual. Gran
parte de la formación de «organizers» consiste en aprender a hablar con
los compañeros de trabajo. No a dar discursos, ni a redactar
comunicados, ni a ganar debates ideológicos. A escuchar. A formular
preguntas. A identificar problemas compartidos. A comprender
motivaciones. A construir confianza.
Puede parecer una obviedad, pero muchas organizaciones sindicales han
desarrollado una gran capacidad para comunicarse con los ya convencidos,
mientras pierden la habilidad de hablar con quienes permanecen al
margen. Labor Notes insiste constantemente en este problema: los
activistas hablan con activistas, los militantes con militantes, los
convencidos con convencidos. Mientras tanto, la mayoría de la plantilla
sigue fuera de la conversación.
El «organizer» intenta romper esa dinámica. Su tarea es ampliar
continuamente el círculo de personas implicadas.
La obsesión por las supermayorías
Quizá la aportación más característica del «organizing» contemporáneo
sea su insistencia en las llamadas supermayorías. En muchos entornos
militantes, existe la tendencia a confundir una minoría activa con una
mayoría organizada. Cinco trabajadores muy comprometidos pueden generar
la sensación de que hay una organización sólida, pero si trabajan en una
empresa de trescientas personas, probablemente no sea así.
Por eso el «organizing» insiste en medir la fuerza de forma concreta:
¿Cuántas personas participan? ¿Cuántas apoyan? ¿Cuántas están indecisas?
¿Cuántas se oponen? ¿Cuántas actuarían si fuera necesario? La cuestión
central deja de ser la pureza ideológica o la intensidad del compromiso
de una minoría, y pasa a ser la capacidad colectiva de una mayoría.
Esta preocupación aparece constantemente en McAlevey, en los manuales de
la IWW y en los materiales de Labor Notes. Las huelgas difíciles no
suelen ganarse mediante pequeños grupos heroicos, sino cuando una gran
parte de la plantilla participa. Por eso el «organizing» insiste tanto
en construir supermayorías antes de emprender conflictos importantes. No
porque sea una estrategia moderada, sino porque es una estrategia de
acumulación de fuerza.
El «organizer» y el anarcosindicalismo histórico
Llegados a este punto, conviene plantear una pregunta incómoda: ¿hasta
qué punto todo esto es realmente nuevo?
La obra de Anna Monjo sobre la militancia cenetista durante los años
treinta nos da una pista importante. Al estudiar la CNT de aquella
época, encontramos lo que hoy llamaríamos una intensa cultura
organizativa. Existían militantes capaces de incorporar nuevos
trabajadores, redes de solidaridad, mecanismos de formación política y
sindical, y personas dedicadas a extender la organización a nuevos
sectores. La afiliación no se concebía como una relación de consumo,
sino como una forma de participación.
Lo mismo se observa en las obras de José Peirats o en los estudios de
Chris Ealham sobre el movimiento obrero barcelonés. La fuerza de la CNT
no procedía exclusivamente de sus ideas, sino de su capacidad para
reproducir militancia. Cada sindicato generaba nuevos organizadores,
cada conflicto generaba nuevos cuadros obreros, cada victoria producía
nuevas personas capaces de organizar a otras.
Lo que hoy describiríamos con la palabra «organizer». Entonces se
hablaba simplemente de militantes.
Una vieja tradición obrera
La historia del movimiento obrero internacional muestra fenómenos
parecidos. En Labor's Untold Story, Richard Boyer y Herbert Morais
describen cómo los trabajadores estadounidenses construyeron
organización mucho antes de que existieran sindicatos
institucionalizados. Lo hicieron mediante redes informales, agitadores
obreros, organizadores itinerantes y campañas de solidaridad. No
existían estructuras burocráticas sofisticadas, sino personas capaces de
conectar unas luchas con otras. Existían organizadores.
La propia IWW se desarrolló históricamente en torno a figuras similares:
trabajadores que viajaban, hablaban con otros trabajadores, impulsaban
campañas y construían organización allí donde no existía. No eran
especialistas externos, eran militantes obreros. El «organizer»
contemporáneo hereda gran parte de esa tradición.
El debate sobre los líderes orgánicos
Uno de los aspectos más discutidos del «organizing» es la identificación
de los llamados líderes orgánicos o influyentes. Muchos sindicalistas
libertarios miran esta práctica con desconfianza, y no les falta razón:
toda organización debe estar alerta frente a la concentración de poder.
Pero conviene entender bien qué significa este concepto. Cuando los
organizadores hablan de líderes orgánicos no se refieren necesariamente
a dirigentes formales, sino a personas cuya opinión influye sobre otras:
personas respetadas, escuchadas, capaces de generar confianza. Estas
figuras existen en cualquier centro de trabajo o grupo social.
Ignorarlas no las hace desaparecer.
La cuestión es cómo relacionarse con ellas. El «organizing» propone
incorporarlas a la construcción colectiva de organización, no para
sustituir procesos democráticos, sino para ampliarlos. Sí, existe el
riesgo de que esto derive hacia formas de dirigismo si nos olvidamos del
proceso y la capacitación colectiva. Pero el riesgo contrario también
existe: ignorar las dinámicas reales de influencia puede llevar a las
organizaciones y sindicalistas a ser incapaces de conectar con la
mayoría de los trabajadores. Como con cualquier herramienta
organizativa, la cuestión no es su existencia, sino el uso que se haga
de ella.
Lo que hemos perdido
Tal vez lo más interesante del «organizing» no sean sus técnicas
concretas, los mapas y listas de plantillas, los gráficos de apoyo, las
metodologías de conversación, sino el cambio de enfoque. Durante
décadas, gran parte del sindicalismo ha dedicado enormes esfuerzos a
representar a trabajadores, y muchos menos a producir nuevos sindicalistas.
Esta diferencia es fundamental. Una organización puede crecer en
afiliación y disminuir al mismo tiempo su capacidad organizativa. Puede
tener más recursos y menos militantes, más estructura y menos
iniciativa, más representación y menos poder o capacidad colectiva. Esa
actitud la podemos observar de forma más o menos mayoritaria desde la
introducción de los comités de empresa y los delegados de personal en el
accionar sindical.
El «organizing» intenta invertir esa tendencia. Su pregunta principal no
es cuántos afiliados tenemos, sino cuántas personas son capaces de
organizar a otras.
Una lección para el sindicalismo español
El sindicalismo de las Españas no necesita importar mecánicamente
modelos estadounidenses. Las diferencias históricas, jurídicas y
culturales son demasiado importantes para eso. Pero sí puede extraer
lecciones valiosas, especialmente en un contexto marcado por la
fragmentación laboral, la precariedad y la debilidad de la cultura obrera.
La principal lección quizá sea esta: la organización no surge
espontáneamente, hay que construirla. Y construirla requiere tiempo,
paciencia, presencia constante, conversaciones, formación, confianza. Y
militancia, no hay atajo jurídico ni estrategia comunicativa que pueda
sustituir este trabajo. No hay estructura organizativa que pueda
funcionar indefinidamente sin él.
Recuperar al militante organizador
Quizá el mayor valor del concepto de «organizer» sea precisamente su
capacidad para recordarnos algo que el movimiento obrero ya sabía: los
sindicatos no se construyen solo con ideas, estructuras o recursos, sino
con personas capaces de organizar a otras personas.
Durante gran parte del siglo XX, el movimiento obrero español produjo
miles de ellas. Personas que visitaban talleres, distribuían prensa,
hablaban con compañeros de trabajo, formaban nuevos militantes,
construían secciones sindicales, impulsaban conflictos y tejían redes de
solidaridad. No eran profesionales, ni técnicos, ni gestores. Eran
organizadores.
Hoy, en un contexto muy diferente, el desafío sigue siendo esencialmente
el mismo. No se trata de copiar a la IWW, ni de imitar a Labor Notes, ni
de importar recetas extranjeras. Se trata de recuperar una función que
fue central para el crecimiento de todas las grandes organizaciones
obreras: la función del militante que organiza.
La persona que convierte problemas individuales en acción colectiva. La
persona que transforma afiliados en compañeros. La persona que
desarrolla nuevos organizadores. La persona que deja una organización
más fuerte de la que encontró.
Quizá el «organizer» no sea una novedad. Quizá sea simplemente el nombre
contemporáneo de algo que el movimiento obrero español conoció muy bien
durante décadas. Y quizá la pregunta más importante no sea qué podemos
aprender del «organizing» estadounidense, sino otra:
¿Hemos olvidado cómo construir militantes capaces de organizar a otros
trabajadores?
Si la respuesta es sí, entonces el debate sobre el «organizer» no se
trata realmente de dónde viene ni de su contexto. Trata de nosotros.
Julio F. Militante cenetista y hoy miembro de Anarchist Communist Group
(Reino Unido)
Bibliografía recomendada
- Anna Monjo, Militantes. Democracia y participación obrera en la CNT de
los años treinta.
- José Peirats, La CNT en la Revolución Española.
- Chris Ealham, La lucha por Barcelona. Clase, cultura y conflicto
1898-1937.
- Jane McAlevey, No Shortcuts: Organizing for Power in the New Gilded Age.
- Alexandra Bradbury, Mark Brenner y Jane Slaughter, Secrets of a
Successful Organizer.
- Industrial Workers of the World (IWW), "Weakening the Dam: The
Principles and Practice of Workplace Organizing".
- Kim Moody, An Injury to All: The Decline of American Unionism.
- Richard O. Boyer y Herbert M. Morais, Labor's Untold Story.
https://regeneracionlibertaria.org/2026/07/09/organizer-la-nueva-palabra-para-el-viejo-militante-cenetista/
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