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(ca) Italy, FDCA, Cantiere #44 - El papel del Estado en el conflicto interimperialista Lino Roveredo (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Wed, 15 Jul 2026 07:46:38 +0300
Estamos presenciando una profunda transformación histórica en el papel y
la forma del Estado moderno. Los Estados-nación, surgidos como respuesta
a la fragmentación política de la Edad Media, han constituido durante
siglos el marco fundamental en el que se desarrolló el capitalismo. Los
procesos de centralización del poder han posibilitado la unificación de
espacios económicos homogéneos, sirviendo a la formación de mercados
nacionales y a la expansión de la burguesía. En este contexto, el
principio de soberanía estatal y la construcción de la identidad
nacional han servido como herramientas políticas esenciales para la
organización y estabilización de las relaciones sociales y productivas.
El mercado nacional, lejos de ser un espacio neutral, se configura como
un instrumento político regulado por el Estado y funcional a la
consolidación del poder económico y social. El nexo entre el
Estado-nación y el mercado nacional tiende estructuralmente a generar
dinámicas competitivas entre los Estados, ya que cada uno está llamado a
garantizar las condiciones para la acumulación de capital dentro de su
propio territorio y a proyectarlas hacia el exterior. Esto da lugar a
una competencia sistémica que, si bien adopta formas históricamente
variables, incorpora la posibilidad de conflicto, incluso de guerra.
Con el mercado nacional consolidado, la dinámica de la acumulación
capitalista impulsa la expansión más allá de las fronteras estatales. La
búsqueda de materias primas, nuevos mercados y oportunidades de
inversión no es una contingencia, sino una tendencia intrínseca al
proceso de valorización. En este sentido, el imperialismo y, en su fase
histórica temprana, el colonialismo no constituye una desviación, sino
un desarrollo coherente de la relación entre el Estado y el capital. Las
conquistas coloniales, apoyadas militar y políticamente por los Estados,
forman parte de una lógica de expansión de las relaciones capitalistas a
escala global.
Esta dinámica es particularmente evidente en el siglo XIX, con fenómenos
como el reparto de África, durante el cual las potencias europeas se
dividieron territorios enteros. La ideología de la «misión
civilizadora», el llamamiento al prestigio nacional y a la grandeza del
Estado, no solo enmascara los intereses económicos, sino que contribuye
activamente a su legitimación, desempeñando un papel fundamental en la
construcción de consensos y la organización de la dominación.
En el contexto contemporáneo, el papel del Estado no se ve disminuido,
sino que se reorganiza a mayor escala. El surgimiento de potencias como
China, Estados Unidos, India y Rusia evidencia la consolidación de
formaciones estatales de escala continental, caracterizadas por una
fuerte integración del aparato político, la capacidad productiva y la
proyección geopolítica. Los Estados-nación no desaparecen, sino que se
jerarquizan progresivamente dentro de un sistema internacional cada vez
más polarizado, en el que las dimensiones territorial, demográfica y
económica adquieren un papel decisivo.
En este marco, la competencia entre potencias no puede reducirse ni a
una lógica puramente económica ni a una mera «voluntad de poder»: ambas
dimensiones se entrelazan en complejas estrategias para la reproducción
del poder. Las formas contemporáneas de conflicto interimperialista
tienden a favorecer los métodos indirectos, donde el objetivo no es
tanto la adquisición inmediata de recursos como la modificación de las
condiciones sistémicas en las que operan los actores rivales. Esto
establece una lógica de competencia relativa, en la que el
fortalecimiento de un actor depende del debilitamiento estructural del otro.
Desde esta perspectiva, las tensiones que involucran áreas estratégicas
como Irán o Venezuela también pueden interpretarse en relación con el
control de los flujos energéticos globales. La creciente centralidad de
China como principal importador mundial de petróleo convierte estos
flujos en un escenario crucial de competencia geoeconómica: Pekín
importa aproximadamente entre 10 y 11 millones de barriles diarios, lo
que equivale a más del 70 % de sus necesidades, con una parte
significativa proveniente de Oriente Medio. En lugar de establecer un
control directo y estable de los recursos, las estrategias implementadas
tienden a generar inestabilidad e incertidumbre que impactan los costos,
el acceso y la seguridad del suministro.
Los cruces estratégicos como el Estrecho de Ormuz desempeñan un papel
crucial, ya que transportan aproximadamente el 20 % del petróleo mundial
y entre 17 y 20 millones de barriles diarios, así como una parte
significativa del gas natural licuado. Controlar o desestabilizar estos
pasos no solo tiene importancia regional, sino que también es una
herramienta para ejercer presión sistémica capaz de afectar el
equilibrio de poder entre las grandes potencias, particularmente
aquellas más dependientes de las importaciones de energía.
Estas dinámicas están intrínsecamente ligadas a las transformaciones
internas de las economías capitalistas avanzadas. Desde una perspectiva
materialista, la desindustrialización y la financiarización deben
entenderse como momentos clave en una reestructuración más amplia del
capital. Ante las dificultades para valorizar la producción, el capital
la reorganiza a escala global y, al mismo tiempo, intensifica el uso de
instrumentos financieros, no como alternativa, sino como complemento.
La financiarización no sustituye la producción, sino que redefine sus
condiciones, acentuando la dependencia de los procesos productivos
respecto de la especulación y la lógica cortoplacista.
Con el fin del compromiso socialdemócrata entre capital y trabajo, que
había garantizado una redistribución parcial de la riqueza, estas
transformaciones también se reflejan en el plano político e
institucional. Lejos de determinar automáticamente resultados
autoritarios, redefinen el ámbito de actuación de los Estados,
reduciendo el espacio para la mediación e intensificando el uso de
instrumentos de control. En este contexto, se observan tendencias hacia
el debilitamiento de las garantías formales y la creciente gestión del
conflicto social en términos de orden público, dinámicas que también se
observaron en Italia bajo el gobierno de Giorgia Meloni.
En general, emerge una situación en la que la competencia entre poderes,
la reestructuración del capital y la transformación de las estructuras
estatales se entrelazan cada vez más. Las contradicciones del
capitalismo contemporáneo se manifiestan no solo en el plano económico,
sino que también afectan a toda la estructura política y social,
configurando un sistema caracterizado por una creciente inestabilidad y
conflictos que tienden a desarrollarse simultáneamente a escala global e
interna.
La escalada del conflicto entre potencias imperialistas, que trae de
nuevo al horizonte la posibilidad concreta de un conflicto global, marca
una transición histórica en la que las contradicciones del capitalismo
se manifiestan de formas cada vez más violentas. En este escenario, la
aparición de un papel directo para la multitud explotada ya no puede
posponerse: un papel capaz de romper con las mediaciones dominantes,
recuperar el lenguaje de la lucha de clases y abordar abiertamente la
cuestión de la transformación radical del orden existente.
La competencia entre las distintas fracciones del capital aunque
plagada de contradicciones internas sigue recayendo sobre los
explotados, alimentando divisiones, conflictos y jerarquías que
debilitan su capacidad de respuesta. Los oprimidos son así movilizados,
enfrentados entre sí y sacrificados dentro de dinámicas que responden a
lógicas de poder y acumulación que los excluyen.
Esta fragmentación debe contrarrestarse con una ruptura clara: la
reconstrucción de una solidaridad internacionalista entre los
explotados, no como un principio abstracto, sino como una práctica
material de lucha. Solo a través de procesos concretos de organización,
conflicto y cooperación puede surgir una fuerza capaz de contrarrestar
la intensificación de la dominación, la explotación y la guerra,
abriendo la posibilidad real de superar las relaciones sociales que las
producen.
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