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(ca) Spaine, Regeneration: Plataformismo y especifismo Por liza (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Wed, 15 Jul 2026 07:46:25 +0300


Dos tradiciones para un mismo problema estratégico. ---- En el debate contemporáneo del anarquismo organizado suelen aparecer dos términos que, a veces, se presentan como corrientes enfrentadas: el plataformismo y el especifismo. Sin embargo, una mirada histórica más detenida muestra que ambos nacen de una preocupación común: cómo dotar al anarquismo de organización política, coherencia estratégica e inserción real en las luchas de las clases explotadas. Más que dos mundos opuestos, son dos respuestas distintas -situadas en contextos históricos diferentes- a un mismo problema.

La Plataforma y el problema de la organización

La llamada "Plataforma organizativa de los comunistas libertarios" fue elaborada en 1926 por el grupo Dielo Truda, formado por militantes anarquistas rusos exiliados tras la derrota revolucionaria y la consolidación del poder bolchevique después de la Revolución rusa. El texto pretendía responder a una cuestión que los propios autores consideraban central: por qué el anarquismo había sido incapaz de intervenir con eficacia en un proceso revolucionario de enorme magnitud.

La respuesta que proponían no era doctrinal sino organizativa. La Plataforma defendía la construcción de una Unión General de los Anarquistas basada en algunos principios claros: unidad teórica, unidad táctica, responsabilidad colectiva y federalismo. Para sus autores, el principal problema del anarquismo de su tiempo no era la falta de militantes o de ideas, sino la dispersión organizativa y estratégica.

El documento provocó inmediatamente un debate intenso en el movimiento anarquista internacional. Figuras como Volin o Sébastien Faure respondieron proponiendo la llamada síntesis anarquista, que buscaba reunir en una misma organización a las distintas corrientes del anarquismo -comunistas libertarios, anarcosindicalistas e individualistas- sin exigir una línea política común.

El enfrentamiento fue áspero y el intento de crear una articulación internacional en torno a la Plataforma terminó frustrándose. Pero el debate dejó una huella duradera: instaló con claridad el problema de la organización política específica anarquista, un tema que reaparecería décadas más tarde en otros contextos.

La experiencia latinoamericana del especifismo

Treinta años después, en un escenario histórico muy distinto, surgió en Uruguay la Federación Anarquista Uruguaya, fundada en 1956. Aunque no nació conociendo la experiencia de la Plataforma, la FAU desarrolló una concepción organizativa con importantes puntos de contacto: la necesidad de una organización política anarquista coherente, con estrategia y programa, capaz de intervenir de forma organizada en los movimientos sociales.

A partir de su práctica en el movimiento obrero, estudiantil y territorial, la FAU elaboró una concepción estratégica que más tarde sería conocida como especifismo. Esta tradición se extendió posteriormente a otros países de América Latina y tuvo una influencia decisiva en el desarrollo del anarquismo organizado en Brasil.

Investigadores como Felipe Corrêa, vinculado al Instituto de Teoria e História Anarquista, han señalado que tanto el plataformismo como el especifismo pueden entenderse dentro de una misma familia histórica del anarquismo: la tradición que defiende el dualismo organizacional, es decir, la existencia de una organización política anarquista específica que interviene en los movimientos sociales sin sustituirlos.

En Brasil esta tradición cristalizó en organizaciones contemporáneas como la Organização Socialismo Libertário, que reivindican simultáneamente la herencia del especifismo latinoamericano y del plataformismo clásico.

Dos experiencias que nacieron sin conocerse

Este recorrido histórico permite entender algo importante: plataformismo y especifismo no surgieron como corrientes rivales. Nacieron en épocas distintas, en continentes distintos y en contextos sociales profundamente diferentes. Sus similitudes tienen que ver con el problema que intentaban resolver -la necesidad de organización política-, mientras que sus diferencias responden en gran medida a las condiciones históricas en las que se desarrollaron.

La Plataforma fue una reflexión surgida del fracaso revolucionario europeo de entreguerras. El especifismo uruguayo se formó en el contexto latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX, marcado por otras configuraciones sociales, otras tradiciones de lucha y otros escenarios políticos.

Comprender esto es importante para evitar un error frecuente en la historia de la izquierda: convertir las estrategias en recetas universales.

Nuestro uso del término plataformismo

En el caso de la Liza, la adopción del término plataformismo responde en parte a esta preocupación. Por un lado, existía la intuición de que era necesario recuperar la experiencia del grupo Dielo Truda y su crítica a la desorganización del anarquismo. Por otro, parecía problemático adoptar sin más la denominación de "especifismo" -nacida en América Latina y vinculada a una tradición concreta- y trasladarla directamente al contexto europeo.

Con el tiempo, el conocimiento más profundo de la experiencia latinoamericana ha reforzado esa cautela inicial. No se trata de negar las afinidades entre ambas tradiciones, sino de reconocer que cada una de ellas responde a contextos específicos.

La advertencia de Mechoso

En este punto resulta especialmente pertinente una reflexión de Juan Carlos Mechoso, militante histórico de la FAU. En una entrevista señalaba que en la izquierda latinoamericana habían sido frecuentes los intentos de trasladar modelos políticos de otras realidades "de manera más o menos mecánica", sustituyendo el análisis concreto por esquemas importados.

La advertencia es simple pero profunda: no hay nada menos estratégico que copiar estrategias. Las ideas pueden viajar, pero solo tienen sentido cuando se reinterpretan en relación con las condiciones sociales y políticas concretas de cada lugar.

El problema del Poder Popular en Europa

Uno de los ejemplos más claros de estas diferencias aparece en el concepto de Poder Popular, que ocupa un lugar central en buena parte del especifismo latinoamericano.

En términos generales, el Poder Popular se refiere a la construcción de un poder social alternativo al del capital y al del Estado, basado en la autoorganización de los sectores explotados y oprimidos. En América Latina, esta idea suele vincularse a la articulación de distintos sujetos sociales: trabajadores urbanos, campesinado, trabajadores informales, comunidades indígenas, habitantes de barrios populares y otros sectores subalternos.

En esas condiciones, el concepto puede funcionar como una herramienta estratégica para orientar procesos de organización popular y construir bloques sociales capaces de disputar el poder.

Pero el contexto europeo es distinto. En gran parte de Europa occidental, las transformaciones sociales del último siglo han producido una homogeneización mucho mayor de las clases. El campesinado prácticamente ha desaparecido como actor político autónomo, los sectores indígenas no existen como categoría social, y amplias capas de la población han sido integradas durante décadas en las instituciones del Estado social.

En este escenario, el problema estratégico suele ser otro: recordar a la clase trabajadora que sigue siendo clase trabajadora, incluso cuando se percibe a sí misma como clase media.

Fragmentación social y hegemonía

A esto se suma otro factor importante. En Europa, muchas interpretaciones contemporáneas del concepto de Poder Popular han estado influenciadas por corrientes autonomistas o por ciertas lecturas de la interseccionalidad aplicadas a los movimientos sociales. El resultado ha sido a menudo una proliferación de luchas sectoriales, fragmentadas por temáticas o identidades, frecuentemente multiclasistas y sin un horizonte socialista claro.

En ese contexto, el concepto de Poder Popular corre el riesgo de funcionar no como herramienta para construir una hegemonía revolucionaria, sino como justificación de frentes sociales heterogéneos y políticamente indeterminados.

Cuando la cuestión de clase deja de ocupar el centro del análisis, las luchas tienden a limitarse al programa de los sectores más integrados o privilegiados dentro de esos movimientos.

Es interesante señalar que esta cuestión sobre los limites del Poder Popular en contextos occidentales es un debate abierto en la actualidad en nuestra tradición. Compañeros Plataformistas Australianos critican las posiciones, o mas bien los efectos que implican dichas posiciones, del Especifismo en EEUU. Y nosotras compartimos plenamente su argumentario, el uso de Poder Popular en sociedades como las occidentales lejos de permitirnos construir un sujeto revolucionario nos condena a los frentes multiclasistas donde el programa queda clausurado por los intereses de los sectores más privilegiados, pasando así de las demandas por la redistribución de los medios de decisión y de producción, al reconocimiento de la diferencia dentro de los márgenes del sistema burgués.

Recuperar la tradición de lucha de nuestro contexto

Desde esta perspectiva, la recuperación de la Plataforma puede tener hoy un significado específico en Europa. No se trata de repetir literalmente un documento escrito hace casi un siglo, sino de recuperar una tradición política que colocaba en el centro tres cuestiones fundamentales: organización, estrategia y lucha de clases.

La crítica que los militantes de Dielo Truda dirigieron al anarquismo de su tiempo -su dispersión organizativa, su falta de coherencia estratégica y su dificultad para intervenir de forma sostenida en la lucha de clases- sigue teniendo una sorprendente actualidad.

Recuperar esa tradición permite también volver a situar el problema estratégico en términos de Poder de Clase: la construcción de una hegemonía revolucionaria basada en la autoorganización de la clase trabajadora y orientada hacia un horizonte anticapitalista y comunista libertario.

Dos tradiciones, una misma intuición

Plataformismo y especifismo comparten, en última instancia, una intuición fundamental: sin organización política específica no hay estrategia revolucionaria posible.

Las diferencias entre ambas tradiciones tienen que ver sobre todo con los contextos en los que se desarrollaron y con las herramientas estratégicas que cada una elaboró para intervenir en ellos. Reconocer esto no debería ser motivo de polémica estéril, sino una oportunidad para aprender de ambas experiencias.

Al fin y al cabo, la pregunta estratégica sigue siendo la misma que planteaban los militantes de Dielo Truda hace un siglo y que retomaron más tarde los anarquistas latinoamericanos: cómo construir hoy una fuerza revolucionaria capaz de intervenir en las luchas reales de nuestra clase.

Secretaría Política de Liza

https://regeneracionlibertaria.org/2026/05/08/plataformismo-y-especifismo/
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