|
A - I n f o s
|
|
a multi-lingual news service by, for, and about anarchists
**
News in all languages
Last 40 posts (Homepage)
Last two
weeks' posts
Our
archives of old posts
The last 100 posts, according
to language
Greek_
中文 Chinese_
Castellano_
Catalan_
Deutsch_
Nederlands_
English_
Français_
Italiano_
Polski_
Português_
Russkyi_
Suomi_
Svenska_
Türkçe_
_The.Supplement
The First Few Lines of The Last 10 posts in:
Castellano_
Deutsch_
Nederlands_
English_
Français_
Italiano_
Polski_
Português_
Russkyi_
Suomi_
Svenska_
Türkçe_
First few lines of all posts of last 24 hours |
of past 30 days |
of 2002 |
of 2003 |
of 2004 |
of 2005 |
of 2006 |
of 2007 |
of 2008 |
of 2009 |
of 2010 |
of 2011 |
of 2012 |
of 2013 |
of 2014 |
of 2015 |
of 2016 |
of 2017 |
of 2018 |
of 2019 |
of 2020 |
of 2021 |
of 2022 |
of 2023 |
of 2024 |
of 2025 |
of 2026
Syndication Of A-Infos - including
RDF - How to Syndicate A-Infos
Subscribe to the a-infos newsgroups
(ca) Italy, FDCA, Cantiere #45 - Editorial: ¿Seguridad o autoritarismo? - El Decreto de Seguridad y la deriva represiva del Estado en crisis global (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Sat, 13 Jun 2026 08:03:36 +0300
Hay una palabra que se ha repetido obsesivamente en el léxico político
de los últimos años: seguridad. Una palabra aparentemente neutral, casi
tranquilizadora. Sin embargo, en su aplicación concreta, se traduce cada
vez más en un fortalecimiento de los aparatos represivos, una
restricción de la libertad y una redefinición autoritaria de la relación
entre el Estado y los ciudadanos. La Ley n.º 54 del 24 de abril de 2026
-que convierte el Decreto de Seguridad del 24 de febrero- se inscribe
plenamente en esta trayectoria. Y lo hace con una radicalidad difícil de
comprender de forma aislada, salvo dentro de una transformación más
amplia del contexto global.
La fase histórica que estamos viviendo se caracteriza por una progresiva
ruptura de los equilibrios internacionales establecidos tras el fin de
la Guerra Fría. El sistema multilateral muestra fisuras evidentes, el
derecho internacional se aplica a menudo de forma selectiva y la
competencia entre las grandes potencias vuelve a dominar las relaciones
globales. En este escenario, la guerra se está convirtiendo cada vez más
en una herramienta común para regular las relaciones de poder. El
conflicto en Ucrania, las tensiones por la energía, los semiconductores
y las materias primas estratégicas, las guerras subsidiarias y las
presiones económicas configuran un mundo cada vez más inestable y
fragmentado, plagado de lógica de bloqueo.
Es en este contexto donde el concepto de seguridad está cambiando. Ya no
se limita a la protección de los ciudadanos, sino que se convierte en
parte integral de una estrategia más amplia de gestión de crisis. Los
Estados, que recuperan su papel central tras décadas de retórica
neoliberal sobre su reducción de tamaño, están fortaleciendo sus poderes
no solo para gobernar la economía, sino también para controlar
sociedades asoladas por la desigualdad, la tensión y la inseguridad
generalizada.
El decreto de seguridad de 2026 representa un elemento nacional de una
tendencia internacional más amplia. No se trata tanto de una desviación
excepcional, sino más bien de la expresión coherente de un modelo que,
ante la crisis, prioriza el control y la represión de la disidencia en
lugar de abordar políticamente la desigualdad y la redistribución de la
riqueza.
La dinámica económica de las últimas décadas ha propiciado una
importante concentración de la riqueza. Una pequeña minoría concentra
una proporción cada vez mayor de la riqueza mundial, mientras que
amplios sectores de la población sufren condiciones de precariedad cada
vez más generalizadas. Incluso en Europa, la brecha social persiste. En
este contexto, la promesa neoliberal de bienestar generalizado se ha
transformado gradualmente en una realidad caracterizada por la
polarización económica y la fragmentación social.
Ante esta brecha, la respuesta política predominante no ha sido
fortalecer el bienestar, sino desarrollar nuevas herramientas para
gestionar el conflicto social. El llamado «keynesianismo de guerra» es
un claro ejemplo: mientras la sanidad, la educación y los derechos
sociales siguen bajo presión, el gasto militar aumenta
significativamente y se convierte en una palanca para la política
económica. Se incrementan los recursos, pero se destinan a la guerra en
lugar de al bienestar colectivo.
En este escenario, la seguridad interna y externa tienden a fusionarse.
El enemigo puede ser externo -geopolítico- pero también interno: el
migrante, el pobre, el disidente.
Es aquí donde el decreto de seguridad muestra su rostro más evidente.
Ampliar las «justificaciones» para las fuerzas policiales no es
meramente una medida técnica: contribuye a crear un espacio en el que el
uso de la fuerza se legitima con mayor facilidad. Lo que debería ser
excepcional se normaliza. Los ciudadanos corren cada vez más el riesgo
de ser percibidos no como sujetos a proteger, sino como potenciales
agentes desestabilizadores a controlar.
El fortalecimiento de las herramientas de vigilancia -intervenciones
telefónicas, recopilación de datos, monitoreo- también se inscribe en
esta misma lógica. En una sociedad marcada por la inseguridad económica
y social, el control se presenta a menudo como la respuesta más
inmediata. Pero es una respuesta que puede producir un efecto
específico: transformar la libertad en riesgo y la disidencia en sospecha.
La centralización del poder en el Ministerio del Interior sigue una
trayectoria similar: menos mediación, menos autonomía, mayor
verticalidad en la toma de decisiones. Es el modelo de un Estado que
tiende a fortalecerse no mediante el consenso social, sino mediante la
capacidad de tomar decisiones rápidas, a veces sofocando los procesos
democráticos normales.
En materia de inmigración, la ley consolida una tendencia estructural:
la construcción de los migrantes como amenazas para la seguridad
nacional. Detención, selección, control. Sin embargo, tras esta retórica
subyace una dimensión material: la producción de una fuerza laboral
vulnerable, privada de plenos derechos y al servicio de una economía
basada en la competencia a la baja.
No menos significativo es el endurecimiento de las normas de orden
público. El conflicto social se criminaliza cada vez más. Protestar,
ocupar y resistir corre el riesgo de ser considerado no solo actos
políticos, sino conductas potencialmente punibles. De este modo, la
disidencia se traslada gradualmente del ámbito democrático al penal.
Este es un paso crucial. Porque cuando se reprime un conflicto, rara vez
desaparece: con mayor frecuencia, se radicaliza, se transforma o adopta
nuevas formas.
Desde una perspectiva comunista libertaria, todo esto parece formar
parte de un diseño coherente. En un sistema marcado por desigualdades
estructurales y crisis recurrentes, el Estado tiende a intervenir no
tanto para transformar las condiciones materiales, sino más bien para
gestionar sus consecuencias mediante medios cada vez más autoritarios.
La seguridad se convierte así en un instrumento ideológico: sirve para
legitimar la supresión de derechos, para generar consenso en torno al
miedo y para desviar la atención de las causas profundas de las crisis
hacia sus manifestaciones más visibles.
Al mismo tiempo, cobran fuerza las narrativas culturales de identidad
que prometen protección y pertenencia. «Dios, patria y familia» vuelven
a ser lemas en un contexto marcado por la precariedad y la
desorientación. Pero estas son a menudo respuestas simplificadas que
construyen comunidades excluyentes basadas en la distinción entre
quienes pertenecen y quienes quedan fuera.
En este marco, la democracia no desaparece, sino que se transforma.
Conserva sus procedimientos, pero tiende a volverse progresivamente
menos sustancial. El poder se concentra, las élites económicas y
tecnológicas ganan cada vez más influencia y el espacio para la
disidencia se reduce. Hablamos de democracias «iliberales», pero quizás
sería más preciso hablar de sistemas en los que la forma democrática
coexiste con prácticas cada vez más autoritarias.
El decreto de seguridad de 2026 representa una expresión concreta de
esta transformación. No una anomalía, sino un síntoma. No se trata de
una respuesta meramente de emergencia, sino de una decisión estructural.
Y así, la pregunta vuelve a surgir, más urgente que nunca: ¿seguridad
para quién? ¿Y contra quién?
Si la seguridad termina significando, sobre todo, control, vigilancia y
represión, corre el riesgo de dejar de coincidir con la protección
colectiva y convertirse en la gestión del miedo y el conflicto mediante
la fuerza.
¿Existe una alternativa? Sí. Pero requiere un cambio radical de
perspectiva. Significa reconocer que la verdadera seguridad emana de
unas condiciones materiales dignas: trabajo, vivienda, salud y
educación. Significa reconstruir los lazos sociales, fortalecer la
participación democrática y redistribuir la riqueza y los recursos.
Sobre todo, significa rechazar la idea de que el autoritarismo sea una
respuesta inevitable.
Porque cuando la seguridad se convierte en el nombre que se utiliza para
justificar la reducción de la libertad, corremos el riesgo de cruzar un
umbral peligroso.
Y el decreto de seguridad de 2026 parece apuntar precisamente en esta
dirección.
http://www.alternativalibertaria.org
_______________________________________
AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
De, Por y Para Anarquistas
Para enviar art�culos en castellano escribir a: A-infos-ca@ainfos.ca
Para suscribirse/desuscribirse: http://ainfos.ca/mailman/listinfo/a-infos-ca
Archivo: http://www.ainfos.ca/ca
- Prev by Date:
(ca) UK, AnarCom: Día de solidaridad con las (ex) trabajadoras de Obsidian y Echo (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]
- Next by Date:
(de) Italy, FAI, Umanita Nova #18-26 - Die nicht nachhaltige nukleare Falle (ca, en, it, pt, tr) [maschinelle Übersetzung]
A-Infos Information Center