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(ca) Italy, FDCA, Cantiere #45 - Editorial: ¿Seguridad o autoritarismo? - El Decreto de Seguridad y la deriva represiva del Estado en crisis global (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Sat, 13 Jun 2026 08:03:36 +0300


Hay una palabra que se ha repetido obsesivamente en el léxico político de los últimos años: seguridad. Una palabra aparentemente neutral, casi tranquilizadora. Sin embargo, en su aplicación concreta, se traduce cada vez más en un fortalecimiento de los aparatos represivos, una restricción de la libertad y una redefinición autoritaria de la relación entre el Estado y los ciudadanos. La Ley n.º 54 del 24 de abril de 2026 -que convierte el Decreto de Seguridad del 24 de febrero- se inscribe plenamente en esta trayectoria. Y lo hace con una radicalidad difícil de comprender de forma aislada, salvo dentro de una transformación más amplia del contexto global.

La fase histórica que estamos viviendo se caracteriza por una progresiva ruptura de los equilibrios internacionales establecidos tras el fin de la Guerra Fría. El sistema multilateral muestra fisuras evidentes, el derecho internacional se aplica a menudo de forma selectiva y la competencia entre las grandes potencias vuelve a dominar las relaciones globales. En este escenario, la guerra se está convirtiendo cada vez más en una herramienta común para regular las relaciones de poder. El conflicto en Ucrania, las tensiones por la energía, los semiconductores y las materias primas estratégicas, las guerras subsidiarias y las presiones económicas configuran un mundo cada vez más inestable y fragmentado, plagado de lógica de bloqueo.

Es en este contexto donde el concepto de seguridad está cambiando. Ya no se limita a la protección de los ciudadanos, sino que se convierte en parte integral de una estrategia más amplia de gestión de crisis. Los Estados, que recuperan su papel central tras décadas de retórica neoliberal sobre su reducción de tamaño, están fortaleciendo sus poderes no solo para gobernar la economía, sino también para controlar sociedades asoladas por la desigualdad, la tensión y la inseguridad generalizada.

El decreto de seguridad de 2026 representa un elemento nacional de una tendencia internacional más amplia. No se trata tanto de una desviación excepcional, sino más bien de la expresión coherente de un modelo que, ante la crisis, prioriza el control y la represión de la disidencia en lugar de abordar políticamente la desigualdad y la redistribución de la riqueza.

La dinámica económica de las últimas décadas ha propiciado una importante concentración de la riqueza. Una pequeña minoría concentra una proporción cada vez mayor de la riqueza mundial, mientras que amplios sectores de la población sufren condiciones de precariedad cada vez más generalizadas. Incluso en Europa, la brecha social persiste. En este contexto, la promesa neoliberal de bienestar generalizado se ha transformado gradualmente en una realidad caracterizada por la polarización económica y la fragmentación social.

Ante esta brecha, la respuesta política predominante no ha sido fortalecer el bienestar, sino desarrollar nuevas herramientas para gestionar el conflicto social. El llamado «keynesianismo de guerra» es un claro ejemplo: mientras la sanidad, la educación y los derechos sociales siguen bajo presión, el gasto militar aumenta significativamente y se convierte en una palanca para la política económica. Se incrementan los recursos, pero se destinan a la guerra en lugar de al bienestar colectivo.

En este escenario, la seguridad interna y externa tienden a fusionarse. El enemigo puede ser externo -geopolítico- pero también interno: el migrante, el pobre, el disidente.

Es aquí donde el decreto de seguridad muestra su rostro más evidente.

Ampliar las «justificaciones» para las fuerzas policiales no es meramente una medida técnica: contribuye a crear un espacio en el que el uso de la fuerza se legitima con mayor facilidad. Lo que debería ser excepcional se normaliza. Los ciudadanos corren cada vez más el riesgo de ser percibidos no como sujetos a proteger, sino como potenciales agentes desestabilizadores a controlar.

El fortalecimiento de las herramientas de vigilancia -intervenciones telefónicas, recopilación de datos, monitoreo- también se inscribe en esta misma lógica. En una sociedad marcada por la inseguridad económica y social, el control se presenta a menudo como la respuesta más inmediata. Pero es una respuesta que puede producir un efecto específico: transformar la libertad en riesgo y la disidencia en sospecha.

La centralización del poder en el Ministerio del Interior sigue una trayectoria similar: menos mediación, menos autonomía, mayor verticalidad en la toma de decisiones. Es el modelo de un Estado que tiende a fortalecerse no mediante el consenso social, sino mediante la capacidad de tomar decisiones rápidas, a veces sofocando los procesos democráticos normales.

En materia de inmigración, la ley consolida una tendencia estructural: la construcción de los migrantes como amenazas para la seguridad nacional. Detención, selección, control. Sin embargo, tras esta retórica subyace una dimensión material: la producción de una fuerza laboral vulnerable, privada de plenos derechos y al servicio de una economía basada en la competencia a la baja.

No menos significativo es el endurecimiento de las normas de orden público. El conflicto social se criminaliza cada vez más. Protestar, ocupar y resistir corre el riesgo de ser considerado no solo actos políticos, sino conductas potencialmente punibles. De este modo, la disidencia se traslada gradualmente del ámbito democrático al penal.

Este es un paso crucial. Porque cuando se reprime un conflicto, rara vez desaparece: con mayor frecuencia, se radicaliza, se transforma o adopta nuevas formas.

Desde una perspectiva comunista libertaria, todo esto parece formar parte de un diseño coherente. En un sistema marcado por desigualdades estructurales y crisis recurrentes, el Estado tiende a intervenir no tanto para transformar las condiciones materiales, sino más bien para gestionar sus consecuencias mediante medios cada vez más autoritarios.
La seguridad se convierte así en un instrumento ideológico: sirve para legitimar la supresión de derechos, para generar consenso en torno al miedo y para desviar la atención de las causas profundas de las crisis hacia sus manifestaciones más visibles.

Al mismo tiempo, cobran fuerza las narrativas culturales de identidad que prometen protección y pertenencia. «Dios, patria y familia» vuelven a ser lemas en un contexto marcado por la precariedad y la desorientación. Pero estas son a menudo respuestas simplificadas que construyen comunidades excluyentes basadas en la distinción entre quienes pertenecen y quienes quedan fuera.

En este marco, la democracia no desaparece, sino que se transforma. Conserva sus procedimientos, pero tiende a volverse progresivamente menos sustancial. El poder se concentra, las élites económicas y tecnológicas ganan cada vez más influencia y el espacio para la disidencia se reduce. Hablamos de democracias «iliberales», pero quizás sería más preciso hablar de sistemas en los que la forma democrática coexiste con prácticas cada vez más autoritarias.

El decreto de seguridad de 2026 representa una expresión concreta de esta transformación. No una anomalía, sino un síntoma. No se trata de una respuesta meramente de emergencia, sino de una decisión estructural.

Y así, la pregunta vuelve a surgir, más urgente que nunca: ¿seguridad para quién? ¿Y contra quién?

Si la seguridad termina significando, sobre todo, control, vigilancia y represión, corre el riesgo de dejar de coincidir con la protección colectiva y convertirse en la gestión del miedo y el conflicto mediante la fuerza.

¿Existe una alternativa? Sí. Pero requiere un cambio radical de perspectiva. Significa reconocer que la verdadera seguridad emana de unas condiciones materiales dignas: trabajo, vivienda, salud y educación. Significa reconstruir los lazos sociales, fortalecer la participación democrática y redistribuir la riqueza y los recursos.

Sobre todo, significa rechazar la idea de que el autoritarismo sea una respuesta inevitable.

Porque cuando la seguridad se convierte en el nombre que se utiliza para justificar la reducción de la libertad, corremos el riesgo de cruzar un umbral peligroso.

Y el decreto de seguridad de 2026 parece apuntar precisamente en esta dirección.

http://www.alternativalibertaria.org
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