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(ca) NZ, Aotearoa, AWSM: El Proyecto de Ley de Enmienda de las Relaciones Laborales: Una Guerra de Clases contra los Trabajadores de Aotearoa (en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Fri, 23 Jan 2026 07:38:15 +0200


El Proyecto de Ley de Enmienda de las Relaciones Laborales, actualmente en el Parlamento, representa uno de los ataques más agresivos y descarados contra el poder de la clase trabajadora en Aotearoa en una generación. Si bien ministros y grupos de presión empresariales lo han presentado como una "modernización" necesaria de la legislación laboral, su verdadera función es mucho más transparente. No se trata de flexibilidad, eficiencia ni productividad. Se trata de reafirmar el dominio del empleador sobre el trabajo en un momento en que el capital se siente amenazado por el aumento de los costos, la resistencia de los trabajadores y el lento desmoronamiento del sistema neoliberal que ha sustentado el capitalismo neozelandés desde la década de 1980. Como bien ha señalado el Consejo de Sindicatos, este Proyecto de Ley rivaliza, y en algunos aspectos supera, la Ley de Contratos de Trabajo de la década de 1990 en su hostilidad hacia el trabajo organizado. Esto por sí solo debería alertar a cualquiera que tenga un interés, incluso superficial, en la supervivencia de la clase trabajadora.

En esencia, el Proyecto de Ley busca reescribir los términos básicos en los que trabajadores y empleadores se relacionan, no corrigiendo un desequilibrio de poder, sino profundizándolo. La mitología del derecho laboral bajo el capitalismo siempre se ha basado en la idea de un "trato justo" entre dos partes iguales. En realidad, la relación laboral nunca ha sido igualitaria. Una parte posee el capital, controla el acceso a los salarios y puede absorber el riesgo; la otra vende su trabajo porque la alternativa es la pobreza. La Ley de Relaciones Laborales, a pesar de todas sus limitaciones, al menos reconoció esta desigualdad estructural e intentó moderarla mediante el derecho a la negociación colectiva, obligaciones de buena fe y mecanismos para impugnar el trato injusto. El Proyecto de Ley de Enmienda elimina incluso estas modestas concesiones, exponiendo la cruda lógica de clase que subyace a la ley.

Uno de los elementos más peligrosos del Proyecto de Ley es su erosión deliberada de la distinción entre empleado y contratista. Al introducir una nueva categoría de "contratista especificado" y debilitar la tradicional prueba de "naturaleza real", la legislación abre la puerta a una clasificación errónea generalizada. Esto no es accidental. Se trata de una respuesta directa a los trabajadores que han impugnado con éxito su condición de contratistas ficticios, especialmente a los trabajadores de la economía colaborativa, como los conductores de Uber. En lugar de aceptar las decisiones judiciales que afirman que estos trabajadores son empleados con derecho a protecciones básicas, el Estado ha optado por intervenir en nombre del capital, reescribiendo la ley para garantizar que futuras demandas fracasen antes de que se inicien. Esto demuestra el poder de clase que opera exactamente como fue diseñado. Cuando los trabajadores ganan en los tribunales, se cambian las reglas para evitar que vuelva a ocurrir.

Las implicaciones de este cambio son enormes. Una vez que los trabajadores son obligados a asumir la condición de contratistas, pierden el acceso a las protecciones del salario mínimo, las vacaciones pagadas, las bajas por enfermedad, el derecho a presentar quejas personales y la negociación colectiva. Se ven fragmentados, aislados y obligados a negociar individualmente con empresas que tienen todas las de ganar. Esto es especialmente devastador para los trabajadores migrantes, los trabajadores maoríes, las mujeres y los jóvenes, que ya están sobrerrepresentados en empleos precarios y mal remunerados. El proyecto de ley no solo permite la explotación, sino que la facilita activamente, consolidando la precariedad como una norma legal en lugar de una aberración.

Igualmente destructivo es el debilitamiento del sistema de reclamaciones personales. El derecho a impugnar un despido injustificado ha sido durante mucho tiempo una de las pocas protecciones que tienen los trabajadores contra el poder arbitrario del empleador. Con la Ley de Enmienda, este derecho se ve significativamente restringido, especialmente para los trabajadores con ingresos más altos, quienes pueden ser excluidos por completo a menos que su empleador acuerde lo contrario. Este supuesto "acuerdo mutuo" es una farsa. En un mercado laboral definido por el desequilibrio de poder, el consentimiento del empleador no es una condición neutral, sino una afirmación de autoridad. El mensaje es claro: si ganas más de cierto umbral, tu seguridad laboral solo existe a discreción de tu jefe. Alza la voz, organízate, resiste y puedes ser despedido sin ningún recurso significativo.

La eliminación de la regla de los 30 días expone aún más la intención antisindical de la Ley. Esta regla garantizaba que los nuevos trabajadores estuvieran automáticamente cubiertos por los convenios colectivos durante su primer mes de empleo, dándoles acceso inmediato a las condiciones negociadas por el sindicato y un margen de maniobra para decidir si se afiliaban o no. Su abolición es un ataque calculado a la densidad sindical. Al obligar a los nuevos empleados a firmar contratos individuales desde el primer día, los empleadores se imponen antes de que los trabajadores tengan tiempo de comprender sus derechos o de generar confianza colectiva. Esto constituye una estrategia antisindical sigilosa y legislativa, lograda no mediante una represión abierta, sino mediante la manipulación procesal.

En conjunto, estos cambios suponen un desmantelamiento sistemático del poder laboral colectivo. Debilitan a los sindicatos, fragmentan la fuerza laboral y normalizan relaciones laborales precarias que favorecen la acumulación de capital a expensas de las necesidades humanas. Esto no es consecuencia accidental de una legislación mal redactada. Es el resultado previsto de un proyecto político que trata al trabajo como un coste que debe minimizarse, en lugar de como seres humanos cuyas vidas dependen de un trabajo estable y digno.

El contexto político más amplio hace aún más evidente esta trayectoria. El Proyecto de Ley de Enmienda de las Relaciones Laborales no existe de forma aislada, sino que forma parte de un retroceso más amplio en las protecciones laborales. Los mecanismos de equidad salarial han sido desmantelados por la urgencia, socavando décadas de lucha feminista por la justicia salarial. Los Acuerdos de Salario Justo han sido derogados antes de que pudieran consolidarse, negando a sectores enteros la oportunidad de mejorar sus condiciones colectivamente. Los derechos a bajas por enfermedad y las protecciones contra la huelga han sido objeto de constantes críticas, todo en nombre del "crecimiento económico" que, de alguna manera, nunca se traduce en una vida mejor para quienes realmente generan la riqueza de la sociedad. Cada reforma sigue el mismo patrón: quitar a los trabajadores, dar a los empleadores y disfrazar el resultado como si fuera sentido común.

Desde una perspectiva anarcocomunista, nada de esto sorprende. El Estado no es un árbitro neutral entre intereses contrapuestos, sino un instrumento diseñado por y para la clase dominante. Cuando el capital se siente seguro, tolera concesiones limitadas a los trabajadores. Cuando se siente amenazado, reafirma su control. La actual ola de "reformas" laborales refleja un sistema capitalista bajo presión, que enfrenta una productividad decreciente, inestabilidad global y un descontento creciente. En lugar de abordar estas crisis estructuralmente, el Estado ha optado por el camino más fácil: intensificar la explotación.

Los sindicatos han condenado con razón el proyecto de ley como un ataque histórico, pero la condena por sí sola no basta. La oposición parlamentaria, las presentaciones ante comisiones selectas y los llamamientos a la equidad no detendrán a un gobierno comprometido con la disciplina laboral. La historia de las conquistas de la clase trabajadora en Aotearoa y en otros lugares enseña una lección clara: los derechos no se otorgan desde arriba, sino que se imponen desde abajo. La jornada laboral de ocho horas, el fin de semana, el salario mínimo, las protecciones de salud y seguridad: todo se logró mediante la lucha, no mediante la persuasión. Se lograron gracias a la organización, la huelga y la negativa de los trabajadores a aceptar las condiciones impuestas.

Este momento exige revivir esa tradición. La organización de base, el sindicalismo militante y la solidaridad intersectorial no son opcionales, sino necesidades. Cuando se utiliza la ley para debilitar a los trabajadores, la acción directa se vuelve no solo legítima, sino esencial. Las huelgas, los paros, las ralentizaciones y la negativa colectiva siguen siendo las herramientas más eficaces de la clase trabajadora. Interrumpen el flujo de ganancias y recuerdan al capital que sin trabajo, nada se mueve.

Al mismo tiempo, la resistencia debe extenderse más allá del lugar de trabajo. Las redes de ayuda mutua, los fondos de huelga y las estructuras de apoyo comunitario pueden ayudar a mitigar los riesgos que enfrentan los trabajadores cuando desafían el poder de los empleadores. La educación política es igualmente crucial. Los trabajadores deben comprender que lo que está sucediendo no es el resultado de un mal liderazgo ni de malas decisiones políticas, sino el resultado predecible de un sistema basado en la explotación. Sin esa claridad, la resistencia corre el riesgo de diluirse en la nostalgia de un capitalismo más amable que nunca existió realmente.

En definitiva, el Proyecto de Ley de Enmienda de las Relaciones Laborales no se limita a la legislación laboral. Se trata de quién ostenta el poder en la sociedad y a qué intereses sirve el Estado. Al eliminar las protecciones colectivas y normalizar la inseguridad, el Proyecto de Ley busca disciplinar a los trabajadores para que se sometan, garantizando que permanezcan fragmentados, temerosos y sumisos. La respuesta no puede limitarse a defender los restos de un sistema comprometido. Debe apuntar más allá, hacia una sociedad en la que el trabajo se organice para satisfacer las necesidades humanas en lugar del lucro, y donde el poder de decidir cómo vivimos y trabajamos recaiga en los propios trabajadores.

Hay mucho en juego. Si este Proyecto de Ley se aprueba sin oposición, fomentará nuevos ataques a los derechos de los trabajadores y profundizará la erosión del poder colectivo. Pero la resistencia no es inútil. La historia demuestra que incluso los sistemas más arraigados pueden tambalearse cuando los trabajadores actúan unidos. La cuestión no es si la ley es injusta, eso ya está claro, sino si la clase trabajadora está dispuesta a organizarse, resistir y luchar.

https://awsm.nz/the-employment-relations-amendment-bill-a-class-war-on-workers-in-aotearoa/
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