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(ca) Spaine, Regeneracion: Apuntes para el Balance Por LIZA (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Wed, 4 Nov 2026 07:22:50 +0200
El ser precede a la conciencia. Dicho de otra forma, la conciencia es un
atributo del ser. Sin una teorización de las experiencias históricas del
proletariado no existe teoría revolucionaria, ni avance teórico. Entre
la teoría y la práctica puede existir un lapsus de tiempo, más o menos
largo, en el que el arma de la crítica se transforma en la crítica de
las armas. Cuando un movimiento revolucionario hace su aparición en la
historia rompe con todas las teorías muertas, y suena la hora anhelada
de la acción revolucionaria, que por sí misma vale más que cualquier
texto teórico, porque pone al descubierto sus errores e insuficiencias.
Esa experiencia práctica, vivida colectivamente, hace estallar las
inútiles barreras y los torpes límites, fijados durante los largos
períodos contrarrevolucionarios. Las teorías revolucionarias prueban su
validez en el laboratorio histórico1
Índice
Introducción
El problema del Programa
La Vanguardia y el Balance
Apuntes para el Balance del 36
I. La revolución sólo pudo realizar aquello para lo que había producido
previamente las condiciones de su posibilidad
II. La experiencia histórica cristaliza en nuevas formas organizativas
III. El propio desarrollo de la revolución revela los límites de las
formas alcanzadas
IV. El desarrollo de la revolución produjo problemas que antes no
existían de forma efectiva
V. La función de vanguardia no se ejerce siempre por un mismo destacamento
Praxis, Potencialidades y Limitaciones
Conclusiones
Notas finales
Introducción
La revolución es una tarea ingente. Requiere un esfuerzo colectivo capaz
de intervenir sobre una realidad extraordinariamente compleja y
cambiante. Sin embargo, las fuerzas de cualquier movimiento
revolucionario son siempre limitadas. No puede hacerse todo a la vez, ni
toda intervención posee la misma importancia histórica. Surge entonces
una cuestión inevitable: ¿Cómo determinar las tareas concretas que una
coyuntura exige? O, dicho de otro modo, ¿Cómo orientar conscientemente
la acción revolucionaria?
Con frecuencia, esta pregunta ha recibido dos respuestas igualmente
insuficientes. La primera busca las respuestas en una doctrina ya
acabada, como si la historia consistiera en aplicar un programa
previamente descubierto. La segunda, renuncia a toda elaboración teórica
y confía en que la propia práctica, por sí sola, terminará encontrando
el camino. La una reduce la política a exégesis; la otra, al
espontaneísmo. Ambas separan aquello que en la historia aparece
inseparable: el desarrollo de la experiencia práctica y la elaboración
consciente de esa misma experiencia.
Si la revolución no puede reducirse a la aplicación de una verdad
preexistente, pero tampoco puede abandonarse al mero transcurrir de los
acontecimientos, entonces debemos plantear el problema en otros
términos. La cuestión deja de ser cuál es el programa correcto para
pasar a ser cómo una clase produce históricamente las mediaciones que
orientan su propia práctica. Es precisamente aquí donde el balance deja
de aparecer como un ejercicio retrospectivo o erudito para revelarse
como un momento necesario del desarrollo de la lucha de clases.
Este artículo constituye únicamente una aproximación a ese problema. No
pretende ofrecer un método acabado ni formular un programa para la
actualidad. Su propósito es más modesto: proponer algunas nociones que
permitan comprender el balance como un momento constitutivo de la praxis
revolucionaria y, desde ahí, replantear el problema del programa como
una mediación históricamente producida por el propio movimiento real de
la clase.
Dicho de otro modo, nos proponemos aportar unas nociones de cara a
responder la pregunta ¿Cómo puede una clase producir conocimiento
verdadero sobre su propia práctica histórica y convertir ese
conocimiento en una fuerza capaz de transformar las condiciones
materiales que la producen?
El problema del Programa
Toda organización revolucionaria se enfrenta tarde o temprano a una
cuestión: determinar las tareas concretas que una coyuntura exige.
Ninguna práctica colectiva puede desarrollarse indefinidamente mediante
la mera improvisación, pero tampoco basta con la repetición de
experiencias pasadas. Actuar implica seleccionar objetivos, establecer
prioridades, formular orientaciones y organizar esfuerzos. En
definitiva, toda práctica consciente presupone algún tipo de programa,
sea implícito o explícito.
Sin embargo, afirmar esta necesidad abre inmediatamente un problema más
profundo. ¿Qué entendemos por programa? ¿Se trata de un conjunto de
principios cuya corrección existe con independencia del propio
desarrollo histórico y que debemos descubrir y aplicar? ¿O, por el
contrario, el programa constituye una elaboración histórica inseparable
del desarrollo contradictorio de la propia lucha de clases?
La cuestión que se nos plantea no es meramente terminológica. De la
respuesta que demos dependerá también cómo comprendamos la teoría
revolucionaria, el balance histórico y la propia práctica política.
Cuando una organización revolucionaria se pregunta cuáles son las tareas
concretas que debe desarrollar en una coyuntura determinada,
inevitablemente aparece un problema previo: ¿de dónde surgen esas
tareas? ¿Cómo distinguir una orientación capaz de hacer avanzar la lucha
de clases de otra condenada a reproducir los límites del ciclo anterior?
La respuesta más habitual consiste en suponer que el Programa existe ya
como una verdad acabada. Bajo esta concepción, la historia no sería otra
cosa que el escenario donde una doctrina previamente correcta encuentra,
por fin, su aplicación adecuada. La tarea de los revolucionarios
consistiría entonces en estudiar esa doctrina, interpretarla
correctamente y aplicarla con la suficiente fidelidad. Las derrotas
serían errores de lectura; las victorias, confirmaciones de una verdad
descubierta de antemano. Esta forma de comprender el Programa atraviesa
tradiciones muy distintas. Poco importa que el texto sagrado lleve la
autoría de Marx, Bakunin, Lenin o Malatesta. El problema permanece
inalterado.
En el extremo opuesto encontramos una respuesta aparentemente contraria,
pero que comparte el mismo presupuesto. Allí donde unos reducen la
política a la exégesis de los clásicos, otros proclaman la
autosuficiencia de la práctica inmediata. Bastaría con intervenir en los
conflictos reales para que la propia experiencia fuese generando, de
manera espontánea, las respuestas necesarias. La teoría aparece entonces
como un lujo intelectual o, en el mejor de los casos, como una
sistematización posterior de aquello que la práctica ya habría resuelto
por sí misma.
Ambas posiciones, sin embargo, tropiezan con el mismo límite. La primera
convierte la historia en una simple ilustración de verdades previamente
existentes. La segunda supone que la experiencia habla por sí sola,
olvidando que toda práctica se encuentra ya mediada por categorías,
hábitos e ideologías históricamente producidas. Nadie actúa sobre una
realidad desnuda. Incluso la acción más inmediata presupone una
determinada comprensión del mundo, aunque permanezca implícita.
Entonces, en el segundo caso, la historia queda reducida a la voluntad
de los individuos. En el primer caso, el rol de la historia se reduce a
la realización progresiva de una idea: El Programa.
Así pues, el Programa no puede existir previamente a la historia, porque
la propia historia no constituye la realización progresiva de una idea.
Lo que Marx denomina movimiento real de la clase no designa la suma de
las luchas obreras, ni la actividad de las organizaciones existentes, ni
tampoco un sujeto revolucionario ya plenamente constituido. Designa el
proceso histórico mediante el cual la propia clase, enfrentándose a las
contradicciones objetivas de sus condiciones de existencia, produce
nuevas formas de organización, conciencia y práctica que tienden a negar
esas mismas condiciones. El movimiento real no es aquello que la teoría
contempla desde fuera; constituye el propio proceso histórico del que la
teoría forma parte.
En este punto, cabe detenernos y preguntarnos, si este movimiento existe
tensionando las contradicciones inmanentes del capital ¿Por qué no
produce automáticamente la revolución? Y es que, las contradicciones
objetivas del capital no producen por sí mismas su superación. Entre las
condiciones materiales de existencia de una clase y su transformación
revolucionaria median formas históricas específicas mediante las cuales
esa clase consigue apropiarse conscientemente de su propio movimiento.
Llamaremos mediaciones a esas formas.
El problema, por tanto, no consiste en elegir entre teoría o práctica.
Esa oposición resulta completamente estéril. La cuestión consiste en
comprender cómo una clase produce conocimiento verdadero sobre su propia
experiencia histórica y cómo ese conocimiento puede reorganizar
conscientemente su práctica futura.
Una vez las formas han alcanzado su límite, dejan de describir la
realidad y no permiten proyectar el movimiento a formas superiores,
emerge la necesidad del Balance, comienza allí donde la experiencia
histórica obliga a reconocer ese agotamiento. Expresado de otra forma,
una forma histórica expresa determinadas relaciones y contradicciones,
nos permite entender lo concreto en el movimiento, como síntesis de
múltiples determinaciones. Mientras dichas determinaciones pueden
desarrollarse en ella, la forma constituye una mediación efectiva entre
la experiencia de la clase y su capacidad para representarse idealmente
en las posibilidades abiertas por su propia práctica. Pero cuando el
desarrollo de esas contradicciones desborda las determinaciones
contenidas en la forma, ésta deja de expresar adecuadamente la realidad
que la produjo y, al mismo tiempo, deja de permitir la proyección ideal
de su movimiento hacia nuevas formas. Es en este punto donde emerge la
necesidad del Balance.
Entonces, el Balance no es un ejercicio de erudición, ni una
recopilación cronológica de victorias y derrotas, ni tampoco una simple
crítica retrospectiva de nuestra actuación. Constituye el momento
mediante el cual la experiencia histórica de la clase vuelve sobre sí
misma y somete a prueba las categorías con las que hasta entonces había
comprendido su propia práctica.
Cada ciclo de lucha produce formas organizativas, estrategias, consignas
y concepciones del mundo. Mientras esas formas permiten desarrollar la
práctica, aparecen como adecuadas. Pero el propio desarrollo histórico
termina revelando también sus límites internos. Determinadas categorías
dejan de explicar la realidad; determinadas formas organizativas dejan
de responder a las nuevas condiciones; determinadas estrategias, que en
un momento impulsaron el movimiento, terminan convirtiéndose en
obstáculos para su desarrollo posterior.
Por lo tanto, no consiste únicamente en señalar errores. Consiste, sobre
todo, en distinguir qué momentos de verdad contenían las formas
anteriores, cuáles fueron sus límites históricos y bajo qué nuevas
determinaciones pueden ser conservados y superados. Por eso el Balance
constituye un proceso esencialmente dialéctico. No destruye el pasado
para comenzar desde cero, pero tampoco lo convierte en una autoridad
intocable. Niega determinadas partes de las formas históricas agotadas,
pero conservando aquello que el propio desarrollo histórico ha
demostrado verdadero.
Su resultado no es una repetición de la experiencia, no puede serlo,
sino una reorganización de las categorías mediante las cuales la clase
comprende su propia existencia. Porque toda forma histórica existe bajo
un conjunto determinado de relaciones, posibilidades y límites que no
proceden de una necesidad abstracta, sino del desarrollo concreto
alcanzado por las contradicciones que la constituyen. Llamaremos
determinaciones históricas a ese conjunto objetivo de condiciones que
hacen posible ciertas formas de práctica y vuelven imposibles otras. Y
es que las determinaciones históricas cambian porque el movimiento real
transforma las condiciones que les daban existencia. Entonces, el
Balance consiste en reconocer cuándo una determinada configuración
histórica ha agotado las determinaciones desde las que podía seguir
desarrollándose
Ahora bien, el Balance no constituye un fin en sí mismo. Si lo fuera,
sería pretender el fin de la historia, pues sólo describiría límites sin
un movimiento de la clase. Es más, aún que el Balance resuelva
categorías renovadas ¿Qué son éstas sin una práctica que las encarne? Si
para que exista balance debe existir movimiento de clase ¿Qué guía
entonces ese movimiento? Si la experiencia histórica reorganiza nuestras
categorías es porque plantea inmediatamente una nueva exigencia:
orientar la práctica futura. Planteado de otra forma, las categorías
resultantes necesitan expresarse para resolver esta necesidad, aparece
el Programa, el cual no debe entenderse como un texto cerrado ni como un
conjunto fijo de consignas. El Programa se revela como la forma mediante
la cual una experiencia histórica determinada se condensa en
orientaciones prácticas capaces de intervenir sobre una coyuntura
concreta transformando la realidad.
Dicho de otro modo, el Programa constituye la mediación entre la
experiencia acumulada de la clase y las tareas que esa misma experiencia
hace posibles en un momento histórico determinado. Precisamente por ello
no existe el Programa como verdad transhistórica. Existe únicamente la
elaboración, históricamente determinada, de un programa revolucionario
adecuado al desarrollo concreto de la lucha de clases.
Las consignas cambian. Las formas organizativas cambian. Las alianzas
posibles cambian. Incluso las propias tareas revolucionarias se
transforman conforme se transforma la forma histórica del capital. Lo
que permanece no es un contenido fijo, sino la necesidad permanente de
producir esa mediación entre la experiencia histórica acumulada y las
nuevas condiciones del presente. Así, podemos sintetizar que el Programa
es la forma histórica mediante la cual una clase consigue representarse
conscientemente en el movimiento objetivo de su propia emancipación.
Sin embargo, esto plantea una pregunta: Si el camino a seguir por el
movimiento objetivo no está dado ¿Cómo puede una clase representarse en
él? Dicho de otra forma, si la clase se mueve hacia un sitio, pero el
camino no existe antes de comenzar a andar, ¿Cómo puede nuestra clase
autorreconocerse en este camino? La cuestión aquí, es que el Programa
contiene ese camino en potencia. Mientras permanece únicamente como
representación ideal de las tareas necesarias, sigue siendo una
posibilidad objetiva, pero todavía no una fuerza material. Toda
finalidad revolucionaria exige encarnarse en formas organizativas
capaces de intervenir efectivamente sobre la realidad. Y es precisamente
en este punto donde aparece la Praxis.
Con frecuencia se identifica la praxis con cualquier forma de actividad
consciente o, simplemente, con el activismo político. Pero semejante
identificación resulta completamente insuficiente. También el gerente
que organiza la producción, el funcionario que administra el Estado o el
trabajador sometido a la disciplina del capital desarrollan una
actividad consciente. Sin embargo, ninguna de esas actividades
constituye por ello praxis revolucionaria.
La Praxis comienza cuando el Programa deja de existir únicamente como
representación y se objetiva mediante una actividad colectiva capaz de
transformar efectivamente las condiciones materiales de existencia. Sólo
es praxis revolucionaria la que sienta las bases para negar las
condiciones materiales que hacen la existencia del proletariado
necesaria. No es simplemente actuar. Es actuar sobre la base de una
experiencia históricamente elaborada. Es reorganizar continuamente las
propias categorías a medida que la realidad revela nuevas
contradicciones. Es producir nuevas formas organizativas allí donde las
anteriores se muestran insuficientes. Y es, finalmente, convertir ese
nuevo conocimiento en fuerza material mediante la intervención
consciente de la clase sobre su propio desarrollo histórico.
Balance, Programa y Praxis no designan, por tanto, tres momentos
independientes. Constituyen un único movimiento. La Praxis es
experiencia histórica consciente. El Balance es la experiencia de
reorganizar conceptualmente esa experiencia. Y el Programa, tanto que es
y sólo existe en movimiento, condensa sus determinaciones fundamentales
y orienta una nueva Praxis. La relación entre ellas no es ni lineal ni
sucesiva en el tiempo, son momentos dialécticos que existen a la vez y
sólo en movimiento.
Cada nuevo ciclo reproduce ese movimiento sobre bases históricas
diferentes, elevando la experiencia acumulada de la clase a formas
superiores de autoconocimiento y transformación de la realidad.
El balance, por tanto, no se limita a constatar límites: muestra cómo,
al desplegarse, una forma histórica produce las condiciones de su propio
agotamiento y abre con ello nuevas exigencias para la práctica futura.
Es sobre esa base -y sólo sobre esa base- sobre la que puede plantearse
la cuestión sobre el sujeto que realiza, condensa y devuelve a la clase
esas determinaciones abiertas por el propio movimiento real.
La Vanguardia y el Balance
Llegados a este punto, urge preguntarse, si el balance sólo adquiere
sentido cuando reorganiza la experiencia histórica y la convierte en
nueva orientación práctica ¿Quién lo realiza? ¿Quién condensa las
determinaciones descubiertas en programa? ¿Quién las devuelve nuevamente
a la praxis bajo una forma capaz de desarrollarlas?.2
Si el programa sólo existe en movimiento, y si ese movimiento sólo se
vuelve consciente mediante el balance, entonces debe existir una forma
histórica concreta en la que esa conciencia se objetiva, se organiza y
se hace fuerza material. A esa función la llamaremos vanguardia. La
vanguardia designa, por tanto, la función histórica mediante la cual
determinados destacamentos cristalizan el balance de una experiencia
colectiva hasta reorganizar las categorías heredadas, hacer visibles
nuevas determinaciones del movimiento real de la clase y convertirlas en
orientaciones capaces de abrir un nuevo ciclo de praxis.3
Ante la pregunta de ¿Quién es la vanguardia? Las respuestas habituales
oscilan entre dos polos igualmente insuficientes. Unas identifican la
vanguardia con un sujeto separado de la clase, investido de una verdad
que posteriormente transmite al movimiento obrero, como si la conciencia
pudiera insuflarse desde fuera. Otras, en reacción, disuelven toda
función específica en una apelación abstracta a «las masas», suponiendo
que el programa emergerá espontáneamente del propio transcurrir de la
lucha. Ambas posiciones comparten, sin embargo, el mismo presupuesto:
consideran la vanguardia como un sujeto previamente dado. Discrepan
únicamente acerca de quién ocupa ese lugar.
Pero el recorrido desarrollado hasta aquí conduce a una conclusión
distinta. Si el programa no preexiste a la praxis, tampoco puede existir
previamente el sujeto encargado de portarlo. Del mismo modo que el
programa constituye una mediación históricamente producida, también la
vanguardia constituye una forma históricamente producida.
Reformular la pregunta «¿quién es la vanguardia?» por «¿qué significa
ejercer una función de vanguardia?» supone desplazar el problema desde
la identidad hacia las condiciones históricas que hacen posible dicha
función. La cuestión deja de ser quién ocupa ese lugar para pasar a ser
bajo qué determinaciones históricas puede llegar a objetivarse esa
función dentro del movimiento real de la clase. Ejercer una función de
vanguardia consiste en ser capaz de elaborar el balance de una
experiencia histórica hasta reorganizar las categorías mediante las
cuales esa experiencia era comprendida y abrir, sobre esa base, nuevas
posibilidades prácticas, no sólo en potencia, sino en acto.
Por tanto, el balance no consiste en abandonar las categorías
anteriores, sino en mostrar el límite histórico de su validez, conservar
el momento de verdad que contienen y reorganizarlas en una forma
superior, capaz de comprender las nuevas determinaciones del momento
histórico. Por ello, el sujeto que realiza esta función no está dado a
priori, ni se construye en abstracto para dar respuesta al balance. Se
realiza en la medida en que contribuye a hacer conscientes y a organizar
posibilidades objetivas abiertas por el propio desarrollo de la lucha de
clases, devolviéndolas nuevamente a ésta bajo la forma de nuevas
mediaciones prácticas.
Dicho de otro modo, la constitución de la vanguardia sucede en el
análisis concreto, en vinculación práctica con la clase para demostrar,
en acto, la validez de las nuevas categorías a la hora de comprender el
mundo y transformarlo.
De este modo, la vanguardia no puede entenderse como una esencia fija ni
como una identidad permanente. Se trata de una función que existe sólo
en movimiento y, por tanto, bajo formas históricamente determinadas. El
destacamento que hoy puede encarnar esa función no tiene por qué ser el
mismo que mañana la ejerza, ni puede pretenderlo bajo un mismo programa
eternamente. Lo que define a la vanguardia no es su permanencia, sino su
capacidad para expresar conscientemente las determinaciones ya maduras y
contribuir a su desarrollo ulterior.
Esta función, además, no puede pensarse en términos de una oposición
rígida entre sujeto y objeto. La vanguardia emerge de la clase y, al
objetivar en práctica consciente las determinaciones que la clase
produce, transforma también a la propia clase y se transforma con ella.
A su vez, necesita de la clase como sujeto material de la praxis: sin
esa base social, sin esa masa organizada, ningún programa puede dejar de
ser mera representación. La vanguardia es, por tanto, sujeto y objeto, a
la vez, del proceso de transformación de la clase, pero sólo en la
medida en que forma parte de una contradicción que la produce y la
supera continuamente. Dicho de otra forma, la formulación de la
vanguardia como aspecto diferenciado, presupone su negación, lo que no
es vanguardia pero forma parte de la clase. En ese sentido, la
existencia de una vanguardia necesita de otro polo, que denominaremos
las masas. El intento de independizar la vanguardia de las masas, aunque
sea solo separarla para luego intervenir sobre ellas, destruye toda base
material para su existencia.
Puede plantearse aquí una lectura distinta de una tesis histórica
formulada por Agustín Guillamón: en 1936 no habría existido un
destacamento capaz de ejercer una función de vanguardia, formulando
orientaciones prácticas dirigidas a destruir el Estado y organizar a la
clase trabajadora en sus propios órganos de poder; en 1937, los Amigos
de Durruti habrían formulado parcialmente esas orientaciones, pero sin
disponer de una base suficiente para hacerlas efectivas. Si aceptamos
provisionalmente este diagnóstico, parece desprenderse una conclusión
inmediata: para no repetir aquel fracaso, nuestra tarea presente
consistiría en construir la vanguardia que entonces faltó, de modo que,
llegado un nuevo momento revolucionario, pueda ejercer una función
estratégica y articular al proletariado en sus órganos de poder.
Sin embargo, esta conclusión introduce una determinación que el propio
desarrollo histórico no permite establecer de antemano. Si la vanguardia
es una función que emerge del movimiento real de la clase, no puede ser
constituida previamente como un sujeto destinado a ejercerla. No sabemos
qué destacamento ejercerá esa función hasta que el desarrollo de la
lucha permita determinarlo. Los Amigos de Durruti no fueron vanguardia
porque hubieran sido previamente constituidos como tal, sino en la
medida en que, bajo unas condiciones históricas determinadas, fueron
capaces de condensar determinadas contradicciones de la experiencia
revolucionaria, formularlas conscientemente y convertirlas en
orientaciones prácticas. Que esa función pudiera ejercerse de forma
limitada, contradictoria o finalmente derrotada no invalida esta
determinación; al contrario, forma parte del propio objeto del balance.
La diferencia entre construir la vanguardia y construir las condiciones
de posibilidad para que una función de vanguardia pueda emerger no es,
por tanto, meramente terminológica. La primera formulación presupone que
podemos determinar anticipadamente el sujeto, la forma organizativa y
las tareas que corresponderán a la vanguardia antes de que el movimiento
histórico haya producido las condiciones que permiten determinarlos. La
segunda desplaza la cuestión hacia el desarrollo de las capacidades
concretas de la clase: sus formas de organización, sus órganos de
deliberación y coordinación, sus capacidades teóricas, sus cuadros, sus
experiencias de lucha y las mediaciones que permiten transformar
experiencias particulares en conocimiento colectivo. Sólo en el
desarrollo de estas relaciones podrá cristalizar un destacamento capaz
de ejercer una función de vanguardia; y sólo la propia práctica
histórica permitirá determinar si efectivamente la ha ejercido.
De aquí se desprende una consecuencia inmediata para las tareas
presentes. Si la vanguardia no constituye un sujeto que pueda ser
construido en abstracto, tampoco podemos deducir nuestras prioridades
políticas de una imagen previamente determinada de aquello que esa
vanguardia debería ser. Las tareas deben desprenderse de las condiciones
materiales existentes, de las contradicciones que atraviesan actualmente
al movimiento de nuestra clase y de las potencialidades que dichas
condiciones contienen. No se trata, por tanto, de construir primero la
vanguardia para después relacionarla con la clase, sino de desarrollar
las mediaciones mediante las cuales la clase pueda ampliar sus
capacidades de organización, conocimiento y acción, haciendo posible que
determinados destacamentos lleguen a ejercer una función de vanguardia.
En este sentido, el problema de la vanguardia vuelve a remitir
necesariamente al balance, al programa y a la praxis. El balance permite
determinar qué capacidades fueron producidas históricamente, cuáles
encontraron sus límites y qué nuevas determinaciones emergieron de su
desarrollo. El programa condensa esas determinaciones en orientaciones
para la acción. Y la praxis pone esas orientaciones nuevamente en
movimiento, transformando las condiciones que las hicieron posibles y
produciendo nuevas experiencias sobre las que realizar un nuevo balance.
La vanguardia no se sitúa fuera de este movimiento: es una de las formas
históricas mediante las cuales ese movimiento consigue hacerse
consciente de sus propias posibilidades y transformarlas en fuerza material.
De esta forma, el balance se postula como un ejercicio que destila del
abstracto histórico respuestas concretas a las siguientes preguntas:
¿qué condiciones materiales produjo el movimiento revolucionario que,
llegado el momento de la insurrección, sirvieron de base para que esta
se pudiera desarrollar? En contraparte, ¿qué desarrollos, o falta de
tales, limitaron el desarrollo de la revolución, tanto en su extensión
como en su profundidad? Asimismo, ¿qué potencialidades no lograron
realizarse, pero tenían base material para ello, y por qué? Quizás aún
más importante, ¿Qué formas de lucha, instituciones, tradiciones, eran
cristalizaciones de la conciencia de clase que, llegada una crisis
orgánica, fueron base para la posibilidad de una insurrección?4
Apuntes para el Balance del 36
Si entendemos el balance como la elaboración de la experiencia histórica
mediante la cual distinguimos las condiciones que posibilitaron un
determinado desarrollo de aquellas que limitaron su despliegue, entonces
resulta posible formular, siquiera de manera provisional, algunas
hipótesis sobre la revolución iniciada en julio de 1936.
No se trata aquí de realizar un estudio exhaustivo ni de extraer
lecciones universales. Mucho menos de reconstruir retrospectivamente un
supuesto programa correcto que, de haber sido aplicado, hubiera
garantizado el triunfo revolucionario. Precisamente porque la historia
no constituye el despliegue necesario de una verdad preexistente, el
balance sólo puede identificar potencialidades efectivamente
desarrolladas, limitaciones históricas concretas y posibilidades
abiertas que quedaron truncadas por el curso mismo de la lucha de clases.
Desde esta perspectiva, propongo señalar cinco elementos cuya
consideración puede servir como punto de partida para un balance de la
revolución española y un programa actual.
I. La revolución sólo pudo realizar aquello para lo que había producido
previamente las condiciones de su posibilidad
Uno de los hechos más sorprendentes de julio de 1936 es la rapidez con
la que amplios sectores de la producción pasaron a manos de la clase
trabajadora. En cuestión de días aparecieron formas de gestión obrera
que abarcaron desde pequeños talleres hasta grandes industrias, redes de
transporte y servicios públicos. Sin embargo, este fenómeno suele
presentarse como una consecuencia inmediata de la derrota del golpe
militar, cuando, en realidad, constituye el resultado visible de un
proceso mucho más largo.
La extensión de la pedagogía libertaria, la práctica cotidiana de la
acción directa, la consolidación de una cultura organizativa federal,
lucha de acción directa, asamblearismo y el desarrollo de las
federaciones de industria habían producido, durante décadas, capacidades
sociales que la propia revolución pudo movilizar. La elaboración de
estudios sobre los procesos productivos, los ensayos de coordinación
industrial y las experiencias previas de autogestión no fueron simples
ejercicios propagandísticos; constituyeron una acumulación histórica de
conocimientos prácticos sin la cual difícilmente habría sido posible
organizar la producción una vez quebrado el aparato estatal.
El balance nos obliga, por tanto, a desplazar la mirada desde el
acontecimiento revolucionario hacia las condiciones históricas que
hicieron posible su desarrollo, en palabras del compañero Genís «no se
puede explicar el 19 de julio de 1936 sin hablar, como dice Guillamón al
inicio de su conferencia, de los 70 años previos. Y es que nos paramos
poco a hablar de la cuestión»5.La revolución no creó de la nada la
capacidad de organizar la producción; puso en acto una potencialidad que
la práctica precedente había ido sedimentando lentamente.
II. La experiencia histórica cristaliza en nuevas formas organizativas
Las capacidades desarrolladas por una clase no permanecen como
conocimientos abstractos. Se objetivan en instituciones, hábitos,
métodos de organización y formas de intervención capaces de condensar la
experiencia acumulada durante un determinado ciclo histórico.
La evolución de los comités de defensa constituye un ejemplo
privilegiado de este proceso. Nacidos en un contexto marcado todavía por
la estrategia de la gimnasia revolucionaria, su transformación tras
octubre de 1934 expresa un auténtico proceso de balance práctico. El
fracaso de las insurrecciones anteriores obligó a abandonar concepciones
espontaneístas y condujo a formas mucho más sistemáticas de preparación,
estudio del terreno, planificación logística y organización clandestina.
El balance concreto sobre esta experiencia lo ilustra muy bien la propia
ponencia del Comité Nacional de los Comités de Defensa, presentada en
1934, al calor de la insurrección asturiana en curso:
No hay revolución sin preparación; y cuanto más intensa e inteligente
sea ésta, mejor en su día se impondrá aquélla. Hay que acabar con el
prejuicio de las improvisaciones, por inspiración exaltada, como únicas
formas posibles en las horas de las dificultades. Ese error, de la
confianza en el instinto creador de las masas, nos ha costado muy caro.
No se procuran, como por generación espontánea, los medios de guerra
inexcusables para combatir a un Estado que tiene experiencia, fuertes
dotaciones y normas superiores ofensivo-defensivas6
Cuando el golpe militar se produjo en julio de 1936, estos comités no
improvisaron la respuesta. La posibilidad de derrotar al ejército en
Barcelona no fue únicamente fruto del heroísmo popular, sino de una
experiencia organizativa previamente elaborada y objetivada en formas
concretas de preparación revolucionaria. Los comités constituyen, en
este sentido, un ejemplo de cómo la práctica histórica, sometida a
balance, produce nuevas capacidades materiales para la acción futura.
III. El propio desarrollo de la revolución revela los límites de las
formas alcanzadas
Sin embargo, toda forma histórica contiene límites que únicamente se
hacen visibles cuando alcanza el máximo desarrollo permitido por sus
propias determinaciones. Precisamente porque la revolución consiguió
desplegar extraordinariamente las capacidades construidas durante el
ciclo anterior, pudo también revelar aquello que dichas capacidades ya
no conseguían resolver.
La caída de Zaragoza, Cádiz o Sevilla no debe entenderse únicamente como
una sucesión de derrotas militares. Cada una de ellas puso de manifiesto
insuficiencias estructurales en las formas organizativas alcanzadas
hasta ese momento. La preparación revolucionaria había adquirido un
elevado grado de desarrollo en numerosos ámbitos locales, pero la propia
dimensión que adquirió la guerra exigía formas superiores de
coordinación regional, confederal e incluso internacional.
Resulta especialmente ilustrativo el caso de Sevilla. El 18 de julio los
fascistas toman rápidamente puntos neurálgicos de la ciudad. Sin
embargo, en los barrios obreros como la Macarena, San Julián y Triana la
resistencia popular fue intensa. Obreros y militantes de la CNT, junto
con otros sectores populares, levantaron barricadas y sostuvieron
feroces combates callejeros durante días frente a las tropas sublevadas.
Sin embargo, aquellas posiciones apenas disponían de armamento ligero,
escasa munición y poca capacidad para responder al empleo sistemático de
artillería y tropas profesionales. Así pues, el 21 de julio cae Triana y
entre el 22 y el 23 la resistencia obrera organizada en la Macarena, San
Luis y San Julián sucumbe7.
El problema no residía únicamente en el valor de quienes defendían las
barricadas, sino en que esa resistencia permanecía prácticamente
aislada. Una vez iniciado el combate, la resistencia no contó con una
estructura regional que lograra concentrar recursos, coordinar
eficazmente los distintos focos y convertirlos en una respuesta militar
unificada.
El contraste con Barcelona resulta significativo. Allí los Comités de
Defensa no surgieron improvisadamente el 19 de julio. Tras el fracaso de
las insurrecciones anteriores, y especialmente después de octubre de
1934, habían abandonado la lógica de la gimnasia revolucionaria para
orientarse hacia una preparación mucho más sistemática: reconocimiento
del terreno, obtención de armamento, elaboración de planes, organización
por barrios, estudio de objetivos estratégicos y coordinación entre
numerosos núcleos militantes. Esa preparación permitió responder de
manera relativamente unificada al golpe militar y, sobre todo,
transformar la derrota del ejército en el punto de partida de un proceso
revolucionario.
Ahora bien, incluso esa experiencia mostró rápidamente sus propios
límites. Los Comités de Defensa constituían una extraordinaria forma de
organización para la insurrección urbana, pero su implantación era
profundamente desigual en el conjunto del territorio. Allí donde no
habían alcanzado un desarrollo semejante -como en buena parte de Aragón
occidental, Andalucía o Galiza- el movimiento revolucionario se encontró
privado de una herramienta cuya construcción requería años de
acumulación organizativa. A ello se añadía otro límite aún más profundo:
la incapacidad efectiva de los mecanismos confederales a la hora de
coordinar de forma estable aquella experiencia más allá del ámbito local
o comarcal8. El desarrollo desigual de los Comités no pudo ser
compensado mediante una planificación común a escala peninsular.
No resulta casual que, en el propio transcurso de la guerra, comenzaran
a aparecer intentos de responder a esta nueva situación mediante órganos
inéditos, como el denominado Comité de Comités o, posteriormente, la
Comisión Asesora Política de la CNT9. Independientemente del juicio que
merezcan sus soluciones concretas, su mera aparición revela algo más
importante: fue la propia revolución quien transformó contradicciones
latentes en problemas organizativos efectivos. Las formas heredadas ya
no los podían resolver por sí solas y la historia exigió nuevas
categorías para razonarlos. Precisamente por ello hoy podemos discutir
críticamente el alcance y los límites de aquellas respuestas.
No se trata, por tanto, de afirmar retrospectivamente que «faltó
coordinación». Una formulación semejante convierte el balance en una
simple enumeración de carencias. Lo decisivo es comprender que fue el
propio desarrollo de la revolución quien hizo emerger esa necesidad como
una nueva determinación histórica. Mientras la preparación
revolucionaria debía responder a conflictos localizados, las formas
organizativas existentes demostraron una enorme eficacia. Pero cuando el
enfrentamiento adquirió dimensiones territoriales y la revolución
comenzó a plantearse problemas de dirección política, logística y
coordinación económica de alcance general, aquellas mismas formas
revelaron el límite histórico de su propio desarrollo. La contradicción
no era externa a ellas; surgía de su propio éxito.
Las contradicciones aparecen así no como errores accidentales, sino como
el punto en el que una forma histórica agota sus posibilidades de
desarrollo y hace visible la necesidad de una forma superior.
IV. El desarrollo de la revolución produjo problemas que antes no
existían de forma efectiva
Posiblemente, la enseñanza más importante del proceso revolucionario sea
que sus mayores problemas no procedieron únicamente de aquello que
heredó, sino también de aquello que ella misma produjo.
La derrota parcial del aparato estatal y la emergencia de órganos
revolucionarios abrieron una situación completamente nueva. El problema
dejó de ser exclusivamente cómo destruir el viejo poder; pasó a ser
también cómo organizar el nuevo poder nacido de la propia revolución. La
constitución del Comité Central de Milicias Antifascistas expresa
precisamente esta nueva contradicción. Del mismo modo, la política de
colaboración antifascista, los debates sobre la participación
gubernamental o los sucesos de mayo de 1937 sólo pueden comprenderse
como respuestas, acertadas o no, a un problema histórico que antes de
julio de 1936 simplemente no existía de forma tangible.
Es aquí donde el balance muestra toda su potencia. La revolución no
fracasó porque se olvidara aplicar un programa previamente correcto,
sino porque su propio desarrollo produjo tareas históricas para las que
el movimiento obrero todavía no había elaborado las mediaciones
teóricas, organizativas y políticas correspondientes. Las cuestiones del
poder revolucionario, de las alianzas de clase o de la articulación de
un programa para el conjunto del proletariado no aparecieron como
problemas doctrinales, sino como exigencias planteadas por el desarrollo
de la revolución. Su desenlace tampoco es meramente mecánico; el propio
curso revolucionario dio respuestas concretas a estos problemas ¿Estaba
la CNT destinada a seguir este camino? No, no necesariamente, solo
ahora, en retrospectiva, lo podemos juzgar como error porque tuvo un
curso de desarrollo material sobre la historia.
V. La función de vanguardia no se ejerce siempre por un mismo destacamento
La cuestión del poder revolucionario permite observar con especial
claridad cómo una determinación histórica puede reaparecer bajo formas
diferentes a medida que la experiencia de la clase reorganiza sus
propias categorías. Tras la derrota militar de la sublevación en
Barcelona, García Oliver apoyó en el Pleno de Locales y Comarcales del
21 de julio la propuesta planteada por José Xena, en representación de
la comarcal del Baix Llobregat, de marchar adelante con la revolución
para implantar el comunismo libertario, conocida como la propuesta de
«ir a por el todo»10. La propuesta fue derrotada por una amplia mayoría
y la CNT optó por participar en el Comité Central de Milicias
Antifascistas, un órgano de colaboración de clases. No interesa aquí
resolver retrospectivamente si aquella decisión fue correcta o
incorrecta en abstracto, sino observar qué posibilidad histórica
expresaba cada posición y qué ocurrió con ella en el desarrollo
posterior de la revolución.
La colaboración antifascista convirtió progresivamente al CCMA en la
mediación política fundamental de la revolución catalana, pero no
resolvió la contradicción abierta el 19 de julio. La clase obrera había
desarticulado parcialmente el poder existente y había construido sus
propios órganos de organización, producción y defensa, sin llegar a
constituir una forma política capaz de unificar y desarrollar ese poder
de clase. La cuestión que había aparecido en julio no desapareció; quedó
desplazada y reapareció, bajo condiciones distintas, conforme las
contradicciones de la colaboración de clases se hicieron cada vez más
evidentes.
A finales de abril de 1937 los Amigos de Durruti habían formulado ya las
consignas de «Junta Revolucionaria» y «todo el poder a la clase
trabajadora»; durante las jornadas de mayo dichas consignas adquirieron
una concreción práctica, aportando a la revitalización de la lucha
revolucionaria en las barricadas. Posteriormente, en agosto, el Amigo
del Pueblo reincidía en la necesidad de dicha Junta y los motivos para
constituirla. La forma concreta de la propuesta de la Junta no era
idéntica a la formulación de julio del 36: era el resultado de una
experiencia histórica distinta y de un desarrollo teórico posterior. Es
más, en el transcurso del 37 se fue actualizando conforme avanzaba la11
historia. Sin embargo, ambas posiciones pueden leerse a la luz de una
misma determinación: la necesidad de dotar a la revolución de una forma
política propia, con independencia de clase, capaz de organizar y
ejercer materialmente el poder surgido de la lucha obrera. La diferencia
no reside, por tanto, en la aparición de una verdad completamente nueva,
sino en la transformación de una determinación que la experiencia
anterior había dejado irresuelta.
Precisamente aquí puede observarse el carácter históricamente
determinado de la función de vanguardia. Quien expresa una posibilidad
revolucionaria no queda investido por ello de una condición permanente
de vanguardia. García Oliver pudo expresar en julio una posibilidad
abierta por el desarrollo de la insurrección y, sin embargo, participar
posteriormente en una mediación política que contribuyó a contenerla.
Los Amigos de Durruti, por su parte, elaboraron meses después una
respuesta que retomaba el problema del poder revolucionario bajo nuevas
condiciones. La función de vanguardia no reside, por tanto, en la
identidad permanente de un destacamento ni en la constitución de uno
para ser vanguardia, sino en su capacidad concreta para reconocer las
determinaciones producidas por el movimiento real, elevarlas a
conciencia y devolverlas a éste bajo una forma práctica capaz de
desarrollarlas.
Praxis, Potencialidades y Limitaciones
Quizás más importante sea entender estos elementos como potencialidades
históricas y no como desarrollos necesarios. Es decir, de la presencia
de estos elementos, no se deriva automáticamente un curso concreto de la
revolución, pues concurren otros múltiples y tampoco podemos ignorar la
subjetividad del momento. De todas formas, estos elementos constituyen
una condición de posibilidad para el triunfo de la revolución. En esto,
reside gran valor.
Lejos de ofrecernos respuestas definitivas, un ejercicio como éste
permite comprender la naturaleza del propio balance. No consiste en
reconstruir un pasado ideal ni en señalar, desde la comodidad del
presente, aquello que otros debieron hacer. Su tarea es distinta:
identificar las potencialidades históricas efectivamente desarrolladas,
las formas organizativas que cristalizaron esa experiencia, las
contradicciones que revelaron sus límites y las nuevas tareas que
emergieron de ese mismo proceso.
Las potencialidades que hemos señalado no se realizaron por simple
inercia, ni su resolución pudo surgir de una voluntad aislada.
Precisamente porque la revolución produjo problemas que antes no
existían de forma práctica, las formas organizativas heredadas mostraron
su capacidad en un terreno y su insuficiencia en otro. Allí donde la
experiencia acumulada había permitido sostener la insurrección, esa
misma experiencia hizo visible también que el nuevo nivel alcanzado por
la lucha exigía nuevas mediaciones, capaces de reorganizar lo que hasta
entonces había quedado disperso.
Precisamente por ello, estos elementos deben entenderse como condiciones
de posibilidad y no como garantías de ningún desenlace histórico.
Ninguna de ellas contenía en sí misma el triunfo de la revolución, del
mismo modo que su ausencia no determina mecánicamente la derrota.
Constituyen, más bien, el terreno objetivo sobre el que la praxis
histórica produce nuevas posibilidades, nuevas contradicciones y, con
ellas, nuevas tareas para el movimiento revolucionario.
Si el balance constituye la elaboración consciente de la experiencia
histórica de nuestra clase, su función no puede agotarse en la
descripción del pasado. La crítica de una práctica anterior sólo
adquiere sentido cuando reorganiza la práctica presente. De otro modo,
el balance quedaría reducido a un ejercicio historiográfico incapaz de
intervenir sobre el movimiento real.
Las potencialidades y limitaciones que hemos señalado no constituyen,
por tanto, una colección de enseñanzas abstractas ni un catálogo de
aciertos y errores. Expresan problemas históricos cuya resolución sigue
abierta. Precisamente porque la forma que adopta el capital se
transforma continuamente, también deben transformarse las formas
mediante las cuales la clase trabajadora organiza su resistencia y
construye su capacidad revolucionaria. El balance sólo cumple su función
cuando permite formular nuevas tareas acordes con esas determinaciones
históricas.
La primera de ellas concierne a la propia elaboración del programa. Si
la revolución española puso de manifiesto la necesidad de responder a
problemas relativos al poder revolucionario, las alianzas de clase o la
coordinación política, la tarea actual no puede consistir en repetir
mecánicamente las respuestas formuladas entonces, sino en reconstruir
los espacios capaces de producirlas nuevamente bajo las condiciones
presentes. Esto exige desarrollar organizaciones, métodos de trabajo y
ámbitos de discusión donde puedan confrontarse distintas líneas
políticas, verificarse en la práctica y reelaborarse colectivamente. No
existe otra vía para el desarrollo de la teoría revolucionaria que la
crítica permanente de la propia experiencia histórica. La práctica
social sigue siendo el único criterio de verdad.
Pero el programa tampoco puede elaborarse al margen de las formas
concretas de organización de la clase. Si las capacidades
revolucionarias son siempre el resultado de un proceso histórico previo,
entonces una de las tareas fundamentales consiste en descubrir, mediante
la propia praxis, aquellas formas de autoorganización que permitan hoy
desarrollar las capacidades que mañana exigirán procesos revolucionarios
de mayor profundidad. No se trata únicamente de organizar conflictos
inmediatos, sino de hacerlo de tal manera que estos produzcan nuevas
capacidades colectivas: formas superiores de solidaridad, conocimientos
sobre la organización de la producción, experiencia de autogestión,
coordinación territorial y hábitos de decisión colectiva.
Las formas organizativas que adoptemos en el presente no son
políticamente indiferentes. Constituyen el terreno sobre el que se
desarrollan -o se limitan- las capacidades históricas de nuestra clase.
Del mismo modo que las décadas de organización libertaria hicieron
posible la rápida socialización de la producción en julio de 1936, las
formas que construyamos hoy condicionarán las posibilidades abiertas por
las futuras irrupciones de la lucha de clases. La organización deja así
de ser un simple instrumento para convertirse en un momento constitutivo
del propio desarrollo histórico del proletariado.
Esta reflexión adquiere todavía mayor importancia bajo las condiciones
del capitalismo contemporáneo. La internacionalización de las cadenas de
producción, la integración de los mercados y el carácter global del
capital hacen insuficiente cualquier estrategia que permanezca confinada
al ámbito estrictamente local o nacional. Del mismo modo que el capital
organiza internacionalmente su reproducción, la clase trabajadora sólo
podrá desarrollar plenamente sus propias capacidades mediante formas
efectivas de coordinación regional, confederal e internacional. Frente
al capitalismo imperialista no cabe oponer otra cosa que un
internacionalismo de clase igualmente real, capaz de traducirse en
organización, solidaridad y acción comunes.
Sin embargo, sería contradictorio concluir este artículo ofreciendo un
conjunto cerrado de orientaciones. Precisamente porque el programa
constituye una mediación históricamente producida, su desarrollo no
puede deducirse de un texto ni resolverse mediante formulaciones
doctrinales. Corresponde al análisis concreto de la coyuntura, al debate
entre los distintos destacamentos del movimiento obrero y, sobre todo, a
la práctica social misma, determinar las formas específicas que estas
tareas deberán adoptar. Si algo pretende defender este trabajo es,
precisamente, que esa elaboración constituye una tarea colectiva e
históricamente abierta.
Conclusiones
El balance y la forja del programa exigen un trabajo conjunto. Las
distintas corrientes y destacamentos son condensaciones particulares de
la experiencia de nuestra clase. El sectarismo nos aísla; el balance nos
obliga a contrastar nuestra práctica con la de toda la clase en su
conjunto, aprendiendo de las minorías y las mayorías.
Citando una última vez a Agustín:
Sin teoría revolucionaria no hay revolución. Sin una teorización de las
experiencias históricas del proletariado no existe teoría
revolucionaria, ni avance teórico.[...]. El marxismo revolucionario es
un método de análisis de la realidad social e histórica, que transforma
el arma de la crítica en la crítica de las armas.[...]. El partido del
proletariado no es sólo un programa, sino su defensa por parte de
individuos movidos por la pasión revolucionaria, y organizados en
diversos partidos, nebulosas y vanguardias de clase, que defienden
distintas tácticas.12
Nos queda, como tarea, ver la aplicación concreta que deben tomar estas
orientaciones. Es decir, determinar las formas específicas que pueden
adoptar de acuerdo con la forma actual que toma el capital en una
geografía concreta. Esta tarea implica el debate colectivo de los
destacamentos, el análisis de la coyuntura y, sobre todo, la aplicación
práctica y creativa de nuevas formas organizativas que conserven los
momentos de verdad de las formas existentes a la vez que nieguen y
superen sus límites. Conviene remarcar que el avance sólo puede
producirse mediante orientaciones concretas, capaces de intervenir sobre
las contradicciones existentes y abrir nuevas posibilidades para el
movimiento de la clase. El criterio no puede ser, por tanto, la
reproducción de una forma organizativa determinada, sino su capacidad
para desarrollar, en las condiciones históricas concretas, mayores
grados de autoorganización e independencia de clase generalizada.
Por último, me gustaría aprovechar este espacio para volver a hacer un
llamamiento. Un llamamiento a la socialización de la teoría y la
cooperación en la práctica, en pro del balance y del avance de la lucha
de clases. Estas tareas, considero, no son dominio exclusivo del
plataformismo, apelan a tode militante que lucha por la emancipación.
Esto no es un llamado a la unidad abstracta para resolverlas. Para nada.
Lejos de esta concepción de dejar al lado nuestras diferencias, debemos
de hallar la unidad en lo concreto, que necesariamente implica un grado
de separación para el desarrollo de la práctica consciente.
T. Morago, militante de Liza
https://regeneracionlibertaria.org/2026/10/09/apuntes-para-el-balance
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