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(ca) Spaine, Regeneracion: Cuando la historia acelera: El desahucio de Maricarmen -- Sobre el tiempo político y la necesidad de la organización revolucionaria Por LIZA (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Mon, 2 Nov 2026 08:17:34 +0200


«Las revoluciones tienen su propio tiempo, acompasado por aceleraciones y ralentizaciones. Tienen también su geometría propia, en la que la línea recta se rompe en las bifurcaciones y los giros bruscos de la historia.» Daniel Bensaid, La Política como Arte estratégico
Índice
1. El acontecimiento y la acumulación
2. Organizarse cuando el tiempo se acelera
3. La organización como mediación estratégica
4. De la lucha particular al cuadro revolucionario
5. No toda aceleración es revolucionaria
6. Organizarse antes de que llegue la aceleración
Existe una diferencia fundamental entre el tiempo cronológico y el tiempo político. El primero transcurre de manera aparentemente uniforme: los días suceden a los días y el desarrollo es lineal. El segundo, sin embargo, bajo la lógica dialéctica de una realidad contradictoria, es muy distinto: Hay periodos históricos en los que meses o incluso años parecen contener muy pocas transformaciones sustanciales, mientras que existen momentos en los que, en cuestión de días, la realidad política puede transformarse radicalmente.

Esto significa que el tiempo político no puede entenderse simplemente como la sucesión de acontecimientos en el calendario. Es, sobre todo, el ritmo al que se modifican las relaciones entre las fuerzas sociales, las instituciones, las organizaciones y las posibilidades de acción política. Existen sucesos concretos que, en base a la acumulación de contradicciones internas, aparecen como punto de inflexión, haciendo posible en términos cualitativos lo que hasta hace dos días era impensable.

Una sociedad puede permanecer durante años aparentemente estable y, sin embargo, estar acumulando contradicciones. Estas contradicciones no necesariamente se manifiestan de forma inmediata. Pueden permanecer separadas, parcialmente invisibles o incluso parecer inconexas entre sí. Una crisis económica, un conflicto laboral, una crisis de vivienda, una determinada actuación policial, una movilización popular o una crisis institucional pueden parecer, tomados individualmente, fenómenos aislados. Sin embargo, pueden establecer entre ellos vasos comunicantes: cada acontecimiento modifica las condiciones en las que se producen los siguientes, y cada nuevo conflicto puede potenciar, acelerar o transformar los anteriores. Es en este punto donde aparece la aceleración del tiempo político, la expresión concreta de contradicciones larvadas.

No se trata de que un acontecimiento aislado cree de la nada una situación revolucionaria. Más bien ocurre que una acumulación previa de contradicciones encuentra determinados acontecimientos capaces de condensarlas y hacerlas políticamente visibles. El acontecimiento actúa entonces como catalizador de procesos que ya estaban desarrollándose en la sociedad.

"Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado." Karl Marx, El 18 brumario de Luis Bonaparte

La historia de la Comuna de París puede servir para ilustrar esta cuestión. La Comuna no apareció simplemente como consecuencia de un único acontecimiento ocurrido el 18 de marzo de 1871. Antes se había producido una acumulación extraordinaria de conflictos: la guerra franco-prusiana, la derrota francesa, la caída del Segundo Imperio, el sitio de París, la organización y armamento de la Guardia Nacional, la creciente conflictividad entre el gobierno instalado en Versalles y la población parisina y la radicalización política de determinados sectores de la ciudad. Durante meses se habían ido acumulando elementos que modificaban la situación.

Pero llega un momento en que esa acumulación cambia de ritmo. El intento del gobierno de retirar los cañones de la Guardia Nacional en Montmartre, el 18 de marzo, desencadena una ruptura. En pocos días, lo que podía parecer una crisis política más se transforma en una situación completamente distinta: el gobierno pierde el control efectivo de París, la Guardia Nacional ocupa un papel central y el 26 de marzo se celebran elecciones para la Comuna, que será proclamada dos días después.

Lo importante es entender que nadie podía prever en qué iba a desembocar. Para Kropotkin, la existencia de la Comuna empezó a crear posibilidades que antes ni siquiera podían formularse de la misma manera. Según él, la idea de la Comuna no fue concebida de golpe por un individuo; la presenta como algo nacido de la inteligencia colectiva. Por tanto, no queremos afirmar que la Comuna fuese inevitable. No lo era. Lo importante es comprender que una serie de procesos que habían ido desarrollándose durante meses pudieron cristalizar en una transformación cualitativa en un periodo extraordinariamente corto.

En enero de 1917, Lenin, en su exilio en Zurich, no consideraba inminente la revolución rusa. Hablaba de ella como una revolución venidera que quizá su propia generación no llegaría a presenciar. En sus propias palabras: «Nosotros, los de la vieja generación, quizá no lleguemos a ver las batallas decisivas de esta revolución». Sin embargo, no dudaba de la posibilidad histórica de una nueva oleada revolucionaria. Apenas unas semanas después, la caída del zarismo transformó radicalmente el horizonte de lo posible. Lo que en enero aparecía como una perspectiva histórica indeterminada se había convertido en marzo en una situación política concreta en la que había que intervenir.

Esto permite comprender algo fundamental: la aceleración del tiempo político no significa que de repente todo sea posible. Significa que la frontera de lo posible puede desplazarse rápidamente. Lo que ayer parecía políticamente irrealizable puede convertirse mañana en una posibilidad concreta. Y, del mismo modo, una posibilidad que parecía abierta puede cerrarse rápidamente.

Por eso la aceleración política es también un problema estratégico.

El acontecimiento y la acumulación
Podemos trasladar esta reflexión a una escala mucho más cercana. Pensemos en un desahucio como el de Maricarmen. El desahucio, considerado aisladamente, puede parecer un conflicto concreto entre una persona y un Fondo Buitre, una cuestión jurídica o una reivindicación particular de vivienda. Pero alrededor de ese acontecimiento pueden existir ya determinadas condiciones: personas organizadas, redes de solidaridad, experiencias previas de lucha, malestar social, conflictos con las instituciones y una conciencia compartida sobre la existencia de un problema más general. El desahucio puede entonces convertirse en algo más que el caso particular que lo origina. En palabras de un compañero, los incendios no son previsibles, pero es nuestra obligación apilar material inflamable para cuando este aparezca.

No se trata de negar la particularidad de cada conflicto, sino de comprender cómo puede relacionarse con otros conflictos y cómo puede contribuir a construir una fuerza colectiva y, por supuesto, capaz de desbordar lo previsible.

Una concentración puede producir una red primaria de afinidades. Esa red puede permitir una nueva movilización. La respuesta institucional puede generar indignación. La indignación puede aumentar la participación. La participación puede producir una confluencia. La organización puede conectar el conflicto con otros conflictos. Y esos conflictos, a su vez, pueden modificar la percepción que otros sectores tienen de sus propias posibilidades de acción. En ese proceso se produce una retroalimentación. Una aceleración de las condiciones, de los conflictos, una agudización de la represión y una toma primaria de conciencia por capas mucho más amplias. No existe necesariamente una línea recta entre el acontecimiento inicial y el resultado final. Es una concatenación de sucesos que interactúan entre sí de forma dialéctica. Una lucha modifica las condiciones de otra; una victoria parcial puede generar confianza para una lucha posterior; una derrota puede producir desmoralización o, por el contrario, nuevas formas de organización; una respuesta represiva puede contener un movimiento o provocar una ampliación de la solidaridad. En resumen, un régimen de aceleración en el que cada acontecimiento deja de ser simplemente un acontecimiento y comienza a modificar las condiciones de los acontecimientos siguientes.

Y ahí es precisamente donde aparece el problema de la organización.

Organizarse cuando el tiempo se acelera
Durante los periodos de estabilidad, la necesidad de una organización política revolucionaria puede parecer abstracta. Si las luchas se desarrollan lentamente, viven sometidas a unas burocracias inerciales; si los conflictos son absorbidos por los mecanismos institucionales y si las reivindicaciones aparecen separadas unas de otras, puede parecer suficiente con intervenir en cada conflicto concreto.

Pero cuando el tiempo político se acelera, aparece una pregunta diferente:

¿Qué hacemos con la fuerza que hemos conseguido acumular? ¿Cómo hacer que el incendio se propague?

«Porque movilizar no es lo mismo que organizar» (Jane McAlevey). Y ganar una reivindicación concreta no significa necesariamente haber construido una fuerza política capaz de transformar las relaciones sociales que producen esa reivindicación.

Toda lucha genera, además, distintas posibilidades de orientación. Una movilización puede ser canalizada hacia una negociación institucional, puede limitarse a resolver el problema particular que la originó, puede convertirse en una experiencia de organización más amplia o puede conectar con otros conflictos y producir una nueva forma de poder colectivo. Los hechos pueden pasar de ser cuantitativos a ser cualitativos.

Una desactivación o desviación de la lucha no requiere imaginar una conspiración permanente de las instituciones o de las burocracias sindicales. Se trata de reconocer que en toda lucha existen sujetos con intereses, posiciones y estrategias diferentes. Algunos buscarán resolver rápidamente el conflicto; otros intentarán ampliar su alcance; otros buscarán institucionalizarlo; otros intentarán mantenerlo dentro de determinados límites aceptables para la barbarie.

Por eso una lucha no tiene una dirección política predeterminada. La aceleración abre posibilidades, pero no decide por sí misma hacia dónde se desarrollarán. Sin embargo, esta afirmación exige introducir una cautela fundamental: intervenir en una lucha no significa apropiarse de ella.

Esta cuestión fue especialmente importante para el pensamiento anarquista y, de manera particular, para Malatesta o Fontenis. Frente a la falsa alternativa entre espontaneidad absoluta y dirección desde arriba, defendieron la necesidad de organizaciones revolucionarias capaces de intervenir en los movimientos sociales, pero sin convertir esa intervención en una sustitución de quienes protagonizan las luchas.

La organización revolucionaria puede aportar análisis, coordinación, experiencia, estrategia y una perspectiva más amplia; puede tratar de conectar conflictos particulares y contribuir a que una lucha desarrolle todo su potencial político. Pero existe una diferencia fundamental entre intervenir para fortalecer la autonomía de una lucha e intervenir para convertirla en un instrumento de una organización externa.

El revolucionario no debería situarse por encima de la lucha para determinar desde fuera lo que esta debe hacer. Tampoco debería limitarse a contemplarla pasivamente en nombre de la espontaneidad, como si no hubiera intereses dentro del propio conflicto por cooptar o canalizar el descontento. Su tarea consiste en desplegar acción política dentro de ella, aportando aquello que pueda aumentar su independencia de clase y su capacidad organizativa, sin sustituir al sujeto que la protagoniza.

La organización revolucionaria sería, en este sentido, una mediación entre la espontaneidad de la lucha y la construcción consciente de una estrategia política. Un operador estratégico para la emancipación.

La organización como mediación estratégica
La función de la organización no consiste en fabricar artificialmente la aceleración de la historia ni en sustituir a quienes protagonizan una lucha. Tampoco consiste simplemente en esperar, pasivamente desde el sofá a que aparezca una situación revolucionaria para intervenir en ella. La organización tiene que construir, durante los periodos de relativa estabilidad, las capacidades necesarias para accionar políticamente cuando la situación cambie. Pivotar entre las condiciones objetivas y subjetivas de manera permanente. Entre la realidad social y un programa revolucionario.

Dicho de otra manera: la organización revolucionaria se asienta en periodos de calma para poder desarrollar su estrategia antes de que el tiempo político vaya demasiado deprisa.

Cuando llega la aceleración, ya no existe tiempo suficiente para construir desde cero una estrategia, unas relaciones, unos cuadros militantes, una cultura política, unos mecanismos de coordinación y una capacidad de intervención. Todo aquello que no se haya construido previamente tendrá que improvisarse cuando las condiciones sean más difíciles.

La organización es, por tanto, una forma de acumulación política, de capital antagónico.

Pero esa acumulación no debería tener como objetivo la construcción de una estructura separada de la sociedad que posteriormente pretenda dirigirla. Su función debería ser construir capacidades que puedan ponerse al servicio de procesos colectivos más amplios. Pasar de ser militantes comprometidos a cuadros revolucionarios. En palabras de Fontenis: "La clase antes que el partido".

Por eso quizá podamos formular la relación entre organización y movimiento de la siguiente manera:

No se trata de dirigir la lucha desde fuera, sino de aumentar desde dentro su capacidad para organizarse, comprenderse y defenderse ante desviaciones.

De hecho, suele plantearse con demasiada frecuencia la falsa dicotomía organización-frente de masas, cuando es una relación dialéctica: las organizaciones aportan a los frentes, la acción política en los frentes aporta al desarrollo de las militantes en las organizaciones, las organizaciones referencian su programa en base a que los frentes vean o sientan coherentes los avances y los espacios mejoran cualitativamente en el constante desarrollo teórico-práctico. Siempre desde la honestidad y la ética militante.

La organización aporta memoria cuando el movimiento está sometido a la urgencia del acontecimiento. Aporta perspectiva cuando el conflicto amenaza con reducirse a su dimensión inmediata. Aporta coordinación cuando las luchas aparecen fragmentadas. Y aporta estrategia cuando se abre una coyuntura en la que las decisiones tomadas en días pueden tener consecuencias durante años.

De la lucha particular al cuadro revolucionario
Existe aquí una cuestión fundamental: identificar qué potencial político contiene una determinada lucha. Una reivindicación concreta puede contener una contradicción mucho más amplia.

La defensa de una vivienda puede abrir una discusión sobre la propiedad.
La defensa de un puesto de trabajo puede abrir una discusión sobre quién decide en la producción.
Una lucha contra una determinada medida institucional puede abrir una discusión sobre quién tiene capacidad efectiva para decidir sobre las condiciones de vida de la mayoría.
La organización puede ayudar a realizar esa conexión, pero no puede imponerla mecánicamente. Tiene que partir de la realidad concreta, de las relaciones existentes, del nivel de conciencia y del estado actual de la lucha de clases.

En este sentido, el programa revolucionario tampoco debería entenderse como una lista de consignas que se aplica desde fuera a cualquier conflicto. Debe ser una herramienta para interpretar las contradicciones existentes y orientar la intervención hacia transformaciones que permitan ampliar la capacidad colectiva. De aquí surge otro papel de la organización revolucionaria, antes mencionado de manera superficial, que es el de crear cuadros revolucionarios. Personas con la capacidad de desplegar la teoría revolucionaria y traducirla al espacio concreto donde se está desarrollando la lucha. La política revolucionaria no consiste, entonces, en aplicar mecánicamente un programa previamente construido a cualquier situación. Consiste en mantener una relación permanente, orientada pero flexible, entre programa, organización, movimiento y realidad.

La noción de cuadro revolucionario no es una etiqueta para denominar a militantes «iluminados», sino la idea de que con la militancia abnegada y comprometida por sí misma no basta, que la tarea es ingente y, no por ello, menos ilusionante. Que toca desplegar un programa y construir unidad estratégica. Una unidad que se cimienta en el debate fraterno y la voluntad política por avanzar.

No toda aceleración es revolucionaria
Esto permite comprender también por qué no toda aceleración política es necesariamente revolucionaria.

Una crisis puede producir radicalización, pero también miedo o reacción. Puede generar organización, pero también repliegue. Puede ampliar la lucha o generar las propias condiciones para su erradicación. Puede abrir una posibilidad de ruptura o puede fortalecer las estructuras ya existentes. De hecho, estamos en un momento en que la agudización de las contradicciones dentro del capitalismo puede provocar un solapamiento de acontecimientos que acelere el curso de la historia en un sentido o en otro. La historia no avisa y tampoco pide permiso.

La aceleración no determina el resultado: lo que hace es reducir el tiempo disponible para intervenir sobre un campo de posibilidades que todavía está abierto.

Durante años, aquello que parece imposible permanece fuera del horizonte político. Hasta que una acumulación de contradicciones, un acontecimiento inesperado y una determinada correlación de fuerzas producen una transformación cualitativa. Entonces, el problema deja de ser si aquello es posible. El problema pasa a ser qué sujetos existen y qué orientación quieren imprimir a la situación. La política no deja vacíos y, si no estamos nosotras, estarán otros.

Tenemos a determinados sectores, después del momento de rabia social vivido tras el desahucio de Maricarmen, clamando por un nuevo 15M. Estos sectores, de tinte reformista, buscan simplemente una acumulación de indignación que cristalice en la enésima alternativa parlamentaria. La cual alimentará a la reacción por su incapacidad real para imponer cualquier cambio de nuestras condiciones. El 15M fue un proceso de aceleración que nos pilló, en el mejor de los casos, en un sótano lleno de telarañas. No tuvimos capacidad efectiva para que ese proceso caminara hacia posiciones más revolucionarias. Las burocracias reformistas, el aparato mediático y las contradicciones internas del movimiento disolvieron toda posibilidad de cambio. La obligación revolucionaria es estar preparadas ante las ventanas que nos abrirá la historia.

Organizarse antes de que llegue la aceleración
Por eso la organización revolucionaria no puede concebirse únicamente como una estructura destinada a los momentos de crisis. Es precisamente en los momentos en los que aparentemente "no ocurre nada" cuando se construyen las posibilidades para intervenir cuando empiece a ocurrir todo. Acumula experiencias, relaciones, conocimientos, herramientas, confianza y capacidades colectivas que pueden adquirir un valor completamente diferente cuando la coyuntura se transforma.

Y cuando el tiempo político nos impone una velocidad, quienes no se hayan preparado para esa aceleración pueden descubrir que, mientras ellos todavía están intentando comprender que la situación ha cambiado, otros sujetos ya están interviniendo sobre ella. La organización revolucionaria es, en última instancia, la construcción consciente de una capacidad política para intervenir en ese momento en que la historia deja de caminar con los días del calendario para así abrir ciclos históricos.

¿Qué pasaría si el desahucio de Maricarmen, como hecho concreto, abre oportunidades antes impensables? ¿En qué situación nos pillaría a las revolucionarias para disputar el camino que tomarían esas movilizaciones? ¿Tenemos fuerza suficiente para plantar cara a las burocracias y a los sectores reformistas? Las respuestas, si responden desde la honestidad, son desoladoras.

Nuestra tarea es prepararnos, no para sustituir a quienes hacen la historia, sino para ayudar, en la medida de nuestras posibilidades, a clarificar los intereses propios de nuestra clase.

Nosotras podemos contribuir a que la historia se acelere; los hechos no suceden porque sí. Siempre hay actores y sujetos. Sea como fuere, tenemos que tomar partido. Para navegar en el oleaje de la historia, para escribir los renglones de la misma.

Liza, Plataforma Anarquista

https://regeneracionlibertaria.org/2026/09/27/el-desahucio-de-maricarmen/
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