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(ca) Spaine, Regeneracion - Recomponer la Vanguardia (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Sun, 2 Aug 2026 08:06:40 +0300
Si partimos de lo que tenemos delante no de lo que desearíamos, ni de lo
que dicen los textos, sino de la experiencia concreta el panorama es
reconocible: militantes dispersos, espacios políticos que piensan y
elaboran, y al mismo tiempo una clase trabajadora que resiste como
puede, que en ocasiones entra en conflicto, pero sin continuidad ni
vertebración estable. No es una ausencia total de movimiento, pero
tampoco es un movimiento capaz de sostenerse, ampliarse y reconocerse
como tal. Y, sin embargo, este no es un problema nuevo. La historia
reciente del movimiento obrero está atravesada por esta misma
dificultad: la ruptura entre la capacidad de lucha de la clase y la
capacidad de sus destacamentos para organizarla de forma duradera1.
Por eso, antes de responder a cuáles son nuestras tareas, conviene
preguntarse desde dónde estamos pensando. Porque, cuando ante esta
situación nos preguntamos qué hacemos entonces, tendemos inmediatamente
a plantearnos ¿nos volcamos en construir organización estable en el seno
de las luchas inmediatas de nuestra clase? ¿O priorizamos la
construcción de una organización de vanguardia capaz de dotar de
dirección a ese movimiento? ¿Hacemos ambas? Y la pregunta parece
sensata. Pero precisamente por eso, hay que detenerse: si la planteamos
así, como una disyuntiva entre tareas separadas que compaginar, partimos
ya de un marco equivocado.
Para abordar esta cuestión, tenemos que hacer balance. Este es el punto
de partida. Pero el resultado de este ejercicio no puede consistir en
ordenar tareas como si fueran compartimentos estancos. El riesgo no está
solo en refugiarse en el pasado o en sustituir la práctica por el
análisis, sino en algo más profundo: asumir sin cuestionar un modo
fragmentado de ver la realidad. Y ahí es donde aparece el empirismo:
cuando tomamos por separadas cosas que en la práctica solo existen como
momentos de un mismo proceso. Sin esa ruptura, toda práctica queda
condenada a moverse dentro de los límites que pretende superar.
Y lo cierto es que el empirismo está operando cuando aceptamos, casi sin
darnos cuenta, que por un lado estaría la construcción de la vanguardia
y por otro la evolución del movimiento de masas. Sin embargo, si miramos
de nuevo con un poco más de detenimiento, lo que encontramos no son dos
procesos paralelos que se entrecruzan, sino un mismo proceso que aparece
desarticulado: destacamentos que elaboran sin capacidad de arrastre
real, y una clase que se mueve sin capacidad de continuidad ni
generalización.
Para que este balance sea efectivo y no se quede en la superficie, es
imprescindible asumir la necesidad de una profunda formación teórica. No
se trata de un lujo académico, sino de una exigencia práctica para
romper con la inmediatez y el empirismo que paralizan. La formación
teórica es la herramienta que permite trascender la experiencia parcial
e inmediata y conectar las luchas actuales con el desarrollo histórico
de nuestra clase.
Es en esta formación donde se articula el balance histórico en su
totalidad. Entender la realidad no puede limitarse a lo que tenemos
delante, sino que exige comprender el proceso completo los avances, los
retrocesos, las rupturas y las continuidades de la clase trabajadora
como sujeto histórico. Solo al abordar este marco de la totalidad
podemos armar una lectura estratégica de nuestro presente; de lo
contrario, nuestra lectura de la realidad será miope y la práctica
quedará condenada a repetir errores. La formación teórica y el balance
histórico, por lo tanto, son imprescindibles para guiar la estrategia y
proyectar una práctica que no solo resista, sino que transforme.
El problema, entonces, no es solo qué hacer, sino desde dónde estamos
pensando lo que hacemos. Porque cuando la realidad se percibe como
fragmentada, las respuestas tienden a organizarse también de forma
fragmentaria. Y ahí es donde necesitamos romper esa visión mecánica para
analizar el problema desde el prisma de la totalidad. En ese momento, el
balance deja de ser un ejercicio de erudición para convertirse en guía
para la acción: o comprendemos el desajuste entre vanguardia y masas
como la expresión de un único proceso desarticulado, o seguiremos
reproduciendo la fragmentación en nuestra propia práctica.
De ahí que la respuesta más extendida aunque rara vez formulada con
todas sus consecuencias consista en aceptar esa separación y tratar de
gestionarla: construir organización por un lado, «estar en la clase» por
otro, e interviniendo cuando es posible. También, aquí conviene
detenernos un poco más. Porque, ¿qué significa exactamente «estar en la
clase»? ¿Basta con estar en espacios amplios, con tener presencia, con
dirigirse a sectores más o menos extensos? Si la intervención no se da
en el movimiento real de la clase en sus conflictos inmediatos, en sus
intentos de organizarse, en los procesos concretos donde la clase anula
y supera el estado actual de las cosas esa presencia se queda en
superficie. Y una presencia en superficie no recompone nada: acompaña,
observa o comenta, pero no transforma.
Pero incluso esto no es suficiente. Porque no se trata solo de estar ahí
donde la clase se mueve, sino de cómo se interviene en ese movimiento.
Sin una práctica capaz de conectar esos conflictos parciales entre sí,
de extraer de ellos una experiencia común y de proyectarlos más allá de
su inmediatez, lo que queda es una sucesión de luchas que empiezan y
terminan sin dejar tras de sí una forma más desarrollada de
organización. Y entonces el problema reaparece bajo otra forma: por un
lado, organización que se reproduce a sí misma sin capacidad de
articular fuerza social; por otro, luchas surgen, pero no logran
conectarse, acumular experiencia ni proyectarse más allá de lo
inmediato. La separación entre priorizar la vanguardia o la organización
de masas estable no resuelve nada: solo administra el bloqueo.
Si el problema está en cómo estamos separando lo que en la realidad
aparece unido, entonces la tarea no puede ser simplemente «equilibra»
ambas partes, sino repensarlas desde su relación. Porque, la vanguardia
y las masas no son dos sujetos distintos que se encuentran desde fuera,
sino dos momentos dialécticos de un mismo proceso de organización de la
clase. Dicho de otro modo: la vanguardia no se construye previamente
para después intervenir; solo existe en la medida en que logra
organizar, conectar y proyectar el movimiento real de la clase. Y, a la
inversa, ese movimiento que percibimos como fragmentario no es una
ausencia de sujeto: es una forma todavía dispersa de la propia
organización de la clase. Planteado así, el problema deja de ser cómo
relacionar dos cosas separadas, y pasa a ser cómo desarrollar un único
proceso que hoy se nos aparece escindido.
Pensar la organización política y la organización de masas como dos
objetos distintos obliga a una operación imposible: imaginar una
vanguardia ya constituida, cerrada sobre sí misma, que luego vendría a
relacionarse con una clase exterior a ella. Pero entonces aparece la
pregunta que deshace la ficción: ¿de dónde sale esa vanguardia, si no es
del mismo movimiento de clase que pretende organizar? ¿Qué otra materia
política podría nutrirla, qué otra experiencia podría darle forma, si no
es la lucha real, contradictoria y desigual de la propia clase? En
cuanto se lleva esa pregunta hasta el final, la separación se derrumba
por sí sola. La vanguardia no precede a la organización de masas como un
sujeto acabado; emerge de ella, la condensa y la devuelve ampliada. Y la
organización de masas tampoco espera pasivamente una dirección exterior:
en su propio despliegue ya produce embriones de conciencia, de
disciplina, de iniciativa y de programa. Separarlas es tratar como dos
cosas lo que solo existe como un mismo proceso en distintos grados de
desarrollo.
Por eso la idea de «relacionar» ambas cosas es, en el fondo, un paso
falso. Porque si realmente fueran dos objetos separados, la relación
entre ellos siempre tendría que explicarse desde fuera: mediación,
enlace, influencia, dirección. Pero eso ya presupone lo que pretendía
demostrar, a saber, que existe un polo capaz de organizar y otro que
debe ser organizado. La realidad, sin embargo, no se deja dividir así.
La vanguardia solo existe como el momento más concentrado de la
autoorganización de la clase, y la organización de masas solo alcanza su
potencia histórica cuando ese movimiento disperso empieza a tomar forma
consciente. No son dos entidades que se encuentran; son dos caras de una
misma construcción, que solo se hace real cuando la clase empieza a
organizarse a sí misma en una escala superior. Por eso la separación,
que no la diferenciación, no aclara nada: al contrario, oscurece el
proceso, lo fragmenta y nos obliga a pensar como externos a lo que en
verdad somos parte activa.
Esto obliga a desplazar también cómo entendemos cada uno de esos
momentos. Porque la vanguardia, si es algo más que una autodefinición,
no puede medirse por su grado de coherencia interna ni por su capacidad
de elaborar en abstracto. Su realidad se juega en otro terreno: en su
capacidad de insertarse en los puntos donde la clase entra en
contradicción, de intervenir en los procesos donde esa contradicción se
organiza, y de hacer que lo que aparece como conflicto aislado pueda
empezar a reconocerse como parte de algo más amplio. No se trata, por
tanto, de «estar en la clase» en un sentido genérico, sino de formar
parte activa de su movimiento real: allí donde se lucha, donde se
intenta organizar, donde se abren y se cierran posibilidades. Fuera de
ese terreno, lo que queda es una vanguardia que se afirma como tal, pero
que no puede verificarse en la práctica.
Al mismo tiempo, ese movimiento real de la clase tampoco puede pensarse
como una pura espontaneidad que, en algún momento, alcanzará por sí sola
una forma superior. La experiencia histórica muestra lo contrario: que
las luchas surgen, sí, que se organizan parcialmente, también, pero que
tienden a agotarse, a aislarse o a ser absorbidas si no logran conectar
entre sí y dotarse de continuidad. Pero esa limitación no se supera
desde fuera. No se resuelve esperando el momento adecuado ni aplicando
esquemas prefabricados. Se resuelve en el propio desarrollo de esas
luchas, en la medida en que incorporan elementos que las hacen avanzar:
más organización, más conciencia de conjunto, más capacidad de decisión
colectiva.
Ahí es donde se juega la función de la vanguardia, no como algo externo
que dirige, sino como un momento interno que empuja ese desarrollo hacia
un horizonte eminentemente político. Pero que nadie se confunda:
insertar la organización política en la lucha de clases no es utilizar
al sindicato como una mera correa de transmisión para nutrir al Partido,
ni manipular asambleas para imponer una línea dictada desde fuera. Eso
no es vanguardia, es parasitismo burocrático. Dicho de otro modo, solo
la vanguardia actúa como vanguardia cuando logra articular la lucha en
torno a la emancipación de la clase trabajadora.
Por eso, separar la construcción de la vanguardia de la construcción de
organización de masas no es solo un error de enfoque: es una forma de
bloquear ambas. Porque una vanguardia que no se construye en ese
proceso, queda reducida a una estructura que se reproduce a sí misma,
sin capacidad de incidir en la realidad que pretende transformar. Y, a
la inversa, unas luchas que no logran articularse más allá de lo
inmediato quedan condenadas a empezar de nuevo una y otra vez, sin
articularse con fuerza real tras cada repliegue. La consecuencia es
conocida: por un lado, organización sin arraigo; por otro, conflicto sin
continuidad. Y entre ambos, un vacío que no se llena con voluntad, sino
con práctica.
Pero si este es el problema, entonces también lo es cualquier práctica
que reduzca la intervención a la gestión de lo inmediato. Porque la
lucha por las condiciones inmediatas, por sí sola, no se transforma
automáticamente en lucha política. Puede incluso agotarse en su propia
repetición si no logra superar su aislamiento. De lo que se trata, por
tanto, no es solo de organizar conflictos, sino de organizarlos de tal
manera que se conviertan en experiencia acumulada, en capacidad
colectiva, en comprensión más amplia de la posición que ocupa la clase
en el conjunto de la sociedad. Ahí es donde la elaboración teórica deja
de ser un momento separado para convertirse en una necesidad interna de
la práctica: no como discurso que se añade desde fuera, sino como
síntesis de lo que las propias luchas contienen de forma dispersa.
Sin embargo, comprender esta profunda unión entre nuestro trabajo y la
vida del movimiento obrero no debe llevarnos al viejo error de disolver
nuestra organización específica en el sindicato. El sindicato agrupa a
los explotados por el mero hecho de serlo; nuestra organización, en
cambio, agrupa a quienes ya tienen una voluntad consciente de destruir
el sistema. Precisamos mantener nuestra estricta autonomía ideológica
para no ser arrastrados por la inercia de las luchas cotidianas, para no
terminar condenados a mendigar unas migajas más al patrón.
Nuestro objetivo, el horizonte político hacia el que empujamos, no es un
convenio un poco menos miserable. Es la expropiación definitiva de los
medios de producción y la liquidación del Estado con la consecuente
abolición de la sociedad de clases.
Creer que el sindicato, por su mero crecimiento cuantitativo y la
inercia de la huelga, resolverá por sí solo el problema del poder
político y la liquidación del Estado es un espejismo que la historia ya
nos ha cobrado con sangre, de forma paradigmática, tras las jornadas de
mayo del 37.
Para trazar el camino hacia esa meta material, los anarquistas
necesitamos un programa revolucionario claro. Un programa que no se
limite a grandes consignas, sino que defina los pasos, las
reivindicaciones de ruptura y la estrategia de choque contra el capital.
Pero sabemos bien que la revolución no se decreta desde un despacho y
que un programa es letra muerta si no cuenta con un método para
encarnarse en la clase. No somos pastores que deban guiar a un rebaño
ciego, ni nuestro programa es una lista de órdenes para una masa pasiva.
Si el pueblo no se emancipa por su propia fuerza y voluntad, la
revolución será una farsa.
Nuestras ideas y nuestro programa solo toman cuerpo cuando el militante
se funde en las luchas de sus compañeros. Nuestra labor no es mandar,
sino utilizar nuestras herramientas históricas para forjar una cultura
proletaria de combate en cada huelga, en cada asamblea y en cada
conflicto. ¿Y cuáles son estas herramientas? La acción directa, para que
los problemas los resuelvan los propios interesados sin delegar en
políticos ni burócratas; la democracia directa y el federalismo, para
estructurar la fuerza de la clase desde la base; y el ejercicio
constante de la solidaridad.
Estas prácticas no son el programa en sí mismo, sino herramientas
mediante las cuales demostramos en la práctica que los trabajadores
somos perfectamente capaces de gestionar la producción y la vida social
sin necesidad de amos.
Es precisamente esta exigencia práctica la que determina la relación
entre nuestro destacamento y el conjunto del movimiento obrero. Una
organización específica aislada de la clase trabajadora es estéril; pero
una masa desprovista de cultura revolucionaria cae fácilmente víctima de
los reformistas, oportunistas y burócratas. Solo caminando juntos,
siendo nosotros la levadura que fermenta en el interior de la masa,
abriremos el camino.
Si asumimos esto hasta el final, entonces hay una consecuencia que no se
puede esquivar: no se puede esperar. No se puede esperar a que la lucha
de clases «aparezca» para entonces intervenir, ni a que las condiciones
«maduren» para que la vanguardia encuentre su lugar. Pero, ¿qué
significa exactamente esperar? Significa, en la práctica, desplazar la
tarea hacia un futuro indeterminado, como si el desarrollo del conflicto
fuera un proceso ajeno a nuestra propia actividad.
Sin embargo, la realidad es otra: las condiciones materiales no son un
dato externo que solo se contempla, sino algo que también se produce. Se
producen en la medida en que hay intervención, organización, conflicto
sostenido.
Y, si esto es así, entonces la recomposición de la vanguardia no puede
plantearse como una fase previa, separada, que se resuelve en el plano
teórico para después «aplicarse» sobre la realidad. Se juega,
necesariamente, en el terreno mismo donde esas condiciones se abren paso.
Esto obliga a concretar. Porque si hablamos de «movimiento real de la
clase», ¿dónde se expresa hoy de forma más nítida? No en cualquier
espacio, ni en cualquier práctica, sino, ayer igual que hoy, allí donde
la clase entra en relación directa con las condiciones materiales de su
explotación y se ve empujada a organizarse. Donde la burguesía se
enfrenta como tal a quienes vendemos nuestra fuerza de trabajo. En este
sentido, el ámbito del trabajo y, en particular, el terreno sindical
entendido en su sentido más amplio aparece como un espacio privilegiado
y la trinchera ineludible de nuestra intervención2. No porque agote en
sí mismo el horizonte de la lucha, sino porque en él se concentran
contradicciones que pueden ser desarrolladas en un sentido más amplio.
Es ahí donde la explotación se vuelve inmediata y donde la necesidad de
organización deja de ser una consigna para convertirse en una exigencia
práctica y tangible para la mayoría de nuestra clase.
Pero incluso aquí conviene no simplificar. Porque tampoco basta con
«estar en el sindicato». Si la intervención se limita a reproducir
inercias existentes delegacionismo, pasividad, negociación sin fuerza lo
que se refuerza no es la capacidad de la clase, sino sus límites. De lo
que se trata es de otra cosa: de intervenir en esos espacios para
empujar procesos que vayan más allá de lo dado. De fomentar formas de
organización que impliquen a la plantilla en condición de clase
trabajadora, de impulsar dinámicas de decisión colectiva, de sostener
conflictos que permitan acumular experiencia y confianza. En definitiva,
de convertir el sindicato en un ariete de lucha política de clase, no en
una mera herramienta de gestión del conflicto.
Y en ese proceso es donde la vanguardia se recompone. No como resultado
de un desarrollo interno aislado, sino como producto de una práctica que
logra articular, aunque sea de forma parcial y contradictoria, a
sectores más amplios de la clase. Porque la vanguardia no se mide por lo
que afirma de sí misma, sino por lo que es capaz de hacer existir en la
realidad: organización, lucha, continuidad. Fuera de ahí, todo
crecimiento es aparente. Dentro de ahí, incluso avances modestos pueden
tener un alcance estratégico. La cuestión, entonces, deja de ser si
estamos construyendo vanguardia o construyendo movimiento, y pasa a ser
si nuestra práctica está siendo capaz de hacer avanzar, de forma
concreta, la organización de la clase en su conjunto.
Asumir esto no es cómodo, porque desplaza el centro de gravedad. Obliga
a dejar de pensar la vanguardia como un espacio propio que se fortalece
para después intervenir, y a entenderla como una función que solo existe
en su ejercicio. Obliga, también, a abandonar la espera, a romper con la
idea de que hay un momento «adecuado» que llegará por el automovimiento
mecánico de las contradicciones objetivas del capital. Ese momento no
está dado: se construye3. Y se construye en condiciones adversas, con
avances parciales, con errores, con retrocesos. Pero o se construye o no
se construye.
De ahí que la tarea no admita aplazamientos ni atajos. Recomponer la
vanguardia no es otra cosa que recomponer, en la práctica, la capacidad
de la clase para organizarse, luchar y ganar conflictos mediante su
propia fuerza. No es un problema que se resuelva antes de intervenir,
sino en la propia intervención. No es una fase, sino un proceso. Y en
ese proceso, cada espacio organizado, cada conflicto que se sostiene,
cada avance en la autoorganización y en la conciencia colectiva, no es
un paso previo: es ya parte del resultado.
Porque, en última instancia, la cuestión no es si intervenimos más o
menos, ni si estamos más o menos presentes. La cuestión es qué tipo de
capacidad estamos construyendo. Si la intervención logra que la clase se
organice, que acumule experiencia, que amplíe su horizonte y que empiece
a reconocerse como sujeto colectivo enfrentado al conjunto del orden
social, entonces hay recomposición. Si no, todo esfuerzo tiende a
disolverse en lo inmediato. La vanguardia, en ese sentido, no es otra
cosa que esa capacidad en desarrollo. Y por eso mismo no puede existir
al margen de ella: o se construye en el movimiento real de la clase,
como parte activa de su transformación en sujeto político, o deja de ser
vanguardia para convertirse en otra cosa. Recomponerla no es una tarea
previa. Es el proceso mismo.
O la vanguardia existe en el movimiento real de la clase, empujándolo y
transformándose con él, o no existe.
T. Morago
1 Este artículo da continuidad al debate estratégico abierto por T. Mora
en «Anarquismo y Vanguardia» (Regeneración Libertaria, marzo de 2024).
El desarrollo de nuestro balance histórico y el análisis del capital
como totalidad tendrán su espacio en futuras publicaciones. Aquí, el
objetivo es aterrizar la discusión en la relación material entre la
organización específica y el conjunto de la clase trabajadora. Abordar y
resolver esta tensión en los conflictos reales es el paso necesario para
materializar cualquier recomposición organizativa
2 Esto no implica menospreciar la organización en la esfera de la
reproducción social (vivienda, consumo, etc.), indispensable para la
supervivencia de nuestra clase frente a la expropiación secundaria. Sin
embargo, la dilución de nuestras fuerzas en frentes desconectados de la
producción genera un activismo estéril donde el proletariado solo opone
un poder asociativo asimétrico. La intervención prioritaria debe apuntar
a la producción y la logística (la cadena de suministro), pues es allí
donde la clase ejerce un poder estructural: la capacidad real de
interrumpir el motor del capital, ese impulso incesante hacia la
autovalorización del valor mediante la extracción de plusvalor.
3 A pesar de esto, evidentemente, el propio desarrollo del capital
exacerba, tensiona, alivia y transforma las contradicciones que afectan
de forma determinante al estado de la lucha de clases. La cuestión es,
pues, cómo transformamos la realidad y en qué sentido dadas unas
condiciones materiales concretas.
https://regeneracionlibertaria.org/2026/06/22/recomponer-la-vanguardia/
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