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(ca) Spaine, Regeneracion - Sobre beefs, ego-trips y cancelaciones en el movimiento libertario (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Fri, 24 Jul 2026 07:39:45 +0300
«Ha llegado el momento de asumir responsabilidades.» - Manifiesto Ad
Nauseam: Apuntes contra el ghetto político
Índice
* Sobre beefs, ego-trips y cancelaciones en el movimiento libertario
* Referencias
Desde que me reconozco anarquista, siempre he sido un «idealista» o por
llevarlo a lo mesiánico, un «creyente» de La Idea. Me fascinaban (y
siguen fascinando) todas las historias y experiencias que el Anarquismo
ha aportado, luchado por y defendido en nombre de una convicción de que
es posible una Humanidad más digna. Siempre me gustaron los textos con
un discurso que apelara a «prender chispa de la conciencia que
transforma el instinto de ayuda mutua en la arquitectura de una sociedad
sin amos, donde el pan y la libertad son derechos universales e
inalienables» o donde hablaban del «fin de la explotación del Hombre
sobre el Hombre" y de la «emancipación del pueblo por el propio pueblo».
Creo que, de esta interpretación, mi desarrollo lógico era que el ego y
el personalismo no pueden tener lugar en un proyecto universal.
Quizás por eso me produjo tanta incomprensión ver ciertas dinámicas
dentro del movimiento libertario. No hablo de diferencias políticas
reales, que son necesarias. Hablo de beefs eternos, guerras de egos,
ajustes de cuentas disfrazados de principios, capital social acumulado a
base de señalar al resto y conflictos personales elevados
artificialmente a cuestión política. Siempre he visto la lucha
anarquista como algo incompatible con el ego. No porque no tengamos
orgullo, heridas o ganas de reconocimiento. Las tenemos. Todas. Pero una
ética militante debería servir justamente para poner eso en su sitio. Si
decimos luchar por algo que nos supera, el proyecto colectivo no puede
quedar secuestrado por el narcisismo de nadie.
No por nada he elegido este título: «Os cães ladram e a caravana passa»
(entiendo que en el Estado español se usa). La expresión viene de un
viejo dicho árabe: aunque los perros ladren, la caravana sigue su
camino. Es decir, hay provocaciones y críticas no constructivas que no
pueden impedir el avance. Siempre habrá ruido. Siempre habrá quien
critique, intoxique o necesite que todo proyecto ajeno fracase para
confirmar su propia superioridad o mantener su comodidad. Hay que
escuchar las críticas cuando tienen razón y asumir errores cuando son
nuestros, pero no podemos convertir cada ruido en un miedo que nos paralice.
Rafael Viana da Silva señala en su texto Anarquismo contra o Anarquismo
- Menos complacência, mais autocrítica una confusión muy extendida en el
movimiento libertario que nos ha hecho mucho daño: tomar la libertad
anarquista como «hacer lo que quiera» y la autonomía individual como
relativismo ético. Una libertad sin responsabilidad colectiva no produce
militancia libertaria: produce capricho, informalidad, personalismo y
una caricatura burguesa del anarquista como alguien incapaz de sostener
acuerdos. La ética anarquista no se demuestra en la coherencia cotidiana
sino en cumplir lo que una asume, no desaparecer cuando toca sostener
una tarea, no convertir cada crítica en un ataque personal, no usar la
asamblea como escenario del ego, no confundir carisma con legitimidad.
Y aquí aparece uno de nuestros grandes problemas dentro del movimiento -
la falta de autocrítica (claro que con sus debidas excepciones) y la
reproducción de un movimiento de autoconsumo. Somos las primeras en
detectar y señalar contradicciones ajenas, pero nos cuesta mirar las
propias. Sabemos hacer comunicados demoledores contra otras
organizaciones, pero muchas veces no sabemos decir «aquí fallamos, aquí
fuimos injustas, aquí actuamos por orgullo, aquí confundimos una herida
personal con una posición política».
Un movimiento libertario (y también revolucionario) sin autocrítica se
pudre desde dentro. Puede tener un discurso impecable y una estética
combativa y apelativa, pero si no es capaz de revisar sus prácticas,
reconocer errores y transformar sus dinámicas, termina más haciendo
branding que política.
También hemos confundido demasiadas veces horizontalidad con falta de
responsabilidad. Como si organizarse, evaluar, pedir explicaciones,
cumplir tareas o sostener acuerdos fueran prácticas autoritarias. ¡No lo
son! ¿Porque sería autoritario que una organización te recuerde lo que
acordaste colectivamente? La responsabilidad colectiva no es un castigo
ni obediencia ciega. Es entender que lo común solo existe si alguien lo
sostiene. Que una asamblea no hace nada por sí misma. Que una
organización no tiene brazos ni cabeza separadas de sus militantes. Que
cada persona es responsable por su propria organización y por pelear por
las cosas que no está de acuerdo. Si nadie asume su parte, La Idea se
convierte en liturgia: muchas palabras, poca fuerza. Me hace pensar si
la crítica que más se hace dentro del anarquismo, es que teoría hay
mucha, pero práctica poca, a lo mejor nuestro problema no es tanto un
problema de exceso de teoría pero sí de malas praxis internas y externas...
Por otro lado, en ciertos espacios se ha creado una cultura del miedo a
equivocarse, miedo a hablar, miedo a no usar la palabra perfecta, miedo
a que un desacuerdo sea leído como violencia, miedo a que una torpeza se
convierta en condena pública. Y cuando una cultura política produce más
miedo que valentía, más cálculo que honestidad y más complacencia que
crítica, tenemos un problema donde el centro está en un punitivismo
disfrazado de radicalidad. Y ojo, no digo esto para negar los daños
reales. Existen agresiones, abusos, violencias y comportamientos
miserables dentro de nuestros espacios y contra los cuales tenemos que
actuar implacablemente. Hay cosas graves que exigen protección, límites
y consecuencias, pero una cosa es afrontar el daño y otra reproducir, en
pequeño, la lógica carcelaria y punitivista que decimos combatir: buenos
y malos, santos y monstruos, expulsión como única respuesta, reputación
como tribunal, rumor como prueba y linchamiento como pedagogía.
En el texto How We Handle Harm del Punch Up Collective, un pequeño
colectivo anarquista de Ottawa, Ontario, centrado en la construcción de
movimientos radicales resilientes, insisten en algo fundamental: no todo
conflicto es abuso, no todo desacuerdo es violencia y no toda
incomodidad es daño. Si todo se nombra igual, dejamos de entender lo que
pasa. Y si no entendemos lo que pasa, no podemos intervenir bien. Si
asumir un error significa muerte social automática, nadie va a hacerse
responsable de verdad. La gente aprenderá a esconderse, justificarse,
mentir o performar arrepentimiento. Una cultura militante seria tiene
que hacer posible la responsabilidad sin convertirla en espectáculo
punitivo.
También hay que decir que muchos problemas entre organizaciones no son
políticos, aunque se presenten como políticos. Son personales. Heridas
mal gestionadas, rupturas afectivas, envidias, competencias por capital
simbólico, viejas broncas, liderazgos informales, inseguridades,
resentimientos. Luego todo eso se viste de línea, ética, estrategia y
principios, pero la pobre realidad es que es un problema de ego. Y que
quede claro: mezclar lo personal y lo político así es un error. Claro
que lo personal tiene dimensiones políticas pero otra cosa es convertir
mis malestares personales en un criterio político universal y
condicionar el ritmo de mi organización para moverse al ritmo de mis
heridas.
Y también quiero dejar claro: usar instituciones burguesas o liberales
para resolver conflictos entre compañeras debería hacernos reflectir
sobre el estado de nuestro movimiento. No porque haya que exigir
heroicidades a nadie, ni partir de unas posiciones moralistas ante
situaciones graves. Si nuestra única respuesta ante cada conflicto es
delegarlo al Estado, a sus tribunales o a sus policías, algo está
fallando en nuestra capacidad colectiva de construir una alternativa
revolucionaria.
Desde mi perspectiva, la política debe ser vista como un campo de
disputa), y nosotras tenemos que estar preparadas para en cualquier
disputa, recibir, dar, caer y levantarse con la cabeza levantada.
Nosotras tenemos códigos éticos, pero las otras no y no nos podemos
olvidar eso, por eso hay que ser inteligentes, humildes y coherentes
pero también hay que ser atrevidos, disruptivos y saber pegar duro a la
hora de la disputa. Ya lo decía Bakunin, «la pasión destructora es
también una pasión creadora». Se trata de entender que toda construcción
revolucionaria exige romper con las formas viejas que nos atan como las
ego-trips, los beefs personales, el miedo, la complacencia, el gueto y
las inercias que reproducen lo mismo que decimos combatir. Porque si el
movimiento libertario continúa atrapado en dinámicas autodestructivas y
sectarias, no solo no saldremos del gueto como seguiremos arrastrando el
anarquismo hacia la marginalidad. Y luego nos sorprendemos y nos
molestamos con que desde fuera nos llamen infantiles, idiotas útiles o
utópicos. Pero ¿y qué esperamos, si gastamos más energía en mierdas
internas que en pensar cómo y que podemos aportar a quienes decimos
defender y por las cuales luchamos?
Basta de fingir pureza, y vamos a construir una ética militante capaz de
asumir el error sin hundirse en él. Saber pedir perdón cuando toca.
Saber reconocer la razón cuando la tiene otra persona. Saber enfrentar
consecuencias. Saber mirar de frente un conflicto sin convertirlo en
espectáculo. Saber hablar claro sin destruir. Saber criticar sin
humillar. Saber cuidar sin encubrir. Saber pelear sin perder el alma.
Frente al rumor, claridad.
Frente al beef, política.
Frente al ego-trip, proyecto colectivo.
Frente al miedo, responsabilidad.
Frente al punitivismo, reparación y límites.
Frente a la complacencia, crítica y autocrítica.
El anarquismo que me interesa es una práctica exigente de libertad,
responsabilidad y organización y no una filosofia superioridad moral
encerrada en su ghetto sin cualquier capacidad transformativa. Porque al
final el problema es que queremos destruir el Estado, el capital y todas
las formas de dominación pero ni siquiera somos capaces de destruir
nuestras dinámicas miserables.
Un movimiento que no sabe mirarse al espejo está condenado a la derrota.
Y yo estoy cansado de sostener derrotas decoradas con buenas consignas.
Quiero una práctica anarquista que esté en la línea de frente de las
luchas sociales y que se atreva a crecer, a corregirse, a pedir cuentas,
a asumir errores pero también rebelde, audaz y sin perder nunca la
ternura del alma ante la dureza del mundo.
Don Diego de la Vega, militante de Liza.
Referencias
Ad Nauseam. Apuntes contra el gueto político. Reedición del Manifiesto
Ad Nauseam. 2026.
Rafael Viana da Silva, Anarquismo contra o Anarquismo: Menos
complacência, mais autocrítica
Punch Up * Kick Down Distro, How We Handle Harm
Dicionário da Academia das Ciências de Lisboa, «Os cães ladram e a
caravana passa»
Mikhail Bakunin, The Reaction in Germany
https://regeneracionlibertaria.org/2026/06/14/os-caes-ladram-e-a-caravana-passa/
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