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(ca) Spaine, Regeneration: La Organización: Eficiencia vs Alienación militantista Por HEDRA ANARQUISTA (ca, de, en, it, pt, tr)[Traduction automatique]
Date
Thu, 16 Jul 2026 07:56:39 +0300
Debemos comprender que la horizontalidad y la cooperación no implican
estar presentes todas las personas en todos los procesos. ---- Es muy
común, en las distintas militancias, ver personas saturadas,
sobrecargadas de trabajo y estrés acumulado. Al mismo tiempo, y por
contra, se viven escenas de inactividad y sensaciones de tiempo perdido
en largas asambleas y reuniones de las que se sale con la sensación de
no haber avanzado, sin llegar a acuerdos claros, sin tareas definidas de
cara al futuro, poco espacio para intervenir o grupos de trabajo
inoperantes. A lo largo de la historia se han repetido estos fenómenos
en organizaciones políticas revolucionarias; situaciones que no solo
desgastan y repelen a la potencial militancia, sino que frenan el avance
de las organizaciones en el logro de sus objetivos.
Estas situaciones, las emociones y dolores que suponen para los miembros
de la organización son igual o más preocupantes que cuando se producen
en el ámbito laboral dentro del sistema capitalista (y quizás las
repliquemos porque estamos dentro del sistema capitalista). Debemos
prestar atención a las distintas áreas de mejora que ha tenido y tiene
el anarquismo a nivel organizativo para superarlas y crear
organizaciones fuertes, amplias, eficientes y que alcancen sus objetivos
siempre con cuidados hacia su militancia.
En 1972 se publica un punzante, autocrítico y hasta humorístico panfleto
por la Organisation des Jeunes Travailleurs Revolutionnaires, traducido
por Ediciones Esfuerzo en 2016. El artículo en español recibe el nombre
de «La militancia, estadio supremo de la alienación» aunque la
traducción literal sería «Militantismo, estadio supremo de la
alienación» título con el que se busca remarcar el aspecto doctrinal de
la militancia. En este crudo análisis de la militancia en organizaciones
revolucionarias y políticas se habla sin tapujos de un masoquismo
voluntario de los militantes ya que «el esfuerzo al que se compelen, y
las dosis de aburrimiento que son capaces de aguantar, no deja lugar a
dudas: estas personas son, en primer lugar, masoquistas». Al margen de
los posibles debates que podrían derivar de la lectura detallada del
artículo, no hay que dejar pasar la evidencia de que efectivamente hay
dinámicas que repelen a potencial militancia y quema a actuales
compañeras, porque un militante no debería ser «el tipo de persona para
el cual las ocho o nueve horas de embrutecimiento diario no son
suficientes» ni la militancia debería tener un «aspecto doctrinal» per
se, como tiene en muchas ocasiones y expone el citado artículo.
El exceso de trabajo con su consiguiente estrés y la inactividad o
sensación de tiempo perdido son dos de los principales males que se
pueden dar en una organización, tan antagónicos y por momentos, tan
simultáneos. La rigidez dogmática, falta de dinamismo, incapacidad para
escuchar e integrar nuevas propuestas, la verticalidad y la
consideración de la organización como algo inmutable son las
características que rechazan y temen muchas personas militantes y que
una organización libertaria, hoy día, debería superar si no quiere que
el desgaste de sus miembros acabe por impedir su avance. Se hace urgente
encontrar fórmulas organizativas que favorezcan la flexibilidad,
participación y dinamismo al mismo tiempo que se consensúan objetivos y
acciones a llevar a cabo, con los cuidados, corresponsabilidad y
confianza necesarios entre sus miembros para no caer en la anteriormente
descrita alienación militantista.
Estas deficiencias organizativas deben ser analizadas con perspectiva
histórica y científica para tratar de evitarlas y sanear las
organizaciones de cara a construir una militancia cohesionada que se
sienta partícipe y cuidada al mismo tiempo que se avanza en posiciones y
se obtienen resultados, lo cuál aumenta la motivación y anima a seguir
en la lucha.
Para entender la atomización, falta de organización y derrotismo de la
lucha anarquista actual recomiendo la lectura del artículo «La epidemia
de rabia en España (1996-2007)». Sus autores analizan el fracaso de lo
que se llamó «organización informal» que durante esos 90s y 00s primó en
el movimiento libertario en torno al insurreccionalismo y el
autonomismo. Al mismo tiempo, afirman no lamentar nada de lo llevado a
cabo ni creen haber perdido el tiempo, lo cual es interesante porque
pone el foco en los errores de las organizaciones previas al mismo
tiempo que entienden las limitaciones de su estrategia. Sentencian que
esa «falsa crítica olvida, por interés o ignorancia, los condicionantes
que operaban entonces». Se torna pues, de vital importancia entender
esos «condicionantes que operaban entonces» y extraer los errores
cometidos en las distintas épocas de anarquismo ibérico, de los que da
luz el citado artículo. Evidencian cómo el sectarismo del «anarquismo
oficial» anterior a estas décadas, excesiva burocracia y la incapacidad
por incluir nuevos militantes de forma activa o ampliar sus actividades,
objetivos y estrategias choca de plano con lo que denominan «antagonismo
juvenil» y que fuera de las organizaciones formales del anarquismo
desplegó distintas prácticas como «okupaciones», fanzines,
distribuidoras, actividades culturales o participación en movimientos
como el antimilitarista, antirrepresivo, antifascista, antitaurino,
antisexista, etc. Es decir, el «anarquismo oficial», que «en sus
congresos estipulaba con gran delicadeza excluyente-incluyente, que el
Movimiento Libertario estaba formado por la CNT, la FAI, la FIJL y
Mujeres Libres» no supo acoger las nuevas y jóvenes fuerzas anarquistas
que querían ser protagonistas de nuevas luchas. No existió un movimiento
anarquista organizado capaz de acoger esas iniciativas, esas ganas y
esas nuevas y amplias formas de entender la lucha por la emancipación.
Estas jóvenes anarquistas criticaron las dinámicas burocráticas,
congresos, delegaciones, periodicidad de reuniones y demás obligaciones
organizativas, dando prioridad a la acción concreta, sin aspiraciones de
largo plazo ni de conquistar la hegemonía; se basaban y nutrían del
compañerismo, la afinidad y la agilidad de discusión, del apoyo mutuo y
la colaboración práctica. Permitían volver a pensar la organización como
un medio y no como un fin, concebida para luchar, ganar y desaparecer.
En la organización informal no había lugar para la alienación
militantista e impedía un fetichismo de la organización, como pudo
ocurrir con las citadas y mitificadas organizaciones, pero tampoco
quedaba lugar para una estrategia y objetivos de medio y largo plazo. En
este punto entendemos cómo las organizaciones clásicas, al no prestar
atención a las ineficiencias mencionadas se cargaron a su potencial
militancia, descuidando tanto a las personas como a los objetivos, lo
que dio lugar, junto con otros condicionantes, al actual estado de las
cosas en cuanto a lucha libertaria. Por ello tenemos la misión de
conformar organizaciones acogedoras al dinamismo que pedía el
«antagonismo juvenil» y no caer en los errores del «anarquismo oficial»
al mismo tiempo que se mantiene estructura y estrategia a largo plazo.
En el acertadísimo artículo Traballar para vivir ou vivir para militar?,
escrito por Inés Kropo en esta misma revista se dice que «só unha
militancia que se coida pode durar e só aquela que dura pode
transformar», dejando claro que nuestras organizaciones no se pueden
permitir reproducir una alienación militantista que desgaste con un
reparto del trabajo de forma desequilibrada. En este mismo artículo se
examina la militancia y se expone con claridad por qué debemos
considerarla un trabajo aunque no en el sentido mercantilista del término.
«Estruturalmente, a militancia encaixa no traballo reprodutivo. Non
produce mercadorías nin valor de cambio, pero produce algo fundamental:
as condicións de posibilidade da propia política. Produce tempo
colectivo, produce confianza, produce aprendizaxe, produce continuidade.
Produce, en definitiva, suxeitos capaces de actuar politicamente de
maneira sostida. Produce poder. Como o resto do traballo reprodutivo,
adoita ser invisible cando funciona e só se volve evidente cando falla.»
Finalmente, el artículo habla de «o coidado da convivencia, os límites,
a redistribución do traballo e do poder». Si bien lo hace desde una
acertada perspectiva feminista, me interesa llevar la reflexión, en este
punto, a analizar qué aspectos clave debemos tener presentes para
desarrollar nuestras organizaciones, y más concretamente, organizaciones
que buscan generar una estrategia con dinámicas que funcionen y alcancen
resultados.
El trabajo en nuestras organizaciones no debe alienar (ni sobrecargar ni
dar sensación de tiempo perdido), debe incluir y ser práctico, debe
alcanzar objetivos y debe «durar para transformar». Es decir, debe estar
organizado de forma que todas las personas puedan aportar según sus
capacidades y de estas aportaciones colectivas obtener los mejores
resultados. Debe ser un trabajo eficiente.
El punto óptimo, en el que se logra la eficiencia organizativa, en
términos productivos, se da cuando se alcanza mayor producción con los
menores recursos utilizados, y podemos extrapolarlo a nuestra
organización política como la consecución de objetivos o el logro de
mayor avance estratégico con el menor desgaste de los y las militantes,
siempre respetando los principios básicos acordados.
Debemos entender la búsqueda de la eficiencia, no en un sentido
capitalista que busca el aumento de la productividad para lograr mayor
producción, ventas y margen de beneficios, sino en un sentido libertario
que vaya alineado con un aumento de la libertad, capacidad de desarrollo
y goce de las personas.
No se debería permitir que una organización que pretende impulsar un
mundo mejor genere los mismos males que la peor y más inhumana cadena de
producción u organización jerárquica al uso, que explota a los y las
trabajadoras con el único fin de robarle el fruto de su trabajo y
ampliar los beneficios empresariales. Es preocupante, que este fenómeno
se de en organizaciones que buscan horizontalidad, sin un jefe
supervisor que exige que aprietes 70 tuercas por minuto como Chaplin en
Tiempos modernos. Y sin embargo, uno de los problemas fundamentales de
la alienación militantista, del hartazgo, la frustración y desgana viene
precisamente de que en ocasiones no hay un solo jefe supervisor que
exige apretar 70 tuercas en una cadena de montaje, sino que podemos ser
entre cinco y 20 militantes las que vamos tuerca por tuerca, todas
juntas, supervisándonos unas a otras, «decidiendo» en asamblea quién es
la que aprieta la siguiente y, por supuesto, discutiendo si se haría
mejor con una llave inglesa, llave de tubo, llave de doble boca o una
llave acodada. Es decir, podemos estar generándonos la misma o más
presión entre nosotras mismas que el perro guardián del patrón
industrial y, además, consiguiendo el efecto contrario al que busca el
perro supervisor: ser mucho menos productivas.
Cuando se consensúan objetivos (qué hacer) y la acción está guiada por
unos principios y valores acordados (cómo hacer), solo debe quedar la
confianza en las compañeras que ejecutarán las tareas. En una
organización sana las personas militantes deben actuar con libertad,
confianza y de buen gusto, eligiendo sus propias herramientas,
equivocándose y aprendiendo de las demás compañeras, el colectivo debe
apoyar y aportar, deben ahorrarse discusiones y debates efímeros que no
impulsan un avance, sino que frenan el trabajo. La organización debe ser
eficiente para revalidar el argumento de que tres personas trabajando
juntas hacen más que la suma de tres personas trabajando por separado.
De manera inversa al hecho de que organizaciones que se dicen
horizontales replican efectos negativos similares a los producidos por
organizaciones jerárquicas del sistema productivo capitalista, podemos
explorar la vía de entender qué es lo que lleva a la productividad y
eficiencia en estas organizaciones y tratar de llevarlo a nuestro
terreno, bajo nuestros principios.
Con ánimo de provocar irritación en los intransigentes estómagos
anarquistas de algunos lectores, voy a citar al economista clásico Adam
Smith, que en su libro La riqueza de las naciones (1776) fue el primero
en analizar cómo la división de un trabajo en distintas tareas aumentaba
la productividad de los trabajadores. Poniendo de ejemplo talleres de
fabricación de alfileres explicó cómo en ellos se dividían las distintas
tareas: unos se encargaban de alisar el metal, otros operarios del
corte, el siguiente grupo afilado y por último estaban los encargados de
colocar la cabeza del alfiler y pulir las piezas . Repartirse el trabajo
en distintas tareas propicia la especialización de los trabajadores en
una tarea, que harán mejor y más rápido y permite una mejor organización
espacio-temporal, lo que reduce tiempos.
Esta realidad observada por el economista liberal del siglo XVIII, le
sirvió para acuñar el término de división del trabajo y defenderlo como
vía para lograr una mayor productividad en las organizaciones. Como
suele ocurrir, no hizo falta tiempo para que muchos empresarios de la
época tomaran la palabra de Smith y llevasen a cabo transformaciones
fatales en sus industrias. Estamos hablando del surgimiento de modelos
industriales basados en buscar la máxima división del trabajo para
aumentar productividad, producción y consecuente beneficio empresarial.
Una división hasta el punto de que los operarios realizaban un único
movimiento, exacto y medido, de forma repetida durante toda su jornada,
todos los días del año, es decir, la perfecta alienación por definición.
Todo esto, haciendo oídos sordos a la advertencia del propio Adam Smith,
que en el mismo libro aclaraba que «un hombre que dedica toda su vida a
ejecutar unas pocas operaciones sencillas no tiene ocasión de ejercitar
su inteligencia o movilizar su inventiva. Por ello pierde naturalmente
el hábito de ejercitarlas y en general se vuelve tan estúpido e
ignorante como pueda volverse una criatura humana» (La riqueza de las
naciones; p.717).
Autores anarquistas como Emma Goldman o Piotr Kropotkin alertan de los
peligros y la alienación que supone esta división del trabajo. Por un
lado se evidencia que genera jerarquías, ya que sitúa en distintos
niveles las tareas intelectuales y las tareas manuales subordinando las
unas a las otras y por otro la brutal alienación y deterioro
intelectual, físico y mental del proletariado.
No obstante, aunque críticos, son conscientes de las ventajas que supone
un buen reparto del trabajo. El propio Proudhon reconoce las bondades
que pueden llegar de esta división del trabajo en su libro Sistema de
las contradicciones económicas de 1846, advirtiendo que «es útil cuando
el trabajador permanece dueño de sí mismo y de su obra». Por su parte,
Kropotkin, en el capítulo XV dedicado a la división del trabajo en La
conquista del pan, hace una dura crítica hacia el planteamiento
capitalista de la misma y el embrutecimiento y alienación a la que da
lugar sin menospreciar la búsqueda de productividad en sí misma, centra
la crítica en los efectos sobre el individuo, afirmando que llegaría
mayor productividad con la variedad de ocupaciones de las personas. Lo
cuál no debería invalidar el proceso de análisis y división de las
tareas a realizar para ser más eficientes sino que añade esa rotación
que permite ampliar conocimientos, aportar en otras áreas y eliminar la
alienación.
En el capítulo primero de Campos, fábricas y talleres (1899) se arremete
de nuevo contra las consecuencias de la división del trabajo y en este
caso sí las focaliza en su consecuente especialización y afirma que
«mientras que una división temporal de funciones sigue siendo la más
segura garantía de éxito en cada empresa particular, la división
permanente está condenada a desaparecer, siendo sustituida por una
variedad de ocupaciones intelectuales, industriales y agrícolas,
correspondientes a las diferentes aptitudes del individuo, así como a la
variedad de las mismas dentro de cada agregación de seres humanos»
(Campos, fábricas y talleres, p.14).
De este análisis crítico, lo que debemos entender es que muchos de los
problemas de saturación de las personas militantes vienen de estructuras
organizativas que pueden mejorarse, en las que, a partir de unos
objetivos, principios básicos y tareas a llevar a cabo consensuados, se
realice una división del trabajo o reparto de tareas que permita que
cada persona o grupo se ocupe de acciones concretas y alcanzables. Con
el trabajo bien definido, repartido y consensuado no habrá militantes
con exceso de carga ni militantes ociosas. Además, dejando claros los
roles y las rotaciones en los mismos, teniendo en cuenta
disponibilidades y capacidades se evitarán jerarquías formales e
informales y se da respuesta a la necesidad de redistribución de la
carga de trabajo invisible que se analiza en el artículo de Inés Kropo.
Pero para todo ello se necesita un buen análisis de la organización y la
creación de grupos y tareas de forma precisa. El resultado será una
militancia más sana y con menos carga, lo cuál no debe cortar la
libertad de acción de cada individuo ya que como defendía Emma Goldman,
dentro de las organizaciones se debe respetar, por encima de todo, la
voluntad y la iniciativa individual (Anarquismo: lo que significa
realmente, p.9)
Esta división del trabajo no debe servir para jerarquizar la
organización, debe servir simplemente para organizarse, definir roles y
responsabilidades, para no interferir ni acumular trabajo ni poder. Debe
servir para mejorar la coordinación, cooperación y colaboración. Debe
servir para evitar las sobrecargas e ineficiencias generadas por la
falta de debate previo en la formulación de objetivos y acciones a
llevar a cabo. A partir de ahí, en una organización que se dice
libertaria debería bastar con la confianza y el compromiso para que no
se produzcan fallos ni desvíos importantes. Cuando una parte de la
organización debe tomar una decisión de urgencia por algún contratiempo
o evento inesperado, tan solo mirar los objetivos y los principios
previamente establecidos debería bastar para guiar esa toma de
decisiones, que pudiendo ser errónea debe hacerse desde la humildad y la
confianza. Finalmente, cuando se revise la consecución de los objetivos
se evaluará en grupo todo lo ocurrido, que en la mayoría de las
ocasiones será mejorable. Pero dar libertad, revisar y proponer mejoras
una vez hechos los avances siempre es mejor que no avanzar por por falta
de definición de objetivos y acciones o por debates y burocracias que
frenan la acción.
El fenómeno que ocurre cuando hay más personas de las necesarias
realizando una tarea en economía se tiene muy estudiado. Se le llama ley
de rendimientos decrecientes e ilustra muy bien ciertas deficiencias que
se dan en espacios de militancia. Esta ley afirma en términos
productivos, que a medida que se aumenta un factor (trabajadores), si no
se aumenta el espacio de trabajo o la maquinaria, la producción
resultante irá en inicio en aumento, pero cada vez este aumento será
menor, hasta que comience a disminuir. Un ejemplo fácil sería imaginar
preparar bocadillos. Pongamos que, en una hora, una persona es capaz de
hacer diez bocadillos con todos sus ingredientes. Dos personas
cooperando, con un reparto de tareas (división del trabajo) bien hecho,
pueden hacer 25 bocadillos, que es más que la suma de dos personas por
separado. En el caso de tres personas, pueden llegar a preparar 45
bocadillos, que es mucho más que tres por separado. Sin embargo, llegará
un momento en que ese aumento de productividad descienda, por dos
motivos: uno, no hay tantas tareas que realizar; dos, si el espacio es
limitado comenzarán a estorbarse, de modo que no solo habrá personas
ociosas, sino que pueden impedir el buen desempeño de las demás,
llegando a impedir alcanzar el objetivo.Este hecho evidencia la falta de
organización, de roles y responsabilidades definidas que lastran el buen
hacer de las organizaciones, desmotivan a la militancia e impiden el
avance en posiciones.
En las organizaciones capitalistas estudian este fenómeno al milímetro
con el objetivo de reducir costes y no pagar trabajadores que resten
productividad, en nuestro caso no buscamos eso, y si se producen
ineficiencias por el natural desarrollo de las actividades, adelante;
sin embargo sí que hay que ser conscientes de los perjuicios que puede
suponer para compañeras que se ven frenadas en sus tareas y compañeras
que sienten que no están aportando y que bien podrían estar realizando
otras tareas de mayor provecho.
Debemos comprender que la horizontalidad y la cooperación no implican
estar presentes todas las personas en todos los procesos. En ocasiones,
tanto los egos como los miedos a liderazgos y jerarquías impulsan a las
militantes a querer estar en todas las tomas de decisiones, todas las
actividades y todos los procesos de la organización, dejando en algunos
casos tareas «menos divertidas» por hacer o para quien se carga de ellas
en la sombra.
Por todo lo anterior, podemos decir que el especifismo tiene por delante
la difícil misión de crear organizaciones que rechacen el sectarismo y
se abran a toda la sociedad y nuevas militancias, que no se estanquen en
procesos burocráticos desgastando la motivación, que alcancen
estructuras ágiles y dinámicas a la hora de consensuar objetivos y
diseñar estrategias, que se basen en la confianza y compañerismo para
crear grupos de trabajo y procesos que no saturen a unas pocas ni
impidan la participación de otras y que sean lo suficientemente maduras
y flexibles como para revisar dichos procesos y logros, modificando la
estrategia las veces que sea necesario sin caer en un derrotismo
fatalista -por complicaciones tácticas- que frustre e impida seguir
avanzando hacia objetivos de medio y largo plazo. Solamente logrando
organizaciones ágiles, con buen reparto de tareas, con principios,
estructura y estrategia se podrá superar la dicotomía entre quienes se
fosilizaron en el viejo, sectario y burocrático «anarquismo oficial» y
la practicidad y fugacidad de las organizaciones informales, que tampoco
consiguieron consolidar sus logros a nivel social, además de evitar
sobrecargas y ociosidad. Pensar la fórmula organizativa, acordar unos
principios y objetivos que enmarquen las acciones y facilitar así el
reparto de tareas nos permitirá una militancia eficiente, inclusiva y
equilibrada, evitando la alienación militantista y logrando la
eficiencia en procesos y eficacia a la hora de lograr objetivos.
c. Militante de Hedra
Bibliografía:
Adam Smith. La riqueza de las naciones. Alianza Editorial (2004)
Emma Goldman. Anarquismo: lo que significa realmente (2022) Ed. Edu
Robsy Recuperado de:
https://www.textos.info/emma-goldman/anarquismo-lo-que-significa-realmente/pdf
Inés Kropo."Traballar para vivir ou vivir para traballar?" Revista
Regeneración Libertaria (2026)
Los tigres de Sutullena. «La epidemia de rabia en España (1996-2007)».
Revista resquicios, números 4 y 5 (2007-08) Recuperado de:
https://www.briega.org/es/historia/epidemia-rabia-espana-1996-2007
Organisation des Jeunes Travailleurs Revolutionnaires. La militancia:
Estadio supremo de la alienación. Ediciones Esfuerzo (2016) Recuperado de:
https://esfuerzo.noblogs.org/files/2017/11/OJTR-La-militancia-estadio-superior-de-la-alienaci%C3%B3n-FOLLETO.pdf
Pierre Joseph Proudhon. Sistema de las contradicciones económicas o
filosofía de la miseria (1870) Recuperado de:
https://www.marxists.org/espanol/proudhon/filosofia-de-la-miseria.pdf
Piotr Kropotkin. La conquista del pan (1900) Editorial B. Bauza
Recuperado de:
https://www.marxists.org/espanol/kropotkin/kropotkin-la-conquista-del-pan.pdf
Piotr Kropotkin. Campos, fábricas y talleres (1898) Reeditado por
Solidaridad Obrera Recuperado de:
https://www.solidaridadobrera.org/ateneo_nacho/libros/Piotr%20Kropotkin%20-%20Campos,%20fabricas%20y%20talleres.pdf
https://regeneracionlibertaria.org/2026/05/05/la-organizacion-eficiencia-vs-alienacion-militantista/
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