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(ca) Spaine, Regeneracion - Frente Popular de 1936: pan para hoy, hambre para mañana La táctica de atender lo urgente, olvidando abordar lo importante Por ANGEL MALATESTA (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Mon, 13 Apr 2026 07:33:38 +0300


Hace noventa años, el territorio español vivía unas elecciones planteadas en términos casi plebiscitarios entre la derecha radical y el antifascismo del movimiento obrero. Los comicios del 16 de febrero de 1936 aparecían como la última trinchera antes de la barbarie. La existencia del enemigo fascista era una realidad material indudable; sin embargo, la construcción de un frente interclasista para combatirlo obviaba por completo la lucha decidida contra el capitalismo.
La historiografía contrarrevolucionaria -tanto estalinista como liberal- impuso posteriormente una narrativa dicotómica que separaba artificialmente ambas cuestiones, presentándolas como luchas desconectadas. La victoria de ese relato en la memoria histórica pretende hoy reeditar un espíritu que arrastra la gran derrota de nuestra clase trabajadora en su camino hacia la emancipación: abordar antifascismo y anticapitalismo como si fueran tiempos y tareas distintas.

En los últimos años, los debates en el Estado español sobre la reedición de frentes electorales antifascistas reaparecen cíclicamente. Cada crisis del régimen reactiva el enésimo intento de la socialdemocracia por convencerse a sí misma -y convencer a la clase trabajadora- de una vía que ya se ha ensayado en múltiples ocasiones con resultados nulos o directamente adversos a medio y largo plazo. La experiencia histórica del movimiento obrero ofrece balances demostrables: se trata de una táctica que conduce a un callejón sin salida y deja a nuestra clase aún más desarmada frente a su enemigo antagónico.

El avance de la derecha radical en esta década, la fragmentación del social-liberalismo y un neorreformismo sin rumbo -aunque todavía dotado de legitimidad social- reactivan una y otra vez el imaginario frentepopulista. Se ha instalado con fuerza la idea de que el «infantilismo» de la izquierda reside en su falta de cohesión y unidad, reduciendo el análisis a un voluntarismo superficial que elude la naturaleza de las discrepancias. La unidad, sin embargo, no es una consigna moral ni un deseo abstracto. Abordarla desde esa perspectiva implica relegar cuestiones estratégicas fundamentales. La experiencia histórica muestra que los frentes contra el fascismo han supuesto siempre la cesión en líneas rojas de nuestra clase y la introducción de un verdadero caballo de Troya en el seno del movimiento obrero.

La unidad de clase es el resultado de un trabajo colectivo sobre la conciencia y la lucha política de los explotados; el frentepopulismo, en cambio, ha sido -y es- una unidad interclasista por la defensa del régimen burgués de un enemigo supuestamente común. Los límites de la lucha para esa unión los pone la burguesía. Un pacto entre burocracias y familias políticas constituidas como intermediarios de la clase trabajadora y la burguesía, y al margen de la emancipación real. El espacio que intentan hegemonizar las fuerzas progresistas está marcadamente fuera de unas posiciones de fuerza social que debemos construir las organizaciones revolucionarias.

República, Frente Popular y estrategia de clase: los actores y el escenario internacional

La política de frente popular no fue una improvisación coyuntural de 1936, sino una orientación estratégica impulsada desde la Internacional Comunista tras su VII Congreso de la Komintern en 1935. El giro frentepopulista del estalinismo buscaba alianzas amplias con sectores republicanos y liberales bajo la premisa de frenar el avance fascista en Europa. En Francia, el triunfo electoral del Frente Popular de León Blum en mayo de 1936 parecía confirmar la viabilidad de esa fórmula: un bloque interclasista que, apoyado en la movilización obrera, conquistaba el gobierno sin romper con el orden capitalista.

En el Estado español, la fórmula adquirió rasgos propios. El Frente Popular de febrero de 1936 articuló a republicanos burgueses -con Manuel Azaña como figura central- junto a socialistas y comunistas. El Partido Comunista de España, aún minoritario pero en ascenso, asumió disciplinadamente la línea de defensa de la «República democrática» como etapa previa y necesaria, subordinando la revolución social a la consolidación del bloque antifascista. La prioridad estratégica no era la ruptura con el capitalismo, sino la estabilización del régimen republicano frente al peligro reaccionario.

Frente a esa orientación, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) mantuvo formalmente su abstencionismo histórico, aunque en la práctica existieron llamamientos ambiguos y posiciones diversas en su interior. Lo decisivo no fue tanto la consigna electoral como la conciencia extendida en amplios sectores anarquistas: si vencía la derecha, habría que combatirla en la calle y avanzar hacia la revolución; si vencía el Frente Popular, la reacción no aceptaría pasivamente el resultado y también habría que enfrentarse a ella, igualmente con las armas.

Es decir, para el anarquismo organizado la cuestión central no era quién administrara el Estado, sino la correlación de fuerzas y la preparación del proletariado para un choque inevitable. La hipótesis insurreccional no dependía del color del gobierno, sino de la maduración del conflicto de clases.

La experiencia francesa reforzaba esa lectura. Bajo el gobierno de Blum las grandes huelgas y ocupaciones de fábricas de 1936 desbordaron los límites institucionales, pero el propio Frente Popular trabajó para encauzarlas hacia acuerdos que preservaran la estructura económica. El antifascismo gubernamental operaba como contención del impulso revolucionario. En el Estado español el proceso sería aún más dramático: tras el golpe de julio, la respuesta obrera organizada abrió un escenario revolucionario que el propio bloque frentepopulista -ya en guerra, e incluyendo a sectores cenetistas- contribuiría a reconducir hacia la restauración del orden estatal. Se instalaba así una idea nefastísima en nuestra historia de la lucha obrera: pensar que hacer la guerra al fascismo y la revolución contra el capitalismo fuesen categorías diferentes que pudieran abordarse en tiempos separados.


A esta crisis previa de las izquierdas parlamentarias y el cambio de estrategia internacional habría que sumarle la enorme represión contra el movimiento obrero en la Revolución asturiana de 1934, determinante en el replanteamiento de las estrategias políticas, siendo las anarquistas las que planteaban un camino plenamente revolucionario, a excepción de la estrategia del Partido Sindicalista de Ángel Pestaña. Aunque ya se ponía en aquel tiempo sobre la mesa algo que resulta ser clave en el balance que hacemos, y es la cuestión mencionada de creación de un frente interclasista o un frente conformado por fuerzas obreras. Analizar este punto histórico no es un acto de querer perdernos en rastrear un pasado mejor -porque no lo hubo- sino en estar mejor preparados para las luchas del presente salvando la distancia del contexto de evolución histórica.

El Frente Popular nunca se diluyó, aunque tampoco conformó un gobierno unitario, porque a partir de las elecciones de febrero de 1936, cada partido tuvo su propio grupo parlamentario o unidos en pequeñas coaliciones. Sin embargo, a lo largo de la primavera de 1936 algunos gobiernos municipales trataron de presentar mociones de cambios relativos a las alcaldías, y proponer nuevos alcaldes con la suma de apoyos de partidos del Frente Popular. Una vez consumado el golpe de Estado de julio de 1936 y tras la respuesta obrera organizada, en algunos territorios primeramente, y después a nivel nacional, se conformaron gobiernos bajo el espíritu de ese Frente Popular, incluyendo a agentes políticos tan distintos como el PNV (Partido Nacionalista Vasco) o la CNT. El resultado de revivir ese frente interclasista en plena lucha contra la clase dominante en el conflicto armado revolucionario de 1936, dio como resultado la pérdida de la iniciativa obrera para haber consumado un proyecto de más largo recorrido, y esta obra revolucionaria quedó diezmada por los sectores liberales y estalinistas antirrevolucionarios que actuaron.

Las coaliciones de izquierdas y frentes amplios posteriores a 1945 en Europa y América

La derrota del fascismo en 1945 no significó el triunfo de la revolución en Europa occidental, sino al contrario, supuso la consolidación de un nuevo equilibrio mundial bajo la hegemonía compartida de Estados Unidos y la URSS. En ese contexto, la política de alianzas amplias -con distintos nombres y matices- se convirtió en una constante del movimiento comunista internacional y de amplios sectores de la izquierda parlamentaria. La lógica era similar a la de 1936: ampliar el bloque democrático, estabilizar el régimen frente a la reacción y postergar la ruptura con el capitalismo para una fase ulterior.

En Francia, el prestigio de la Resistencia permitió al Parti Communiste Français participar en gobiernos de coalición tras la Liberación. Sin embargo, su integración en el marco institucional de la IV República supuso la aceptación de la reconstrucción capitalista y del orden político emergente. La oleada huelguística de 1947 fue contenida, y el PCF terminó expulsado del gobierno en el marco de la Guerra Fría. La estrategia frentista había permitido avances sociales, pero no alteró la estructura de poder; más bien contribuyó a estabilizarla. Hace dos años en Francia se reeditó un nuevo intento de Frente Popular, reconvertido en Frente Republicano y liderado por Emmanuel Macron que, bajo la excusa de un cordón sanitario a la extrema derecha, confirmó nuevamente una consolidación del neoliberalismo apoyado en la legitimidad de la izquierda parlamentaria.

En Italia, el Partito Comunista Italiano desempeñó un papel similar en la transición del fascismo a la República. La «vía italiana al socialismo», posteriormente formulada por Enrico Berlinguer como «compromiso histórico», apostó por acuerdos con la democracia cristiana para garantizar gobernabilidad y frenar a la extrema derecha. De nuevo, la integración institucional reforzó la legitimidad democrática del nuevo régimen, pero diluyó cualquier horizonte de ruptura estructural.

En América Latina, la segunda mitad del siglo XX y el inicio del XXI ofrecieron experiencias diversas de frentes amplios, coaliciones progresistas y procesos de transformación con distinto grado de radicalidad. El caso paradigmático fue Chile con la Unidad Popular encabezada por Salvador Allende (1970-1973) y su apuesta por una transición pacífica al socialismo dentro de la legalidad institucional, que chocó con la ofensiva combinada de la burguesía local, el imperialismo estadounidense y las Fuerzas Armadas. El desenlace -el golpe de 1973- mostró los límites de una estrategia que confiaba en transformar el Estado sin desarticular los núcleos duros del poder económico y militar. Incluso esto nos trasladaría al año 2019 con el ciclo de revueltas abierto en Chile, donde el proceso constituyente y la mayoría parlamentaria del Frente Amplio de Gabriel Boric encontraron rápidamente los límites del marco institucional heredado. Esa energía popular fue absorbida por una fórmula de gobernabilidad que restableció la normalidad sin alterar los fundamentos del modelo político y que han dado como resultado una consolidación, incluso un avance, de la extrema derecha chilena.

Décadas después, el llamado «giro a la izquierda» latinoamericano reactivó fórmulas de frente amplio. En Uruguay, el Frente Amplio gobernó durante tres mandatos consecutivos desde 2005, combinando políticas redistributivas de la economía nacional, con acuerdo de estabilidad macroeconómica y respeto a las reglas del mercado capitalista. En Brasil, el Partido dos Trabalhadores de Lula da Silva impulsó programas de inclusión social sin alterar la estructura de propiedad ni la dependencia financiera. En ambos casos las mejoras materiales coexistieron con la persistencia de los pilares del capitalismo periférico; la posterior ofensiva conservadora bolsonarista evidenció la fragilidad de los avances cuando no se trabaja en una autoorganización de trabajadores y campesinos que transforme la base estructural del poder.

En Europa occidental la crisis de 2008 volvió a reactivar imaginarios frentistas. En Grecia, la llegada al gobierno de Syriza en 2015, encabezada por Alexis Tsipras, fue leída como la posibilidad de romper con la austeridad impuesta por la Unión Europea. El referéndum contra el memorándum y su posterior aceptación mostraron crudamente los límites de una estrategia que pretendía negociar desde dentro de las instituciones europeas sin una ruptura con los mecanismos financieros y monetarios del capital continental. Vía reeditada poco después por su exministro de finanzas, Yanis Varoufakis, tratando de crear una coalición de la izquierda europea.

En la península ibérica, las transiciones tras las dictaduras ofrecieron otro laboratorio. En el Estado español, el Partido Comunista de España y el Partido Socialista Obrero Español aceptaron el marco de la monarquía parlamentaria en la llamada transición española. El consenso constitucional desactivó el ciclo de conflictividad obrera de los años setenta a cambio de escasas libertades y derechos sociales limitados sin ninguna proyección transformadora. La correlación de fuerzas no se resolvió a favor de una ruptura burguesa profunda, sino de una reforma pactada que integró a la izquierda en el nuevo régimen.

Y en el mismo Estado español, las coaliciones progresistas surgidas tras el ciclo del 15M -como Unidas Podemos y su posterior participación en gobiernos de coalición con el PSOE- evidenciaron tensiones similares. Las reformas parciales convivieron con la continuidad de los compromisos estructurales con la Unión Europea, la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) y el marco constitucional de 1978. El antifascismo institucional vuelve siempre a presentarse como prioridad estratégica frente al ascenso de la extrema derecha, reeditando el debate sobre si la contención electoral puede sustituir a la construcción de fuerza social independiente.

Las tesis revolucionarias históricas y actuales que nos ofrecen los frentes populares y cordones antifascistas

El balance comparado desde 1945 hasta hoy muestra un patrón recurrente: los frentes amplios y coaliciones progresistas pueden abrir espacios y ventanas de principios en una narrativa escorada a la derecha, pueden arrancar reformas y frenar coyunturalmente a la reacción de manera muy parcial. Pero construidos como pactos interclasistas orientados prioritariamente a la gestión del Estado burgués, tienden a estabilizar el orden existente antes que a superarlo. Allí donde no se ha desarrollado simultáneamente una estrategia de poder propio de la clase trabajadora -organización, autonomía y ruptura estructural- el antifascismo institucional y el reformismo ampliado han terminado actuando como diques de contención del impulso revolucionario. Esta estabilización del orden burgués siempre se da a través de la reducción del programa propio de la clase trabajadora, que implica una desafección de las grandes masas con los proyectos reformistas, y su traición inmediata, favoreciendo como resultado un giro hacia la derecha de la clase trabajadora.

Este recorrido histórico no pretende negar las diferencias de contexto ni los matices territoriales, sino señalar una constante estratégica: la separación entre lucha socialdemocrática inmediata y transformación anticapitalista estructural ha operado, una y otra vez, como una fractura que debilita la posibilidad de emancipación integral. Con este repaso, el hilo que conecta 1936 con el presente no es una analogía simplista, sino una advertencia histórica sobre los límites de la política de frentes populares cuando sustituye -en lugar de fortalecer- la construcción independiente de poder de clase.

No estamos defendiendo una postura sectaria que nos aísle en la pureza ideológica y estratégica, y nos separe de los movimientos de masas, sino que apostamos por la pelea en frentes amplios y frentes de masas donde ponernos en contacto con toda la clase trabajadora manteniendo nuestra independencia estratégica y de crítica, para ganar políticamente un espacio y desarrollar a la clase trabajadora hacia la lucha en favor de sus propios intereses.

La lección histórica no es que el antifascismo fuera -o sea en la actualidad- innecesario, sino que cuando se articula como frente interclasista subordinando la independencia política del proletariado, se convierte en el instrumento que desarma a la clase trabajadora en el momento decisivo. El Frente Popular español de 1936 no fue la antesala inevitable de la derrota, pero sí la forma política que impidió transformar la respuesta al fascismo en la revolución social. Atender lo urgente -frenar a la derecha- sacrificando lo importante -destruir las bases materiales que la engendran- terminó dejando intacto el terreno sobre el que la reacción pudo reorganizarse.

Ángel Malatesta, militante de Liza Madrid.

https://regeneracionlibertaria.org/2026/03/09/frente-popular-de-1936-pan-para-hoy-hambre-para-manana/
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