|
A - I n f o s
|
|
a multi-lingual news service by, for, and about anarchists
**
News in all languages
Last 40 posts (Homepage)
Last two
weeks' posts
Our
archives of old posts
The last 100 posts, according
to language
Greek_
中文 Chinese_
Castellano_
Catalan_
Deutsch_
Nederlands_
English_
Français_
Italiano_
Polski_
Português_
Russkyi_
Suomi_
Svenska_
Türkçe_
_The.Supplement
The First Few Lines of The Last 10 posts in:
Castellano_
Deutsch_
Nederlands_
English_
Français_
Italiano_
Polski_
Português_
Russkyi_
Suomi_
Svenska_
Türkçe_
First few lines of all posts of last 24 hours |
of past 30 days |
of 2002 |
of 2003 |
of 2004 |
of 2005 |
of 2006 |
of 2007 |
of 2008 |
of 2009 |
of 2010 |
of 2011 |
of 2012 |
of 2013 |
of 2014 |
of 2015 |
of 2016 |
of 2017 |
of 2018 |
of 2019 |
of 2020 |
of 2021 |
of 2022 |
of 2023 |
of 2024 |
of 2025 |
of 2026
Syndication Of A-Infos - including
RDF - How to Syndicate A-Infos
Subscribe to the a-infos newsgroups
(ca) Spaine, Regeneracion: La cultura anárquica de lo común - El fondo de un imaginario colectivo subversivo (en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Sat, 21 Mar 2026 08:34:38 +0200
Empecemos por una obviedad, en el capitalismo los asuntos comunes no
suelen ser resueltos por las propias personas involucradas. Si bien las
relaciones hegemónicas en nuestra sociedad -las que configuran los
modelos sociales dominantes- son aquellas estructuradas en base a la
dominación política, no son, sin embargo, las relaciones mayoritarias.
Las relaciones mayoritarias son las que podríamos llamar, en términos
políticos amplios, relaciones anarquistas, es decir, relaciones no
mediadas por mando-obediencia.
En nuestra cotidianidad participamos más en la creación común de reglas
(explícitas o no) que en la elaboración de leyes y asumimos más
responsabilidades que órdenes. Esto no suele ser pensado así, está
claro, ni siquiera por quienes nos acompañan. Para la mayoría de las
personas la afirmación aristotélica de que en el mundo siempre algo
manda y algo obedece parece incontrastable.
Esta preeminencia que se le da a las relaciones basadas en la dominación
funciona dentro de un paradigma de la dominación justa que inunda casi
toda la filosofía política, salvo muy pocas excepciones. Según este
paradigma las relaciones de dominación, las jefaturas, son inevitables.
No importa si para siempre, dado que "el ser humano es el lobo del ser
humano", o sólo por un período, mientras se lo conduce por el "camino de
la verdad", pero la dominación política sería justa y necesaria.
Esta visión, contestada una y otra vez por las ideas y prácticas de los
espacios de auto-institución, suele invisibilizar la multiplicidad de
relaciones existentes. Y es en esta multiplicidad, justamente, en la que
podemos apoyarnos para romper sus supuestos instituidos. Aunque
invisibilizada, la auto-institución, esa serie de procesos mediante los
cuales se produce y sostiene lo común sin mediaciones jerárquicas, es
parte fundamental de las luchas antagonistas y de la cotidianidad de las
comunidades.
En política, sin embargo, no ha habido ni hay mayor miedo que a lo que
es capaz el abajo, la chusma, el pobrerío. La idea de la necesidad de la
representación de la voluntad y de jefatura ha encontrado sustento, una
y otra vez, en este miedo. Hasta para la mayoría de la crítica al
populismo actual el verdadero problema, como si se tratara de una
esencia maligna, un monstruo durmiente, reside en las clases
subalternas. El "pecado" de los partidos populistas, en todo caso, sería
exacerbar, liberar, dicho mal.
Para rechazar toda visión elitista y paralizadora, que convierte lo
anárquico en patrimonio de una minoría iluminada, necesitamos revisar
las nociones desde las que nos pensamos. Hoy, incluso en nuestras
iniciativas, parece haber menos claridad -o acuerdo- sobre qué es
exactamente lo que defendemos.
Dos formas de entender lo común
A una concepción identitaria de comunidad -entendida como un conjunto
estable de características que comparte un grupo humano, en definitiva,
una propiedad compartida- se le opone una noción más amplia entendida
como un modo de ser en común. En esta concepción más dinámica y
relacional de comunidad, las personas no son meras receptoras pasivas de
una propiedad, sino una parte fundamental de un proceso continuo y
conjunto de construcción. Por ende, la comunidad no es nada exterior,
nada "afuera" de las mismas personas. Tampoco, se entiende, un bien en
propiedad inmutable que deba ser defendido.
En vez de eso, la comunidad surge a través de las relaciones en las que
las personas instituyen lo común y en las que, a la vez, esas mismas
relaciones las instituyen a ellas. Instituir se refiere, entonces, a los
procesos por los cuales las personas sostienen la vida colectiva: la
dotan de sentidos, la protegen y organizan su continuidad. Actuar como
si todos estos procesos pertenecieran de alguna manera al Estado -es
decir, identificar sociedad con Estado- es tan equivocado como pensar
que están libres de la injerencia de los modos estatales.
El paradigma político identitario, entonces, reproduce una visión
bastante limitada de los procesos y del rol de las personas en la
creación de lo común. Si bien en el proceso de institución conjunta de
lo real, lo nuevo no surge de la nada, sino de lo previamente
instituido, tampoco es nunca la reproducción exacta de lo que ya existe.
Cada persona relacionándose con lo y las demás, recrea el mundo siempre
modificándolo. Lo nuevo emerge inevitablemente aunque transformar de
raíz lo que se ha instituido históricamente no sea algo fácil.
Lo común nunca es algo estático, ajeno o superior a las personas que lo
componen como pretende la visión identitaria. Lo común es una
co-presencia, un estar juntos, un compartir que se hace responsabilidad
ética frente a las demás personas. Parecería obvio, pero que las
personas vivan juntas significa que están implicadas unas con otras y no
solo que están unas al lado de otras. Esta visión desfigurada de cómo se
instituye lo real incide en la reproducción del orden actual al generar
una idea que nos desvincula del proceso.
Alteridad y co-implicación
En el paradigma identitario, además, la alteridad -toda relación con lo
otro- es tomada como un proceso negativo. La relación no es productiva,
sino que siempre es una relación de detención. Al rol pasivo en la
construcción de lo común que se le asigna a las personas, se le agrega
la interpretación de la interacción social como un conflicto continuo
entre individuos negociando su supervivencia.
Esta ontología individualista, asociada mayoritariamente a la idea
liberal -sujetos independientes o, en todo caso, relaciones
intersubjetivas-, no logra describir adecuadamente las relaciones entre
las personas. Incluso cuando se plantea que de la negación del otro
pueda surgir algo a la postre positivo, la visión de los límites siempre
es negativa. Esto ha llevado a interpretar erróneamente que el
anarquismo es solo una reacción especular al poder político instituido.
Dicho error explica, por lo menos en parte, cierto falso antagonismo y
reduccionismo entre la capacidad destituyente e instituyente de los
movimientos antagonistas y antiautoritarios.
Sin embargo, es posible concebir la alteridad desde otro punto de vista
que suponga una experiencia diferente del límite. No estamos obligados a
sobrevivir a los demás, sino que nuestra singularidad, nosotros mismos,
surgimos de una vasta serie de relaciones -no solo de negación-, que
entablamos con ellos. Contrariamente a lo que dicen quienes azuzan el
miedo al otro, las demás personas son la condición de posibilidad misma
de todos nuestros desarrollos posibles, buenos y malos. Quienes nos
rodean son parte de lo que somos y en la alteridad acrecentamos o
disminuimos nuestras propias potencias.
La relación entre los sujetos y el medio, entonces, es de co-implicación
y co-funcionamiento, no de separación o solo negación. Lo común es lo
que surge en esta relación. Pensar la comunidad y sus relaciones desde
la diferencia y la alteridad desafía cierta pretensión autoritaria de
uniformidad y homogeneidad de las comunidades.
Una figuración anárquica de lo común
Al abandonar la idea de una alteridad siempre negativa y de sujetos
sustanciales, podemos pasar al desafío de pensar lo común como condición
misma para los desarrollos colectivos antiautoritarios, ahí donde la
diferencia se vuelve productiva. Lo común es el terreno de conflicto y
la condición de posibilidad de la creación anárquica: la
auto-institución. La singularidad y vitalidad de este tipo de creación
radica en prácticas que prescinden tanto de toda jefatura exterior o
interior como de cualquier forma de representación o pasividad.
La cultura de lo común debe hacer hincapié en el carácter contingente,
relacional y transformador del estar juntos. La contingencia propia de
lo viviente refuerza la propuesta. En la práctica, la auto-institución,
por su parte, supone el rechazo de la representación y de cualquier
ligazón con principios abstractos universales que se pongan por encima
de las personas. Por lo tanto, si bien son importantísimas las
propuestas de todo tipo, no hay lugar para los modelos de pretensión
universalista que busquen sustituir a los involucrados o querer abarcar
toda la complejidad social.
Una figuración anárquica de la cultura de lo común puede irrumpir en el
imaginario colectivo como la afirmación y el acrecentamiento máximo
posible de las potencias colectivas.
Instituir la diferencia
De lo común no hay que preocuparse, en el sentido de que simplemente ya
existe, pero de las posibilidades que se abren al pensarlo
diferentemente, sí. ¿Por qué empecinarse en una idea de alteridad que no
reconoce las posibilidades infinitas de la interacción? ¿Por qué
apegarse a un elitismo que reduce la anarquía a lo excepcional?
El antagonismo entre construcción y destrucción es falso. El anarquismo
no puede reducirse a la simple negación o reacción especular del orden
instituido que, si bien lo condiciona, no puede determinarlo. En la
práctica, la negación, como destrucción parcial o total del mundo
instituido, es indisociable de la institución, a la vez, de otros
mundos. Aún en la perspectiva insurreccional, no hay fin del capitalismo
sin más "instituciones anarquistas", o sea, sin generalizar ese sostener
la vida colectiva en clave antiautoritaria. Por lo tanto, rechazar la
necesidad de la proyección anárquica equivale ya a fracasar.
A la vez, el anarquismo tampoco puede reducirse a una construcción
paródica donde, de alguna manera, se vive un ideal futuro. Las prácticas
anárquicas afirman y acrecientan potencias comunes, transformaciones y
conflictos en el presente. La proyección de los movimientos, el impulso
proyectual de las capacidades del abajo, no supone crear modelos únicos
o combatir monstruos con monstruos. La creación auto-instituyente es
siempre provisoria, abierta y cambiante. Es el terreno de combate de lo
posible.
Lo que defendemos no pertenece al futuro, ni es abstracto, ni está por
fuera o encima nuestro. No hay anarquismo sin ensuciarse las manos; el
combate por generalizar la auto-institución de lo común no garantiza
resultados, pero justo por eso lo posibilita todo.
Regino Martinez , Parte del movimiento y del periódico Anarquía de
Montevideo
https://regeneracionlibertaria.org/2026/02/11/la-cultura-anarquica-de-lo-comun/
_______________________________________
AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
De, Por y Para Anarquistas
Para enviar art�culos en castellano escribir a: A-infos-ca@ainfos.ca
Para suscribirse/desuscribirse: http://ainfos.ca/mailman/listinfo/a-infos-ca
Archivo: http://www.ainfos.ca/ca
- Prev by Date:
(ca) UK, AFED, Organaise - (A) INFORME DE NES - 04/08.02.26 (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]
- Next by Date:
(ca) France, OCL: A pesar de los ataques contra la UJFP, la solidaridad con Gaza continuará a través de Saint-Nazaire. (en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]
A-Infos Information Center